La Palma del Cacique

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La Palma del Cacique

Era el año de 1511, y gobernaba la isla de Puerto Rico D. Juan Ponce de León, por otro nombre el Capitán del Higüey, que tan luego como obtuvo del monarca su reposición, envió a España, acusándoles de excesos, a su antecesor Juan Ceron y al alguacil mayor Miguel Díaz.

Habían formado los nuevos pobladores, junto a Quebrada Margarita en la comarca del hoy llamado Pueblo Viejo, la villa de Caparra, cuyos restos se ven en la actualidad entre las malezas, y que debieran conservarse con exquisito esmero, por ser la primera piedra, que en aquel lejano país, asentó nuestra raza. Una iglesia de mampostería de ignorada arquitectura, alguna que otra casucha de barro y cañas, semejantes a las que en el día se ven en la conocida aldea de Cangrejos, y otras varias, basadas sobre gruesos troncos, con piso y paredes de palma y techo de yaguas, iguales en todo a muchas de las que hoy existen en los campos de aquel país, componían el caserío de la villa. Había además una plaza en medio, y sus calles un si no es rectas, estaban entapizadas de lozana yerba. En la plaza, veíase la morada del gobernador Ponce, la más ventajosa en capacidad por ser la casa del rey y consistorial al propio tiempo, ostentando en días festivos el estandarte castellano. En igual estilo, si bien con menos proporciones habíase fundado, no lejos del pueblo de la Aguada y hacia el Nordeste de la isla, la villa de Sotomayor, en cuyas inmediaciones, ocurrieron algunos de los sucesos que van a referirse.

El gobernador Ponce, continuando el sistema establecido en la isla Española, había procedido al repartimento de los indios de Borinquen en encomiendas. Consistían estas, en poner cierto número de indios al cuidado de cada uno de los conquistadores y pobladores según sus hechos e influencia, reservando algunos al rey, pero este sistema sobre ser muy perjudicial a los naturales, arruinó con el tiempo la población y cultivo de los campos, por lo que el monarca, en más de una ocasión, trató de modificar y aun de abolir, este sistema de repartimientos, tan debatido, y que a causa de los opuestos intereses y pasiones inconciliables, ha sido la cuestión de más importancia, durante la primera época de la historia moderna de aquel país. Esta institución como su nombre lo indica, imponía tanto al encomendero como al encomendado, deberes mutuos que jamás se cumplieron por parte de aquel, que estaba obligado a alimentar a sus indios, cuidando de su salud y de su educación civil y religiosa; al paso que el último debía ayudar a su señor en las tareas y labores de sus cultivos y granjerías; pero el poblador exigía demasiado de las fuerzas del indio, olvidando su doctrina y su alimento, y éste exasperado o temeroso, se alzaba contra el encomendero, o le abandonaba refugiándose en la aspereza de las montañas; sin que las repetidas contener tamaño mal, traspasando por una y otra parte, los límites que la institución de encomiendas prefijaba, con daño notorio de la nueva colonia.

Andaban con tal sistema muy descontentos los indios, y los alarmantes síntomas que cundían por todas partes, anunciaban una lucha, en que si bien los conquistadores lograron la victoria, no dejó de sufrir gran menoscabo, la prosperidad inmediata, que la natural fertilidad y riqueza del país les ofrecía.

Tales eran las circunstancias le la isla de Borinquen al comenzar los sucesos que van a contarse en esta leyenda. —

En un sereno día del mes de julio, el sol derramaba su luz sobre la faz de la tierra, y la brisa tropical templaba un tanto su ardoroso fuego. En las cercanías de Sotomayor se laboreaba una rica mina de oro, de cuya existencia no quedan vestigios, si bien la tradición la sitúa no lejos de la villa, en la vertiente de varias colinas. Veíanse en sus lomas entre otros árboles, el castaño de América, el medicinal jigüero, el mamey de sabroso fruto, y la palma de yaguas con su espada verde y aguda, que descuella sobre sus elegantes ramas, sirviendo su punta de asiento a las canoras avecillas, y el plátano cuyas anchas, sonantes y lánguidas ramas se mecen suavemente doradas por la luz del día; todo esto en medio de pastos frescos y abundosos en que se veían pacer algunas vacas mientras retozaban sus terneras.

