La elección general de 1924

Con esa mescolanza partidista, la Isla padece su más reñida y alborotada campaña electoral hasta ahora. Del total de 326,096 electores con derecho a ejercer el voto, lo hacen 253,520 (77.7%). El dramático aumento de 57,453 electores inscritos para esta elección sobre los inscritos en la anterior, da paso a acusaciones de fraude electoral contra la administración Towner y los aliancistas. La Alianza Puertorriqueña obtiene 163,041 votos, una ventaja de 72,362 sobre los 90,679 de la Coalición.

[Elección general de 1924:
Partido Unión de Puerto Rico: 132,755 votos.
Partido Republicano Puertorriqueño: 30,286.
Total de la Alianza Puertorriqueña: 163,041.
Partido Constitucional Histórico: 34,576.
Partido Socialista: 56,103.
Total de la Coalición: 90,679.
Partido Federal: 432.
Partido Nacionalista: 399.
Reformista: 178.
Laborista: 17.
Obrero Guayanés: 11].

Los votos de los federales se acumulan entre los municipios de Toa Alta, Corozal y Toa Baja; los del Nacionalista, entre Ponce, Cayey, Caguas y Yabucoa. La agrupación Laborista es una disidencia socialista en Fajardo, y Obrero Guayanés es una disidencia también socialista en Guayama. Reformista es una disidencia unionista en Río Piedras. La Alianza reelige al comisionado residente Córdova Dávila, triunfa en los siete distritos senatoriales, y al elegir otros tres senadores por acumulación, cubre 17 de los 19 pupitres en ese alto Cuerpo legislativo. Ocupa también 36 de los 39 escaños en la Cámara de Representantes y triunfa en 71 de los 76 municipios. Uno de los cinco municipios que conquista la Coalición es el de la Capital, en la que Roberto H. Todd resulta elegido alcalde, desplazando así del poder capitalino a los unionistas, causantes en 1920 de la primera derrota a los republicanos en la Capital. Constituida la dirección de la Asamblea Legislativa, Barceló continúa en la presidencia del Senado y Tous Soto es elevado a la presidencia cameral.

A la luz de los resultados de la elección, cabe preguntarse: ¿adelantan algo una, dos o las tres colectividades políticas entre la elección de 1920 y la de 1924? La respuesta, sencilla, es: no. La Unión, contada separadamente, registra un raquítico crecimiento de unos 6,300 votos; los republicanos dividen sus votos de 1920 casi en partes iguales, registrando entre una y otra facción el aún más raquítico aumento de 1,017 votos, mientras que los socialistas acaban con una merma de alrededor de 3,000 votos. Para la Coalición, su «gran triunfo» es arrebatar a la Unión la alcaldía capitalina, triunfo que se ve empañado muy pronto, al surgir serias polémicas entre el alcalde Todd y su partido, y la salida de éste de esa colectividad. En cuanto a los republicanos, es de anotarse que la que parecía ser facción minoritaria – la acaudillada por Martínez Nadal y aguijoneada por el espíritu barbosista –, a la larga resulta la de mayor adeptos al obtener 4,290 votos más que la facción de Tous Soto. De manera que en términos de los votos, los tres partidos se hallan en 1924 más o menos como estaban en 1920. Ahora bien, en términos de adelanto político y social, como es el alegato de unionistas y republicanos para justificar la alianza, ¿sirve la fusión a los intereses patrióticos que juran defender y adelantar con el entendido? La respuesta, avalada por la historia, resulta igualmente sencilla: no. Los dos bandos de la Alianza han de dedicar sus mayores empeños a una lucha sin cuartel, con los republicanos insistiendo en quitarles los puestos públicos por lo menos a la mitad de los unionistas, que vienen monopolizando el botín político desde hace dos décadas. La voracidad por los puestos públicos parece ser la bandera más alta de la Alianza. La Coalición, por su parte, está centrada más bien en el ánimo pro-estadista de sus dos alas.

No debe pasarse por alto un serio problema para Puerto Rico que provoca la violenta campaña electoral de 1924: aumentan las reservas y los recelos que permean en el alto liderato del Congreso norteamericano sobre la capacidad que pueda tener la Isla para disfrutar de un mayor grado de gobierno propio, incluida la elección de su gobernador. En el año 1925 el congresista Edgar Kies (republicano por Pennsylvania), presidente del comité de Asuntos Insulares de la Cámara de Representantes federal, revive el proyecto anteriormente radicado para autorizar a los puertorriqueños a elegir con sus votos al gobernador, esta vez comenzando con la elección general de 1932. Pero se hace una cruel advertencia a los puertorriqueños mientras se considera el proyecto en la comisión congresional: se incluye una enmienda según la cual el gobernador libremente elegido por sus compatriotas, puede ser destituido en cualquier momento por el presidente de Estados Unidos, siguiendo recomendaciones que le haga el departamento de la Guerra. Aliancistas y coalicionistas, sin embargo, ven la medida como un paso de avance político y la favorecen. Pero la legislación no se hace realidad de ley. La Cámara de Representantes la aprueba, pero muere de inacción en el Senado.

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Antonio Quiñones Calderón, destacado redactor de los desaparecidos diarios El Mundo, y El Imparcial, Secretario de Prensa del gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré y de Carlos Romero Barceló, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y sub director de El Mundo. Tiene publicados varios libros de historia política entre los que se destaca Historia Política de Puerto Rico, libro del que se toman estos artículos y que no debe faltar en la biblioteca de todo buen puertorriqueño.
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