Interpretación del independentismo puertorriqueño en el siglo 20 y al filo del siglo 21

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Interpretación del independentismo puertorriqueño en el siglo 20 y al filo del siglo 21

Mario R. Cancel Sepúlveda -El libro de Ché Paralitici, publicado en un momento de inflexión y de crisis que todos debemos evaluar con cuidado, manifiesta una lógica sugerente y rica. Lo que plantea es una invitación al estudio reflexivo del independentismo, una propuesta política llena de complejidades y contradicciones. Las premisas teóricas de las que parte este comentario son sencillas. Puerto Rico experimenta un “largo siglo 20”, como diría Eric Hobsbawm, que comienza en el 1898 y que aún no ha terminado.

El rasgo más revelador de ese siglo es el ingreso del país a la esfera jurídica estadounidense bajo cuya influencia económica y cultural se encontraba desde mediados del siglo 19. El independentismo puertorriqueño expresa una forma de la resistencia a la presencia de ese “otro” y a la forma en que la misma ha ido evolucionando. Durante ese “largo siglo 20” inconcluso el independentismo ha mostrado un comportamiento específico antes y después de la Guerra Fría (1947-1991). El objetivo teórico de este libro es establecer las continuidades y discontinuidades del independentismo antes y después de ese fenómeno. Sobre esa base aspira elaborar una propuesta de futuro plausible que adelante la liberación del país.

Antes de la Guerra Fría (1898-1947)

La interpretación del periodo anterior a la Guerra Fría (1898-1947) se sostiene sobre una serie de premisas. Primero, el efecto perturbador del 1898. Estados Unidos, adversario político y socio de negocios de España durante el siglo 19, un modelo de liberalismo económico y político y de crecimiento que muchos separatistas independentistas habían visto como un aliado para su causa en contra de la monarquía española, se transforma en el enemigo de la independencia de Puerto Rico tras ocuparlo al cabo de la Guerra Hispano-Cubana-Estadounidense. La lógica de que Estados Unidos era un potencial aliado era común a independentistas y anexionistas. Incluso muchos liberales reformistas y autonomistas compartían ese juicio. El limbo colonial que nos inventó la Ley Foraker de 1900, sin embargo, no difería del que se dejaba atrás. El 1898 justificó una ruptura entre independentistas y anexionistas que, predecible desde la década de 1850, siempre se había evitado a fin de favorecer la causa común: la derrota y desalojo de España de las Antillas. La incertidumbre que esos hechos produjeron es visible en dos figuras emblemáticas de cada una de esas tendencias: Eugenio María de Hostos y José Julio Henna.

Segundo, desde la invasión de 1898 hasta 1930 el independentismo vivió una era de “tanteo” en la cual sus intelectuales se vieron precisados a reformular el pasado hispánico e inventarle una mitología que Betances o Ruiz Belvis no hubiesen secundado. Aquellos habían afirmado la necesidad de “desespañolizar” nuestra cultura. El independentismo de nuevo cuño aspiraba a “re-españolizarlo” para evitar la “americanización”. El nacionalismo cultural moderado, que Albizu Campos denominó ateneísta, generó una discursividad que condujo a la hispanofilia. La reformulación de la identidad cultural o política después del 1898 acabó tomando en cuenta el efecto desestabilizador del 1898. No se trata de darle crédito a la tradicional “teoría del trauma” sino de llamar la atención sobre una situación real. Volver a la “teoría del trauma” sería reducir un proceso cargado de materialidad a un conflicto inmaterial afín al regeneracionismo hispano del cual fue un opaco reflejo.

Tercero, la época de “tanteo” terminó en 1930 con la afirmación del nacionalismo político de Albizu Campos. Éste tomó lo que consideró mejor del nacionalismo cultural moderado y lo cargó de contenidos prácticos hasta la agresividad. Para la interpretación de este giro es cardinal tomar en cuenta la Gran Depresión (1929), los inicios del Nuevo Trato y el Estado Interventor (1932) y el realineamiento político por el que atravesó el país entre 1920 y 1940. Entre los nuevos actores que emergieron de aquella vorágine, el nacionalismo de la “acción inmediata” fue uno. El otro fue el populismo, un movimiento proclive aliarse con los agentes novotratistas igual que también lo hicieron las izquierdas anticapitalistas en aquel contexto.

Cuarto, todo sugiere que superar el “tanteo” y pisar terreno firme no fue suficiente. Puerto Rico, cuyo valor geoestratégico era reconocido desde la invasión de 1898, se convirtió en una clave de la política hegemónica de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Guerra Fría (1947-1991). La documentación de esa relevancia en los registros oficiales y no oficiales producidos en el marco de la ocupación entre 1898 y 1926 alrededor del nudo del Canal de Panamá (1914) y la Gran Guerra (la primera de 1914-1918), debe tomarse en cuenta para que no parezca que la evaluación emanada de la guerra del 1939 era una novedad.