—¡Pobre Naguao! —decía un indio contemplando el cadáver de un camarada tendido en tierra.

—¡Más valiera a ese infeliz —respondía otro— el haber huido a los bosques! No se acordó de que el pez está más seguro lejos de las redes, y hele ahí aplastado por un peñasco en esas odiosas minas.

—¡Qué importa! La tierra, amigo Taboa, no da de balde esas riquezas que guarda en sus entrañas.

—Por lo que a mí hace —tornó a decir éste— tan luego como pueda burlar la vigilancia, haré por dar seguro a mi vida entre los árboles del bosque; allí con mi arco y mis flechas, mataré aves para mi alimento, y cuando no, los árboles dan fruto y yo tengo brazos para alcanzarlos.

—¡Y el infeliz Yoboan! Cuánto llorará al saber que el más querido de los suyos, el único que quedaba de su familia, el último de sus hermanos, su Naguao, ha emprendido el viaje a la otra tierra, dejándole solo y triste como una roca en el mar.

—Dichoso él —replicó Taboa, acabando de romper contra una piedra una enorme nuez de coco, y después de haber apurado todo su sabroso líquido.— Va a vivir en esa tierra lozana y de muchas frutas y flores, en donde no se trabaja, y se pasa la vida sin fatigas ni dolencias, en donde no se envejece, ni alcanza el poderío del mal genio… ¡Y quién sabe lo que acá nos aguarda! Trabajos, fatigas, cansancio… y todo esto solo por ese oro, buscado con tanto afán y que no sirve más que para adornar el pecho de un cacique o las orejas de alguna mujer en día de areyto.

A tal punto llegaba el diálogo, cuando el chasquido del látigo y la estentórea voz del mayoral, llamaban a las tareas a los mineros.

Comenzaron estas, y cada cual emprendió con actividad su faena. Entre los que cavaban la tierra en pos de la vena metálica, había uno, cuyo rostro inundado de sudor expresaba profunda tristeza. De vez en cuando brillaba en sus ojos una mirada siniestra, semejante al rojo fulgor de un volcán en noche oscura.

Cuatro indios conducían el cadáver de Naguao a una sepultura abierta al pie de un guanábano silvestre, que con sus verdes hojas le servía de dosel. El cráneo del minero estaba hecho pedazos, y su rostro desfigurado; sin embargo, el indio que cavaba, que no era otro que su hermano Yoboan, le reconoció cuando le pasaron junto a él, y la dolorosa sorpresa se mostró en su semblante. Dejó caer el azadón, cruzó los brazos y su mirada extática siguió el cadáver de su pobre hermano.

Cruel fue esto momento para Yoboan, sus pies no pudieron dar un solo paso, sus brazos no pudieron articular un movimiento, su pecho no pudo lanzar una sola queja, y únicamente sus ojos, fríos como un espectro, dieron salida a una lágrima.

Pero el látigo que hería su espalda, sacó a Yoboan de éxtasis profundo, y volviendo la faz sorprendido, miró con ira al que así lo castigaba.

Entonces el mayoral levantó el látigo por segunda vez, pero antes de que hubiese podido descargarle, el indio lo arrancó de su mano y lo arrojó de sí una buena pieza.

—Ya estás vencido, cristiano —exclamó con desdén.

Entonces el mayoral se lanzó sobre el insolente, que así ultrajaba su autoridad, y momentánea, si bien esforzada lucha, sucedió a lo que acabamos de contar. No podía ser dudoso el éxito, atendida la corpulenta contextura del salvaje, que parecía un Hércules. Cayeron ambos por tierra y la lucha continuaba.

Parecía Yoboan uno de aquellos toros fieros de las dehesas de Castilla, que se ceban en la victima palpitante aún, y que ya moribunda, tan sólo opone la débil expresión de su agonía el temblor nervioso que conmueve hasta la última fibra, y que revela los postreros instantes de la existencia.

Alzose al cabo Yoboan: acababa de ahogar a su enemigo entre sus brazos.

Observaban los indios mineros esta escena con muda admiración.

¡A ellos! gritó un mayoral que corría, aunque tarde, en ayuda de su camarada. Y oída esta voz de alarma acudían todos en tropel gritando, ¡venganza!

Los indios, al presenciar el triunfo de su camarada Yoboan, habían cobrado bríos, y armados de los picos y azadas de sus labores, caían sobre sus contrarios dando suelta a su rencor.

