José Antonio Davila

Categorías: Gente.

MCN-Poeta, ensayista, biógrafo, traductor y médico puertorriqueño, nacido en Bayamón el 27 de octubre de 1899 y fallecido en su ciudad natal el 4 de diciembre de 1941. Quinto hijo del afamado poeta modernista Virgilio Dávila (1869-1943), fue autor de una breve pero interesante producción lírica que, partiendo de los mismos postulados estéticos del Modernismo heredados de su padre, alcanzó a la postre un estilo propio y sugerente que superaba el legado -ya ciertamente caduco- de dicho movimiento.

Vida

Educado en una atmósfera dominada por la sensibilidad artística y el rigor intelectual, el pequeño José Antonio mostró, ya desde su niñez, un acusado interés por la creación poética, al tiempo que su viva curiosidad le llevaba a preocuparse también por otras disciplinas del saber como las científicas. Cursó brillantemente sus estudios primarios en su Bayamón natal, donde dio inició también a su formación secundaria, que concluyó en la Escuela Superior de Santurce (San Juan), en la que se graduó como bachiller. Su vocación de escritor quedó ya bien patente durante este período de su formación, en el que ganó varios premios en los certámenes literarios convocados por dicho centro de enseñanza media.

Ya en plena juventud, su pasión por la Ciencia le llevó a matricularse en la Facultad de Medicina de la Universidad de Puerto Rico (1918), donde emprendió unos estudios superiores que culminó en el prestigioso Jefferson Medical College de Filadelfia, donde obtuvo el título de licenciado en Medicina en 1924. Marchó, acto seguido, a la universidad estatal de Florida para iniciar sus estudios de especialización, y en 1926 ya obraba en su poder la titulación que le acreditaba como urólogo. Durante su estancia en los Estados Unidos de América conoció a la ciudadana norteamericana Alma Blake, con quien contrajo matrimonio y fue padre de un único vástago. Empezó a ejercer su oficio facultativo en territorio estadounidense, pero su delicado estado de salud -se le empezaron a manifestar los primeros síntomas de un grave proceso tuberculoso en 1927- pronto le obligó a abandonar cualquier actividad profesional para recluirse en el Hospital Saranac Lake de Nueva York, en el que permaneció internado durante buena parte del segundo lustro de la década de los años veinte, y del que sólo salió en contadas ocasiones para visitar otros centros sanitarios norteamericanos, con la esperanza de encontrar algún remedio para el gravísimo mal que padecía.

Una leve y engañosa mejoría le permitió regresar a su isla natal en 1930, donde intentó reanudar su trayectoria profesional, al tiempo que comenzaba a distinguirse por su papel de animador cultural. Ejerció, en efecto, el oficio de Hipócrates en algunas ciudades puertorriqueñas como Humacao, Bayamón, Naguabo y San Juan; pero pronto hubo de resignarse de nuevo a la inactividad, por lo que se retiró a su casa de Bayamón -según el propio poeta, su “sancta sanctorum”-, donde, a pesar del reposo y el aislamiento que le aconsejaban sus colegas, hizo famosas sus fecundas tertulias literarias, celebradas bajo la sombra de un frondoso flamboyant. Excelente conocedor de las Letras inglesas e hispanoamericanas, crítico lúcido y penetrante, seguidor de otras muchas disciplinas artísticas como la música y la pintura, gran orador y declamador y, por encima de todo, hombre de exquisitos modales y extraña habilidad para hacer y conservar amistades, José Antonio Dávila se convirtió en una de las figuras cimeras de la vida cultural de su nación, a la que enriqueció profundamente no sólo con su espléndida producción poética, sino también con sus artículos periodísticos, sus traducciones y biografías, y sus constantes reflexiones sobre el arte, la literatura, el pensamiento, la crítica, etc. Mantuvo, asimismo, dado su estado de postración, una intensa correspondencia epistolar con otros intelectuales puertorriqueños de la época, como el padre Juan Vicente Rivera Viera (1884-1953), poeta modernista tardío.

Entregado, durante sus últimos diez años de existencia, a una febril actividad creativa e intelectual, compaginó el cultivo de la escritura poética con la redacción de numerosas colaboraciones periodísticas que vieron la luz en los principales rotativos y revistas de su país, como Alma Latina, La Revista del Ateneo Puertorriqueño, El Mundo, El Imparcial, Puerto Rico Ilustrado y La Correspondencia de Puerto Rico. Al mismo tiempo, tradujo con singular inspiración y acierto la obra poética de algunos grandes líricos angloparlantes, y dio a la imprenta varios ensayos entre los que cabe destacar su excelente estudio biográfico del intérprete y compositor bayamonés Mariano Feliú Balseiro. En todas estas obras periodísticas y ensayísticas exhibió su constante preocupación por la identidad cultural de su pueblo, como queda bien patente en las palabras que publicó a propósito de la aparición del libro Juegos y canciones infantiles de Puerto Rico, de María Cadilla de Martínez (1886-1951): “Se nos negó la enseñanza de nuestra propia historia y se nos apretujó el esófago intelectual con una dieta de tradiciones forasteras designadas a reemplazar las tradiciones hispanoisleñas que, por ley natural y coherencia histórica, teníamos derecho y necesidad de aprender”.