Es importante recordar que durante la primera parte del siglo 20 los nacionalismos y los socialismos iban por rutas separadas. El hecho de que los socialismos fueran identificados sin problema con las “izquierdas”, facilitaba el desplazamiento de los nacionalismos hacia las “derechas”. Detrás de este argumento había un componente de clase obvio. Ese asunto, tratado de modo superficial, ha representado un dolor de cabeza para la interpretación de los nacionalismos en el marco de una teoría progresista ortodoxa que no comparto. El volumen de Paralitici no enfrenta ese problema teórico, aunque ofrece mucha información sobre las fragilidades y las fortalezas de la relación entre ambos extremos en un marco colonial como este.

De hecho, la convergencia entre socialistas e independentistas tuvo que aguardar hasta la década de 1930 y la Gran Depresión, cuando la relación con Estados Unidos puso al país en medio de la espiral del desarrollo capitalista dependiente en una posición incómoda. Los resultados del encuentro entre los extremos ideológicos fueron contradictorios y los debates entre las aspiraciones de uno y otro muy comunes entre 1930 y 1970. Hasta el 1930, el movimiento socialista y comunista habían preferido apoyar la transformación de Puerto Rico en un estado de la unión o se conformaban con una mayor autonomía para la isla. Siempre habían expresado alguna aprehensión en cuanto al asunto de la independencia y, en especial, el nacionalismo. La convergencia entre socialistas, comunistas y nacionalistas alrededor de la independencia solo se estabilizó tras el fin de la era de la contención Washington-Moscú pero siempre ha sido inestable.

Durante la Guerra Fría (1947-1991)

En medio de la Guerra Fría ocurrió otra era de “tanteo” que el autor insinúa. La ofensiva contra el movimiento anticolonial entre 1932 y 1954 fue atemorizante y eficaz. Durante ese periodo el independentismo, el nacionalismo, el populismo, las izquierdas socialistas y comunistas chocaron con intensidad. La represión condujo a un periodo de contracción, moderación y crisis en el sector. El hecho de que fragmentos de todos aquellos sectores se viesen precisados a elaborar acuerdos tácticos con Estados Unidos a la luz de la crisis económica y política, no puede ser descartado como estímulo a la crisis. En Estados Unidos las izquierdas, socialistas y comunistas, elaboraron una alianza con los reformadores demócratas. En Puerto Rico, esos mismos sectores prefirieron una alianza con los novotratistas y los populistas, y no con los nacionalistas.

Entre 1946 y 1959 la relación colonial fue “reformada” por medio de la aplicación de transformaciones que, manteniendo la dependencia, mejoraban la imagen internacional de Estados Unidos. Esa fue la era de oro de Operación Manos a la Obra y de la cirugía cultural denominada Operación Serenidad. El pesimismo filosófico que penetró la discursividad literaria del 1950 es, sin duda, una expresión de aquella situación paradójica.

Visto desde la distancia, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial habían cambiado la escena puertorriqueña planteando retos que el independentismo no siempre pudo superar. El realineamiento ideológico de este sector fue profundo. Algunos segmentos del socialismo amarillo, que había sido un aliado de Estados Unidos y los estadoístas; y del comunismo rojo, que había sido un aliado de los populares y el Nuevo Trato, se movieron hacia el independentismo. Los efectos sobre el discurso independentista fueron enormes durante la década de 1960 cuando la conflictividad de la Guerra Fría maduró en el Caribe al socaire del socialismo cubano. El caso de Cuba no fue un asunto aislado. La Guatemala de 1951 al 1954 fue una precuela, y la República Dominicana del 1962 al 1965 una secuela significativa por las relaciones históricas de ese país con Puerto Rico.

En ese tejido se dieron las condiciones para la revitalización del independentismo. El reavivamiento estuvo relacionado con las grietas que rompieron el aislamiento colonial y adelantaron el colapso de la secretividad impuesta por Estados Unidos respecto a Puerto Rico desde 1953 en la Organización de Naciones Unidas. Debo recordar que entre 1960 y 1972, el asunto de Puerto Rico volvió a discutirse en el Comité de Descolonización gracias a los esfuerzos del nuevo independentismo puertorriqueño y a la insistente diplomacia cubana. El independentismo era la única tendencia que afirmaba el carácter colonial del ELA. Tanto el estadolibrismo como el estadoísmo republicano, insistían en lo contrario y afirmaban el carácter interno (no internacional) del asunto del “estatus”.