Terrible era la pelea. Las armas se chocaban y herían, y ancha brecha daba paso a la caliente sangre.

Un gozoso clamoreo anunció la llegada del valiente Guarionex, que armado de su macana daba recios golpes…

Era regular y apuesta su figura; su edad juvenil. —Su piel cobriza estaba, como la de los demás indios, ornada con diversas figuras, y decoraba su frente la diadema de los caciques. Pendía de su espalda la aljaba provista de agudas flechas, sobre la cual podía verse el flexible arco; y su trenzada cabellera estaba realzada por vistosas plumas.

A la llegada de este campeón sucedió la del valiente Salazar, cuyo mortal acero abría con cada mandoble una tumba.

De elevada estatura y robustos miembros, moreno el rostro, a cuyas abultadas facciones daban expresión unos ojos de mirada firme, negros como su cabello y espesa barba, ofrecía en su conjunto, el exterior del hombre fuerte y animoso, cuya marcial energía, revelaba al intrépido conquistador del nuevo mundo.

Vestía Diego de Salazar almilla de velarte con calzón de lo mismo, listadas calzas y botín de piel, completando su arreo el enorme sombrero, el escudo y la tizona fiera.

A vista de tan terrible adalid, la multitud huía pavorosa, y no era extraño que su presencia infundiese tal terror, puesto que ya los indígenas conocían su esfuerzo, y a su brazo se debió en mucho la conquista y pacificación de Puerto Rico, porque a semejanza del Cid, ganaba batallas sólo con su nombre.

Guarionex se las había con Salazar, acosado por éste, que le acometía armado de superior manera, se batía en retirada: atento no solo a los golpes que le iban dirigidos sino a contener con la agilidad de un tigre, la embestida de los contrarios, evitaba de este modo el exterminio de los suyos, que huían temerosos a las vecinas selvas.

Hubo un momento en que acometido Guarionex por todas partes, pues era el que ofrecía más resistencia, estuvo a punto de ser prisionero o muerto; su macana era inútil contra tantas armas; pero en este instante debilitaron los contrarios el ataque, y tuvo ocasión de ganar en dos saltos la distancia y la espesura, guardando su vida y libertad para otros días. Preso o muerto, ¿qué sería de los suyos?

A la contienda sucedió el silencio, el cansancio de los vencedores y un lago de sangre cubierto de restos humanos.
Entre estos, veíase lleno de heridas el cadáver de Yoboan junto al de su hermano. Había dado su vida en cambio de una lágrima consagrada a su memoria.

A distancia de un cuarto de legua de Sotomayor, pequeña villa fundada por el capitán del mismo apellido, no lejos de la Aguada existía un bosque en una extensa llanura; cuadro que merece describirse ya por lo agradable de su conjunto, ya porque en todas y en cada una de sus partes, se mostraba la naturaleza tropical, con toda la exquisita frescura y la vigorosa lozanía que la distinguen.

Circundaba el bosque un riachuelo, cuyos cristales se quebraban sobre menudas guijas. En sus orillas las palmas, cargadas de racimos, balanceaban su flexible tronco, al par que sus ramas se mecían resonando; brindaban los naranjos con su fruto de oro, mientras encantaban la vista las floridas hojas del helecho indígena; y sobre, el cedro, el collor y el quiebra—hacha, levantábase erguida la orgullosa Seiba. Aquí y allá las flores derramaban sus aromas, al paso que llenaban el aire de armonías, el zumbador enamorado, el melodioso sinsonte, el bullicioso pitirre y la calandria esquiva. —Mansión de los amores, hubiérase Venus regocijado al verla, y en ella fijara su Eliseo, a poder elegirlo a voluntad.

Pero incompleto sería semejante cuadro, a no figurar entre sus bellezas, esa alma que presta el hombre a todo cuanto le rodea; por lo que vamos a ofrecer al lector una de aquellas escenas de la vida, tanto más propia, cuanto que estarán íntimamente relacionados en ella, el hombre y la naturaleza: esta con todas sus galas, aquel con toda la rudeza y fogosidad de un corazón primitivo.

