Becerrillo

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El servicio que han prestado en las guerras los animales al hombre ha sido singular: perros, leones, elefantes y toros han jugado gran papel en célebres batallas. El perro, fiel compañero, acompañó a su dueño en todas las guerras. Los babilonios, los egipcios, los cartagineses, los griegos, los galos y los romanos exploraron esta bella cualidad del animal más sociable que hay en la naturaleza y lo utilizaron en sus campañas.

En la conquista de América desempeñaron un gran papel las cuadrillas de perros de presa. El mismo Cristóbal Colón las usó en la primera batalla que se díó en el Nuevo Mundo, en la que doscientos cristianos, veinte caballos y veinte lebreles de presa tuvieron que pelear contra cien mil indios quiqueyanos en la Vega Real. Era una guerra anómala en la antigüedad, del hombre civilizado contra el hombre salvaje y necesitó domeñarlo, a sangre y fuego, con su caballo, su lebrel, su lanza y su espada; refriegas de emboscadas y sin cuartel, de uno contra mil, del fuego del arcabuz contra la flecha envenenada: guerra de dominación, de absorción. Lucha terrible de dos razas; y tenía que ser sangrienta. Era preciso usar todos los recursos del arte de combatir.

En el alzamiento de los indígenas del Borinquén prestó señalados servicios un perro llamado Becerrillo, que se llegó a pagar a su dueño por cada entrada que se hacía en el campo enemigo el mismo sueldo que a un ballestero. Era de un instinto feroz para el ataque y parecía tener juicio y entendimiento, como dice Oviedo el cronista. Se quedaba extático contemplando una india joven y le ladraba a las feas.

Becerrillo procedía de La Española; era de tamaño regular, vivo color bermejo, entre amarillo y rojo, y boquinegro. Los ojos centelleantes. Olfateaba a los indios como un buen lebrel de caza. Seguía un rastro a las mil maravillas, apresaba un fugitivo por un brazo como un gendarme y lo llevaba al campamento de los cristianos y si no se dejaba conducir lo despanzurraba fieramente. Las hazañas de este can se contaban entre los conquistadores y hasta refieren los cronicones que Vasco Núñez de Balboa tenía un hijo de él, llamado Leoncillo, que no desmerecía del valor de su padre y que también ganaba en Tierra Firme paga de ballestero. Sólo le faltaba saber leer una carta.

Terminada la pacificación del Borinquén quedó Becerrillo en la estancia del capitán don Sancho de Arango. Era éste un castellano de los de pelo en pecho, arrojado y decidor. Hidalgo de buena cepa, que quería a su perro como querían los caballeros de espadón, con ferviente idolatría.

No salía una vez de su casa don Sancho de Arango, que Becerrillo no fuese delante del corcel en observación, como adalid que husmea el peligro, a la par que brincando y ladrando de alegría.

De noche se colaba junto a la puerta del dormitorio de su amo y ¡guay! del que se acercara por allí, que los rugidos sordos y prolongados de Becerrillo le hacían retroceder.

Una mañana, al romper el alba, una multitud de caribes, procedentes de las islas de Barlovento y capitaneados por el bravo cacique Cazimar, penetrando por el Daguao, cayó sobre las estancias de Pero López de Angulo y Francisco de Guindós, pobladores de aquella comarca. La guasábara fué empeñada entre castellanos e indios. Murió mucha gente de una y otra parte. Angulo luchó largo rato cuerpo a cuerpo con Cazimar, sin poderse herir ninguno. Acudiendo Guindós en auxilio de Angulo, atravesó al audaz cacique de una lanzada. Caído el jefe de los caribeños, desmayaron sus huestes y empezaron a correr hacia las canoas.

Ayudados, por fin, del Capitán don Sancho de Arango y del feroz Becerrillo batieron triunfantes a los invasores, que tuvieron que replegarse hacia la playa en vergonzosa huida para ganar prontamente sus piraguas.

Al poco tiempo volvieron los caribes a invadir la costa de la Isla, comandados por el cacique Yaureybo, que venía a vengar la muerte de su hermano Cazimar y a saquear el país.

Con fuerza mayor de gente, bien bravía, dió Yaureybo su golpe de mano sobre las estancias del lado de Saliente. La lucha fué terrible. Sucumbieron bajo las macanas caribeñas muchos castellanos. Cayó uno de los más ricos estancieros, don Cristóbal de Guzmán, herido, y cargaron con él los indios hacia las canoas. Las negras y las indias eran conducidas en montones. Los ganados en gran número. El botín fué inmenso.

Sabedor el capitán don Sancho de Arango de lo que ocurría en las estancias vecinas y de la terrible depredación caribeña, vistióse de guerra, montó rápido en su caballo de batalla y acompañado de algunos colonos y del valiente Becerrillo corrió a socorrer a sus compañeros. Alcanzó la mesnada enemiga en la playa, triunfante de los castellanos y embarcando su rica presa. Penetró lanza en ristre entre los caribes al grito de ¡Santiago! ¡Santiago!.

Volvió a empeñarse la guasábara. Los caribes eran numerosos y aguerridos y aunque don Sancho hacía hondas brechas entre ellos, por fin, en una de sus entradas, fué herido en un muslo de dos violentos flechazos, a pesar de que pasó de parte a parte a su agresor. Becerrillo, al ver cómo manaba la sangre de una pierna de su amo, comprendió que estaba herido y redoblando sus bríos cargó de nuevo contra la hueste enemiga. mordiendo a diestro y siniestro, furiosamente. Parecía un dragón mitológico, más terrible que Cerbero, el guardador de las puertas del infierno y del palacio de Plutón.

Aterrados los caribes y cundiendo el pánico entre ellos precipitaron su embarque a tropel en las piraguas. Todavía dentro del mar penetró Becerrillo y agarró a un indio por la pantorrilla, tirando de él con rabia. Volvióse el caribe, repentinamente, y le clavó una flecha envenenada en el costado.

Arrojado el invasor del territorio aunque llevándose desgraciadamente a don Cristóbal de Guzmán, herido, y el inmenso botín del saqueo, los castellanos atendieron a curar sus maltratados combatientes.

Las dos heridas de don Sancho de Arango eran de flechas envenenadas. Estaban ya muy amoratadas y enconadísimas. Se las impregnaron con grasa caliente sacada de los cadáveres indios y fueron tratadas en seguida al fuego con un cauterio rojo. A pesar de estas precaucione, el veneno mortífero había penetrado ya en la circulación y la muerte se apoderó del valiente capitán. El feroz Becerrillo sucumbió de igual modo que su amo.

Al llegar la noticia a conocimiento de los demás pobladores de la Isla se ocuparon poco de la muerte del hidalgo don Pancho que pasó casi desapercibida. En cambio, fué muy sentida la de su can, que durante tanto tiempo había cobrado paga de ballestero y se le consideraba como un conquistador heroico, Se hubiera preferido dice el Cronista. que hubieran sucumbido dos o tres cristianos más a que falleciera el bravo Becerrillo.

¡Oh, días trágicos del pasado…!

¡Y aun hoy se ven perecer desgraciadamente los hombres a millares, en una guerra de exterminio y desolación, y se aprecia más la vida de un Becerrillo que la de dos o tres cristianos…! ¡ Cuán lentamente progresa la Humanidad en lo moral…!

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Publicación autorizada por el Administrador del Portal. Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco. Creador de la tirilla Filito publicada durante quince años en el diario Nuevo Día y diarios de países de habla hispana en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Autor de doce libros entre los que se destacan Filito at Large, Filito el Libro, Diccionario Real de la Lengua, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV y Bendiciones Cristianas Vols I-II.

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