El Puente Martín Peña

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El Puente Martín Peña

Luis Pumarada O’Neill– La construcción del Puente Martín Peña fue contemporánea con la del Puente San Antonio. Su primera versión fue un pedraplén sumergible, cuya construcción se asocia con los padres Jerónimos, con indios encomendados y con un colono de nombre Juan Martín Peña, de quien tanto el puente como el caño adquirieron el nombre que llevan hoy. Más tarde, sobre la calzada de piedra se construyó un puente en madera. Tras las consabidas frecuentes reconstrucciones y reparaciones que requieren los puentes de madera en nuestro clima, en 1784 se le construyó en fábrica según diseño de Juan Francisco Mestre.

Este puente fue escenario de la defensa heroica de los milicianos puertorriqueños frente a la más formidable, numerosa y bien equipada invasión de los ingleses, la del 1797 al mando del General Ralph Abercromby y del Almirante Harvey. Los ingleses intentaron destruir el puente para evitar que los milicianos que se dirigían a marchas forzadas desde diferentes pueblos del interior de la isla se sumaran a la defensa de San Juan. Lograron su propósito pero a un precio elevadísimo en términos de bajas, ya que los isleños opusieron fiera resistencia, muriendo varios de ellos y distinguiéndose otros por su bravura y heroísmo. En esa batalla, en que el soldado puertorriqueño “se echó el pantalón largo”, murió el sargento criollo José Díaz. Desde entonces nuestra tradición incluye en sus páginas la siguiente copla:

En el Puente Martín Peña
mataron a Pepe Díaz,
que era el hombre más valiente
que el rey de España tenía.

Sobre las bases de piedra que dejaron los frustrados invasores se construyó un puente provisional en madera que se estuvo usando hasta 1846, cuando se inauguró un nuevo y majestuoso puente de fábrica diseñado por el ingeniero Santiago Cortijo. Ese puente de 220 pies de longitud, costeado por medio de un pontazgo que se venía cobrando desde 1818 en el puente provisional, estaba formado por nueve arcos elípticos de 0.7 metros de espesor y 5.5 metros de longitud; su ancho de rodaje era de unos seis metros.

El gobernador Rafael Arístegui, Conde de Mirasol, dispuso que el nuevo puente se llamara ”La Aurora”, pero el pueblo mantuvo vivo el nombre del legendario constructor del pedraplén original. Dicho puente tuvo que ser reparado sustancialmente tras el temblor de tierra de 1857, siendo para entonces parte de la Carretera Central. Tulio Larrinaga, ingeniero civil que llegó a ser Comisionado Residente en
Washington por el Partido Unionista del 1905 al 1911, le hizo una reparación de envergadura en 1894-95, desviándose para ello el tráfico por sobre el puente del tren.

Cuando en 1929 se planteaba sustituirlo, ya que apenas se podían cruzar dos camiones en su escasa anchura, algunos pidieron que se usara la misma piedra de silleria de sus arcos y muros frontales para la cara del puente que lo vendría a reemplazar, pero no se les hizo caso.

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