Cuando un Amigo se va

Carta a Minerva, Sarita y Jorgito;

El día busca la luz como un mendigo.
Triste el reloj ya no marca la hora.
El río silente en su corriente llora
y yo aquí en silencio recordando a mi amigo

Hace 36 años -siendo Editor de La Democracia-, escribí estas líneas ante la muerte de mi padre. Hoy simplemente cambio los nombres y las dejo para ustedes con el respeto y sentimiento de quien llora la pérdida de su amigo.

Minerva, Sarita, Jorgito, hoy tal vez les ocasioné la primera pena de la que tengo cociencia y nada pude hacer para evitarlo. Llegó la hora primera y así como un día el Gran Creador del Universo me prestó un soplo de vida, así sin reproches ni lamentos lo entregué a sus manos. Sin reproches ni lamentos, porque en el jardín de la vida cambié las espinas que el dolor me dio por las rosas que al amor cogí.

Hoy vi que la muerte no discrimina. Que muere el bueno y muere el malo. Ahora el rico, después el pobre. Lo mismo un enfermo que uno sano. Que todos estamos sujetos a la muerte, hoy somos y mañana ya no, y así nadie puede prometerse en este mundo ni un solo segundo más de vida de aquellos que el Maestro Creador quisiera ofrecerle. Nadie es la eternidad y el hombre es tan solo una parte del todo.

Hoy, desde acá, desde la otra orilla se ven las cosas desde otra perspectiva. Acaso de la misma de ustedes, sólo que sin lazos terrenales que nos separen. Porque cuánto separa la vida. Nos separa violentamente. Sólo los que mueren aprenden a apreciar el valor de la unión. La muerte une. La muerte no separa. ¡Cuántas veces quise juntarlos a ustedes mis hijos; como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas y no quisieron! Entonces estaban muy ocupados, sus ecuaciones personales, en fin, la vida los separaba.

Hoy la muerte los une en el mismo sufrimiento, los une en el mismo llanto. Porque siempre se llora ante la muerte. Pero no se llora en un muerto el fin de su vida. Se llora en un muerto lo que de nosotros se lleva. Hubieran preferido, lo sé, que siguiera con ustedes aunque enfermo como estaba de la vida. Egoísta forma de amar de aquellos que ven en la muerte, la mujer descarnada que lleva penas y sufrimientos, el ser sin sentimientos, producto acaso de los poderes del mal, que nos arrebata a aquellos a quienes más amamos. Pero no, la muerte, a la que tanto se teme, es el momento mas feliz y glorioso en la vida de un hombre que haya sabido cumplir con sus deberes y con las leyes prescritas por la religión y la sociedad. Es el premio a una vida de esfuerzos. Es el descanso, es la paz, es la vida que Dios nos da. Vivir es un paso hacia la muerte. La muerte es un paso hacia la vida. Los hombres empiezan a vivir cuando mueren.

No puedo pedirles que no se entristezcan ante la muerte. La muerte tiene derecho a pesares. Pero estos deben ser muy moderados. Una pena excesiva es el peor enemigo de los que viven, de los que se quedan allá. Pesares y duelos deben ser por los que no mueren, no por los que van al cielo. Que la vivir vida no les prive de mi recuerdo, mas que mi recuerdo no les prive de vivir la vida.

No teman a la muerte. No permitan que el pensamiento de la muerte los engañe privándoles de vivir. La muerte solo debe ser temida por los hombres enfermos de ansia de inmortalidad que se entristecen y enloquecen ante la nada del más allá que su limitada lógica le presenta. En vida no ambicioné otra cosa mas que vivir eternamente en el recuerdo y en el corazón de ustedes, mis seres queridos. Ustedes me recordarán y podré decir que he vivido. Ese será mi mayor triunfo y vivir es triunfar constantemente, es afirmarse contra la destrucción contra la enfermedad, contra la anulación y la dispersión del ser físico y moral. Vivir es descanso, es querer hasta la muerte, y así los he amado; vivir es restaurar diariamente la voluntad; es transformar las cosas muertas e inútiles en cosas vivas y útiles. Aún la materia más vil, trabajada y reformada, puede llegar a ser preciosa. Vivir no es respirar, es actuar. Es el uso diario de todo lo que hace sentir la existencia. No ha vivido más quien más haya sentido la vida, sino quien más haya vivido bien, aunque muera al nacer.

Entiendan hijos mios que la vida no es en modo alguno un regalo del que se debe gozar. Es un deber, una labor que se debe cumplir con la fuerza del trabajo. Vivan la vida a plenitud mas no se conviertan en su esclavo. La vida habrá de terminar. Ustedes habrán de permanecer. Mas recuerden que todo hombre tiene desde que nace una obligación moral y legal con la vida y la sociedad y sólo tiene derecho a exigir de ellas lo que en exceso de su deber ofrezca.

Momentos llegarán en que el recuerdo de haber visto morir un padre los desconsolará. Recuerden hijos amados que si bien es cierto que han visto morir a a un padre tienen también al Dios Padre, Todopoderoso, Consolador de los afligidos, con ustedes. Nuestro Creador vio morir a su hijo y no tenía quién lo consolara. Jorgito, Sara, a ustedes dejo y encomiendo a Minerva. A ti Minerva te dejo nuestros hijos. A mis hermanos, a mis amigos y al mundo dejo mi vida como ejemplo y si en algo alguna vez los ofendi, como Dávila les pido que a través del tiempo y del olvido siempre logren tener, el recuerdo, no del hombre que he sido, sino del hombre que pude ser.

Los quiere desde el cielo Jorge.

 

NOTA DEL DIRECTOR: Desde esta latitud ahora entiendo cuánto nos amaste para aprender a morir, para enseñarnos a vivir. Nunca te preocupaste en tener un buen amigo. Siempre te esforzaste en ser un buen amigo. Hoy te has perdido en lejana lontananza. Lo más grande, noble y bueno de este mundo dijo buenos días, ha cerrado sus ojos y caminó hacia el silencio.