Las doncellas que acompañaban a Loarina, hermana del cacique Agueinaba, complacidas en gran manera de los atractivos del lugar, colocaron sus hamacas de silvestre maguey entre los árboles, a orillas del arroyuelo, que, con su deliciosa frescura, a la dulce somnolencia convidaba.

Bellas eran las indias que acompañaban a la princesa, pero entre sus encantos y los de su señora, había la diferencia que existe entre el rosado capullo y las hojas que lo rodean. Si en las doncellas de Loarina resplandecían las gracias con todos sus fulgores, en la última se unía al hechizo de estas, la altiva superioridad de una sultana.

Contaba apenas quince años, y advertíase ya en su brillante encarnación, el precoz desarrollo de la vida en los países de la zona tórrida. Su cutis, con el color propio de su raza, no estaba destituido de aquella pureza inherente a lo muelle de sus costumbres. Deliciosa era la expresión de sus facciones, negros sus ojos como la noche, y ardientes como el sol que vieron por la vez primera, y su boca conjunto de deleites, parecía, un hermoso ramo en que las rosas de sus labios, circundaban el mate jazmín de sus menudos dientes. Sobre su espalda caía en perfumadas trenzas su cabello negro, ceñido a la sien por la diadema de oro. De su nariz y orejas pendían argollas del propio metal, y ornaban su garganta… nacaradas perlas.

Desnudo el seno, ostentaba dos orbes voluptuosos, cubriendo en parte sus mórbidas formas una especie de túnica, que partiendo de la cintura, terminaba en la nunca bien ponderada pierna, cuyos suaves contornos se ofrecían a la vista codiciosa, como se ve alrededor de nube cenicienta, la claridad de la luna. Por último, anillos de oro en que suplía la profusión al arte, adornaban los redondos y pequeños dedos de su mano.

Ataviadas con gracia las jóvenes de su séquito, vagaban por el bosque, ocupadas en juegos y danzas, a fin de proporcionar pasatiempo a su pensativa señora.

Reclinada ésta en su hamaca, y jugueteando una de sus manos con los cristales del riachuelo, abismábase en la suave indolencia que presta un país abrasado, y balanceándose colgada de los árboles, parecía la imagen de un tierno pensamiento, flotante como una aureola, en la fantasía de alguna virgen. Entregada a cavilaciones, ya risueñas, ya tristes, fijábanse sus ojos en todos los objetos que la rodeaban, sin que su conmovido espíritu pudiese darse cuenta de ellos. Errante su alma, complacíase ante la imagen del hombre adorado, y su alma fatigada veía sólo aridez en todo lo que no fuese su amor. Mas si por desgracia, la idea de un afecto mal pagado enlutaba su corazón, el furor y luego la tristeza empañaban el fulgor de su mirada.

Apareció de repente por entre la arboleda, un indio de gallarda estatura; su semblante era agradable en medio de la tristeza que le encubría con su manto enlutado: su mirada era viva y penetrante, y la dulzura o el furor, se expresaba con igual energía. Era Guarionex.

Joven y robusto, teníanle por uno de los más animosos e intrépidos de su tierra, cualidades que había mostrado de una manera heroica, en las guerras contra los vecinos caribes, perpetuos enemigos de Borinquen; y es fama que al esfuerzo de su brazo, se debió más de una vez la paz o la alianza demandadas por aquellos, como una merced, en vista de la fortaleza de tal caudillo. El combate y el amor hallaron a Guarionex siempre pronto. Eran sus pasiones extremadas y violentas; y el amor, el odio, el valor y la amistad generosa hicieron siempre latir con fuerza, la ardiente fibra de su alma. En la edad media, en aquellos siglos de hierro, en que la manopla del poderoso ahogaba sin piedad al desvalido, y en que destituida la sociedad de todo apoyo en favor del débil, se creaban como una necesidad, las ilustres y generosas congregaciones, de que hoy, sin objeto, sólo queda el vano título; Guarionex, trasladado a Europa y educado a la usanza feudal, habría sido, obedeciendo a su corazón apasionado y valiente, todo un noble y cumplido caballero.

Su lenguaje era poético como la naturaleza que le había dado el ser, y sus palabras rudas, notoriamente con la belleza y energía del pensamiento; resultando de aquí aquella sencillez en la expresión, que realza las sublimes concepciones de toda imaginación apasionada.