La gran paradoja que emana de la lectura de este libro tiene que ver con el “afuera” del independentismo y con el problema de la percepción de la gente. Para la mayor parte de los puertorriqueños en las décadas del 1960 a 1990, resultaba más cómodo adoptar el discurso antinacionalista, anti-independentista y anticomunista promovido por las autoridades, que apropiarlos como un proyecto esperanzador. La criminalización del independentismo había surtido efecto. Las posibilidades de insertar en Puerto Rico un nacionalismo innovador o un socialismo renovado y re-humanizador, fueron frenadas en el marco de una cultura política pobre. Aclaro, por otro lado, que la imagen internacional de los nacionalismos y los socialismos no era muy buena a la altura de la década de 1960. El efecto que había tenido el socialismo real soviético durante la época de Stalin; y el fascismo italiano y el nazismo alemán, explican la incómoda situación de esas propuestas en un contexto colonial y puertorriqueño anterior a la gran crisis de 1970 a 1973.

Después de la Guerra Fría (1991 al presente)

La interpretación del periodo de la post-Guerra Fría se elabora alrededor de la “manzanas de la discordia” que Paralitici sintetiza con precisión, a saber: la participación electoral, la violencia y la ilegalidad, y las políticas de alianzas o colaboración con los sectores no independentistas. Cada uno de esos puntos ha sido justificado por medio de principios intransigentes, o sobre la base de necesidades tácticas a la luz de la praxis. El “sí” o el “no” a cada una de estas opciones une o separa al independentismo a pesar de que cada una de ellas puede validarse o invalidarse con argumentos de teórico o prácticos.

Es ilusorio pensar que un consenso en cuanto a cualquiera de esos tres asuntos sea posible en lo inmediato. No me parece probable, a la luz de cada experiencia electoral, que se pueda solucionar en buena lid la contradicción entre los reclamos de boicot del algunos y los llamados al voto independentista “inteligente”. Las acusaciones de “melonismo” y colaboracionismo pequeño burgués que se entrecruzan no son fáciles de superar. Tampoco me parece razonable que se deba imponer una respuesta autoritaria de ninguna clase a problemas de esta naturaleza. En ese sentido, lo más apropiado sería hacer lo que mucho se intenta y poco se consigue: comprender la diversidad y la pluralidad de este sector y la de los remisos como expresión de la misma libertad por la cual se presume luchan el independentismo y el socialismo.

La otra cara del asunto posee un fuerte contenido filosófico y sociológico. Hasta la década de 1990 y la frontera del siglo 21, el problema del independentismo podía sintetizarse en el hipotético opuesto de la “nación” y la “clase social”. El debate de la identidad era consustancial a aquellos principios interpretativos porque la ubicación en el mundo se apoyaba en fundamentos distintos en cada caso: la nación esencial o construida, en uno; o la clase social o el lugar que se ocupaba en el orden material y las relaciones específicas de producción, en el otro. Las ventajas de la aquiescencia táctica y estratégica entre los nacionalistas y los socialistas presentes en las luchas políticas desde 1959 en adelante, comenzaron a erosionarse a partir de 1976 en la misma frontera del orden neoliberal o post-capitalista.

Desde entonces, quizá desde antes, la cuestión de la identidad se abrió en una diversidad de direcciones y la prelación o primacía de la “nación” o la “clase social” como signo definidor se vio reducida. Los nuevos movimientos sociales, una vez reconfiguraron discursivamente la noción de identidad a la luz de ciertas prácticas concretas, pusieron en duda la eficacia de la “nación” o la “clase social” como elemento definidor primado de su lugar en el mundo. Para la causa independentista y socialista la situación se ha convertido en un inconveniente de gran categoría. Una de las conclusiones a las que llega Paralitici en su libro es que la inclinación por las causas de los nuevos movimientos sociales ante la causa nacional o de clase es el problema del independentismo. La pregunta en torno a qué lucha debe ser la prioritaria está sobre el tapete.

Es obvio que las retóricas de la nación, de la clase social y de los nuevos movimientos sociales son distintas incluso cuando hablan del problema común de la libertad. Una retórica, la de la nación, la afronta como un asunto colectivo que se manifiesta de igual modo para todos. La retórica de la clase social la resuelve también como un asunto colectivo pero determinada por la peculiar relación que se posea con los medios de producción o los circuitos de consumo. Pero la retórica de los nuevos movimientos sociales lo enfrenta como un asunto que se expresa de manera diversa en variados sectores nacionales o fragmentos de clase, e incluso como un asunto individual. Las luchas que se proponen unos y otros no son las mismas.

Por más complejas que parezcan estas situaciones no se trata de un problema sin solución. El volumen Historia de la lucha por la independencia de Puerto Rico de José “Che” Paralitici lo deja listo para la discusión. La mesa está servida. Sólo falta que vengan los comensales y que se inicie esta necesaria tertulia.

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