Hombre de vivas inquietudes religiosas -que intentaba conjugar con su constante inclinación hacia la reflexión intelectual-, vivió durante buena parte de su breve existencia acompañado por la amenaza constante de la muerte, y acabó aceptando su inminente desaparición como un destino tan inevitable como natural (“y a la tierra bajaremos por esa milagrosa ley que rige los mundos en cadencia divina”). Falleció en su sancta sanctorum de Bayamón a finales de 1941, a los cuarenta y dos años de edad, y recibió sepultura en el cementerio Porta Coeli de dicha población, junto a los restos mortales de su célebre progenitor.

Obra

En líneas generales, toda la producción poética de José Antonio Dávila arranca de la experiencia personal del Yo, que vuelve una y otra vez sus ojos sobre su propia conciencia para indagar en sus alegrías y, sobre todo, en sus pesares. La suya es una voz lírica en la que está siempre presente el alma, la dimensión espiritual del hombre, que encuentra en el lenguaje poético seleccionado por el autor de Bayamón un cauce diáfano y cristalino muy adecuado para el reflejo de las inquietudes y conflictos del ser humano. El tema de Dios, atraído por su constante premonición de la muerte, alcanza en sus composiciones una difícil transparencia, como bien puede apreciarse en estos fragmentos de su largo poema titulado “Carta de recomendación. Al Señor propietario del Universo”, donde el poeta puertorriqueño se dirige abiertamente al Ser Supremo en términos sencillos y coloquiales, como si buscara quitar transcendencia y dotar de cotidiana humanidad ese tránsito ineludible hacia los dominios del Creador: “Señor: en breve llegará a tu cielo una tímida y dulce viejecita, los lirios de los años floreciendo en su pelo y el rostro sonreído como un margarita. Es la más hacendosa en la colmena, donde por todos se ha sacrificado, y es tan buena, tan buena…, tal como el pan que a todos nos has dado. En tu casa, Señor, con su plumero y su invariable pulcritud a tono, sacudirá ese polvo de lucero que cubre el mobiliario de tu trono. Le dará cuerda al Tiempo; treará flores de tu jardín y frutos de tu viña, y pintará de fresco los colores del arco iris cuando se destiña. […] Tú té, de flor de algún celeste tilo te hará en noches de invierno, cuando nieva; y en tiempo de vendimia, pondrá un filo a la hoz de argenta de la luna nueva. Zurcirá desgarrones en la túnica de los serafines, y traerá las esponjas y jabones a la hora de bañar los querubines. […] Si recorriendo un día tu reinado sorprendes en su cara la fatiga y ella te dice que no se ha cansado, ¡no le creas, Señor, lo que te diga!”.

Junto a ese anhelo de encontrar a Dios y conversar con él amigablemente, en la poesía de José Antonio Dávila triunfa también el tema amoroso, como no podía ser menos en un poeta tan apasionado y sensible como él, siempre atento a cualquier emoción del alma humana. Se alza, dentro de esta temática, la voz dolida de un poeta en ocasiones post-modernista, y en otras ocasiones tardo-romántico, que glosa los recuerdos de su azarosa peripecia sentimental: “La pasión ha volado; pero hay ciertos residuos que en el alma han quedado, y noto cuando pasas por la calle, altanera; que aún te peinas el pelo de la misma manera que tanto me gustaba y que amé con tal celo. Yo viví enamorado de tu pelo” -del poema “Residuos”.

En vida, José Antonio Dávila sólo llegó a dar a la imprenta un poemario, Vendimia (San Juan: Ateneo Puertorriqueño, 1940), que mereció los elogios unánimes de la crítica y los lectores. En opinión del escritor y crítico literario José Agustín Balseiro, “con este libro la literatura puertorriqueña puede ufanarse de merecer nuevas albricias. Y en la lírica Hispanoamericana fulgura otro nombre distinguido: José Antonio Dávila”. Tras la prematura desaparición del poeta de Bayamón, vieron la luz otros dos volúmenes de versos que había dejado inéditos, titulados Almacén de baratijas (1942) y Motivos de Tristán (1957); posteriormente, salió a la calle una muestra antológica de su quehacer poético, prologada por la poetisa de la “Generación del 45” Laura Gallego, y publicada bajo el título genérico de Poemas (1964).

The following two tabs change content below.
Publicación autorizada por el Administrador del Portal. Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco. Creador de la tirilla Filito publicada durante quince años en el diario Nuevo Día y diarios de países de habla hispana en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Autor de doce libros entre los que se destacan Filito at Large, Filito el Libro, Diccionario Real de la Lengua, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV y Bendiciones Cristianas Vols I-II.

Últimas Publicaciones de Lionel Valentín Calderón (Verlas todas)

Deja un comentario