Sus ideas no eran el concepto puro, resultado de las especulaciones abstractas, no; eran la emanación inmediata de las impresiones, sin linaje alguno de elaboración espontánea, franca y enérgica.

No distaban mucho la villa de Sotomayor los dominios del cacique, y aunque encomendado como sus vasallos, merced a su nacimiento y dignidad, le eran guardadas ciertas consideraciones por parte de los conquistadores, que conociendo su influjo entre los suyos, querían evitar (por la mayor suma de tiempo, puesto que los naturales se mantenían sumisos) el sangriento camino de la guerra.

Dotado de gracia y gentileza, y siendo de los más poderosos señores del país, habría despertado la simpatía de la cacica más rebelde; pero perdida de amores su alma por la cruel Loarina, podía aspirar tan solo a la lenta y continua agonía de una existencia triste y solitaria; como el vivir de envejecida seiba, abandonada de los pajarillos que su seno albergó y que la festejaban con sus cantos.

Hubiérale amado la hermosa india, a no andar malparado su espíritu a causa de la pasión que la inspirara cierto joven caballero español, que al mirarla había introducido en su corazón la ponzoña, haciendo en él más estragos que la flecha de Guarionex en un día de batalla. Tenga presente el lector esto último, por si advierte en el desdeñado indio, el apesarado continente y la tristísima expresión de sus ardientes ojos.

Acercose a Loarina, que saliendo le su enajenación, se mostró sorprendida.

Hermosa —dijo el cacique con alterada al par que respetuosa voz— mi corazón da gracias al Cemí que me permite verte; ojalá que, el pobre Guarionex se separe de ti más feliz de lo que es ahora.

El semblante de Loarina expresó cierta turbación, que permitía entrever la lucha que había en su agitado pecho.

—Guarionex, sé bien venido —respondió con mentida calma. Natural era una lucha semejante en el corazón de Loarina, que un tanto sensible en otro tiempo a los halagos del Cacique, sentía rubor al conocer que su veleidad la impulsaba a amar a otro; porque la hermosa salvaje no era la culta dama de nuestros tiempos.

Tal vez sentía aún inclinación hacia el pobre indio, y al amar a un extranjero, apesarábase de preferir en su corazón al hombre que malquería la los de su raza; pero entre un hombre hermoso valiente y civilizado, con un prestigio a sus ojos cuasi divino, y el salvaje pretendiente, toda vacilación se hacía imposible, y su corazón de mujer vivía arrastrado por el dulce atractivo que había de llevarla al término cruel de ser infiel e ingrata para con los suyos Quizá el brillo de conquistador y su tratamiento de amo en vez de hacérsele más odioso, acrecentaban no poco su amor. Con todo, en nuestro humilde entender, juzgamos existía alguna cosa en su alma, parecida al remordimiento, y por tanto, cada palabra del enamorado Guarionex, debía hacerla sentir su aguijón punzante.

Escuchemos pues, a Guarionex.

—Tú eres, Loarina, hermosa y pura como la azucena; pero ingrata con el tierno Zumbador que te festeja. ¿Por qué ha de estar Guarionex privado de tu cariño? Ocho veces ha pasado ya la estación de los truenos y de las lluvias, y en todo este tiempo he administrado justicia; a la puerta de la choza en que nací, bajo el árbol de mis padres, o he guiado a los míos a la guerra, pues bien, durante todo este tiempo era feliz, porque no te conocía; el día tenía para mi luz y la noche descanso. Te vi, oh Loarina, y desde entonces me sorprende siempre el alba, sin que mis ojos se hayan cerrado, y al esconderse el sol me deja triste y despierto aún. Yo te amé y te amo, Loarina hermosa; tú en un tiempo me escuchabas con gozo, y yo veía el cielo en tu corazón; ahora huyes de mí y el mal genio me acompaña.

—¿Dime qué hice yo para merecer tanto desvío? Tórtola mía, ¿cual será el día en que suspiremos juntos? ¿No te conmueve mi lloro? Pronto inundará los valles. Yo tengo corales y perlas, que mis vasallos han sacado del mar, para ti son, mi bella; las perlas son menos blancas que tus dientes, y los corales menos hechiceros que tus labios. Tú seras mi preferida. Tan luego como el himeneo nos una, tendrás corona y esclavas. Tengo oro y flores con que adornarte, y mis manos pondrán a tus pies las aves cazadas con mi arco. —Dí, ¿porqué no me amas?

—Cacique, guarda tus perlas y tus flores para otra; no puedo ser tuya. Dices que tendré esclavas, ¡ah! yo ya lo soy…

Dijo, y un suspiro desprendido de su pecho, como un perfume de una flor, fue melancólico preludio de las lágrimas que corrieron por su rostro.

No llores, oh bella —exclamó el salvaje, comprendiendo mal la causa del angustioso llanto de su amada. ¿Lloras? ¿por quién Loarina? Por mí: ¡oh! beldad de los cielos, ¡oh! rosa de los bosques, y arrojándose a sus plantas besaba sus manos y sus pies, llorando también.

Las abrasadas lágrimas del cacique, eran otras tantas gotas de sangre que el dolor había helado en su corazón, y al correr por sus mejillas, dábanle al cabo un instante de ventura, y desahogaban su alma como el trueno a la preñada nube.

—¡Ah! —exclamó— antes me sonreían tus labios. ¡Mísero de mí! Había creído que mi cariño, constante como el carpintero que roe con su pico los árboles para hacer su nido, llegaría al cabo a abrirme paso hasta tu corazón; ¡pero fue vana mi esperanza!

—Guarionex, jamás fui desdeñosa contigo, pero mi corazón…

—¡Dilo! —Ama a otro… a pesar mío…

—¡Ah! —gritó el cacique— ¡amas a otro! Di a quien, no sé si para aborrecerle o para amarle… ¡Oh! ¿Quién es ese feliz, Loarina? Pero callas… ¡Oh! ¡sospecha!

El furor se pintó en su faz como el velo de sangre que encubre al sol en día caluroso. —

¡Guarionex! —murmuró la india prorrumpiendo en sollozos. —Sí, un extranjero… un cristiano… —decía el cacique con ahogada voz.

—¡Ah! soy muy desgraciada —dijo Loarina; dio dos pasos hacia el cacique, mirole con compasiva ternura y se detuvo suplicante.

—¡Eres desgraciada! ¿y yo?

Hubo un momento de silencio.

Loarina al par que víctima, del amor que el cristiano la inspirara era inocente verdugo del corazón de Guarionex.

Jóvenes y amantes hasta el delirio, eran ambos infelices, porque tan solo experimentaban las amarguras del amor, sin gustar sus delicias.

—Ella lánguida y encantadora como una azucena; él fuerte y erguido como un roble. Entrambos lloraban y ninguno de ellos podía enjugar las ajenas lágrimas.

Loraina se había dejado caer y puesta entre las manos su cabeza, sollozaba.

Guarionex, de pie y clavado como una estatua la miraba con inflamados ojos.

Al fin sacudió sus hombros, bajó la cabeza, y emprendió lentamente su marcha sin volver el rostro una sola vez. Al llegar al fin de la senda, estuvo algunos instantes pensativo, pero irguiendo el cuello, como el que, acaba de adoptar una resolución enérgica, se lanzó a la espesura murmurando algunas palabras: ¡quizá una maldición!

En las altas horas de la noche paseábase D. Cristóbal de Sotomayor, por las calles de la villa que había fundado, envuelto en un tosco tabardo, que le ponía a cubierto del rocío, que tan copioso es en las noches de los trópicos. Dormían los habitantes, y la noche serena, parecía guardar su tranquilo sueño: el fresco ambiente susurraba entre los árboles, al paso que la luna plateaba sus copas, y los pajizos techos del caserío; mudos yacían los pajarillos, y de tarde en tarde se percibía el nocturno cantar del gallo, en cuyas intermitencias resonaban los pasos de nuestro personaje, al caminar por la empedrada senda, que a la verde campiña le guiaba.

Entregado a dulces meditaciones, a que se prestaba lo apacible de la noche, perdíase su alma en los abismos de lo pasado, propensión natural a todo aquel cuyo presente no satisface su corazón. Complacíase su alma en recorrer hoja tras hoja, ese libro que se llama la vida, con el mismo encanto, dulce y melancólico, que el avecilla recorre de uno en otro todos los troncos en que ocultó su nido, pidiéndoles un consuelo, una memoria. Sotomayor sentía desenvolverse ante su vista el cuadro de su juventud primera, que al compás de los latidos de su pecho, le ofrecía el recuerdo de sus amores, el fuego tormentoso al par que deleitable, la felicidad incomprensible, los sinsabores ahuyentados por una sonrisa o por beso celestial, aquel llanto que no surca la mejilla, porque como el manso arroyuelo, hermosea el prado cual Cristalina sierpe, y fecundiza las flores con su agua pura. Aquella fe, aquella idolatría ciega, el prestigio, el poder en la mirada, en el acento de la mujer que se adora. ¡Ah! exclamaba, ¡si la vida terminara al disiparse tanto amor!

Pensamientos de este género ocupaban a Sotomayor, y al llegar a este punto, la ilusión tomaba cuerpo en una mujer, aquella hechicera hija del Betis, fija en su mente y en su corazón, con sus ojos de fuego, su boca de hurí y su andar de diosa…

La bendición de un sacerdote los hubiera unido para siempre, a consentir el joven; pero deseaba la posesión de su amada como una corona de gloria que premiase sus adquiridos méritos, y antes que dar su nombre al tierno objeto de sus ansias, quería que este nombre estuviese enlazado a grandes hechos.

Estas ideas, por otra parte, eran muy naturales y propias en la juventud distinguida de su época, pues aún estaba en pie el caballeresco edificio que levantó Enrique I de Alemania, y que aún no había derribado con su implacable pluma, el más grande y singular de los satíricos.

Libre la península ibérica del dominio musulmán con la toma del baluarte granadino, el espíritu aventurero y belicoso de los españoles, encontraba un nuevo terreno más vasto a su ejercicio, que el que podía ofrecerles la Flandes y la Italia; así no es de extrañar que la juventud ardorosa, acudiese en tropel a las tierras nuevamente halladas, en donde mil empresas quiméricas se hacían lugar en las imaginaciones novelescas, con la relación de extrañas aventuras, de grandes proezas y de doradas regiones, en que los prodigios se mezclaban a lo vasto y desconocido de aquellos países.

Nuestro caballero era uno de estos hombres, y en verdad que no era la sed de oro lo que le llevaba tan lejos de su patria. Ex—secretario del rey, descendiente de ilustre familia, habíalo electo gobernador de la nueva isla, pero gracias al almirante D. Diego Colón, que le había desatendido, se encontraba entonces en Puerto Rico, como teniente del gobernador D. Juan Ponce de León, futuro adelantado de la Florida.

Era el gentil caballero, de esbelta figura y elegantes maneras; tenía rubio el cabello, terminado en retorcida punta el bigote juvenil, y al brillo de la luna, podían verse sus ojos azules y expresivos. Un rico jubón de ceniciento vellorí, cuasi encubierto por el tabardo de velarte que le resguardaba, en su cintura la espada guarnecida de plata, bota pajiza con espuela, y por último, un sombrero adornado con vistosas plumas, cuyo broche de diamantes relucía como una estrella, inclinado sobre una de sus sienes, prestaban a su aspecto, el aire del joven aventurero de la España de aquella época.

No había salido aún Sotomayor de la población, cuando sintió que le oprimían fuertemente el hombro.

—Cristiano —le dijo una voz— ¿tienes valor?

Volviose admirado de tal pregunta, y llevó su mano a la espada, cual si quisiese dar una prueba por respuesta. Detuvo su brazo el recién venido, diciéndole al mismo tiempo:

—Espera. Observó Sotomayor a su antagonista: en la ruda faz de este se veía pintado el furor.

—No te conozco —dijo el caballero.

—Ya me conocerás —replicó aquel.— Tú amas a Loarina, y yo también la amo.

—Pudiera desengañarte, indio, pero creerías que te temo, y mi altivez me ordena guardar silencio, y esperar hasta ver qué exiges de mí. —Ella te ama también, y esa es para mi una muerte más terrible que la que dan vuestros truenos y todas vuestras armas. —Y bien…

—Es menester que uno de los dos muera, porque no puede haber más que un sol para una luna y mal pudiera albergarse en un mismo nido dos pájaros rivales. Pues bien, quiero que me mates, porque es mejor la ausencia eterna que esta vida de agonía. ¡Quiero morir! ¿Lo oyes? Pero quiero morir contigo quiero matarte, oh cristiano, porque te aborrezco, y cuando pienso en ti, siento por mis venas correr el fuego del rayo, y quisiera tener su poder para acabar contigo, ¿lo oyes? Maldecida del Cemí sea la piragua que te trajo a esta tierra. Quiero morir o matarte, odioso cristiano, ven, si tienes valor, ven…

¡Cuánto rencor encerraban las palabras de Guarionex, y cuánta angustia se mezclaba en su pecho a este rencor que le abrasaba! Pudiera muy bien compararse esta mezcla de sentimientos, al gemido del náufrago, que se deja oír por entre el bramido de las ondas, que su vida combaten.

El joven Sotomayor había leído en las palabras del indio todo su infortunio, compadecía su demencia, y a poder evitar honrosamente una lucha a que ningún sentimiento le impulsaba, hubiéralo hecho; empero su conmiseración sería tal vez mal interpretada, y su puntilloso carácter no le permitía menoscabar en manera, alguna el influjo de los suyos, en regiones tan apartadas.

—Indio, ¿aborreces la vida? —le dijo.— Bien está; aunque no te profeso ni amor ni odio, quiero librarte con mi espada, de unos días que te son tan funestos. Toma una espada y sígueme.

—No, mi macana me basta, con ella he peleado en cien batallas, y ha derribado a muchos enemigos, tan fuertes como tú. —Partamos, pues, dijo el caballero, y tomaron ambos la senda, que a las afueras de la villa conducía.

Caminaban silenciosos el cacique y el caballero. Las palabras habían hecho lugar a las armas, y la muerte de uno de los contendientes, debía poner término a la causa de la querella.

Este duelo por parte de Guarionex era, aunque injusto, consecuente, porque cuando el odio guía el brazo, el homicidio es un resultado criminal, pero lógico. En este duelo no entraba por nada la pueril vanidad, ni un honor mal entendido; por otra parte del cacique, era la expresión de la cruel antipatía que le inspiraba el hombre que le había despojado de un bien para él más estimado que su vida; por parte de nuestro joven caballero, era hijo de la necesidad, no sólo de defender la suya, sino de conservar puro entre los indígenas aquel buen nombre y reputación de que entre ellos gozaban los conquistadores.

Llegado que hubieron a la llanura, desenvainó Sotomayor la espada y aguardó a su contrario.

No tardaron en cruzarse las armas.

La claridad de la noche permitía ver completamente la escena que iba a seguir, y cuyos únicos espectadores, eran el cielo y los árboles de la comarca.

Reinaba el silencio, y solo el continuo y monótono cantar de la chicharra y del coqui, se dejaba oír a través del ruido de las armas.

Guarionex peleaba con el furor del hombre que aborrece, y desea acabar con su aniversario; Sotomayor comprendía, que por exquisito que fuese el temple de su acero, y por ejercitado que estuviese su brazo, había menester todo su esfuerzo para resistir a su terrible enemigo, a quien los celos hacían valer por dos. Y en efecto, al verle manejar la fuerte macana de collor cual si fuese un junco, y menudear golpes sin interrupción alguna, se convendría forzosamente, en que sólo la vehemencia de la pasión, que convierte en volcán el corazón humano, podía inspirar al irritado indio, que aunque diestro en manejar su arma, así se curaba de la defensa como de renunciar a su enojo. —Tan sólo atendía al ataque, y cada vez que descargaba el arma parecía que la misma muerte la guiaba. Sus ojos brillaban como los del tigre en la oscuridad de las selvas durante la noche, y a no ser invisible el genio de la tumba, podría verse triste, imponente y silencioso junto a Sotomayor.

Peleaba éste con bríos y tal vez le ayudaba en sus quites la ceguedad de su contrario; sin embargo, había instantes en que necesitaba de toda su destreza para disputar la vida a aquel salvaje, que cual la cortante hoz, pugnaba por segarla en sus más floridos años.

No temía la muerte si esta era honrosa y daba renombre, empero una muerte oscura, en lucha con un desconocido, con un salvaje, muerte que no era útil al mundo ni a sí mismo, era para él insoportable.

De repente la espada de Sotomayor se deslizó a lo largo de la piel de indio, que al sentirse herido, redobló su coraje; levantó su macana que descargó con tanta fuerza, que a encontrar la espada hiciérala pedazos, y a caer sobre el caballero, borrara de una vez de su corazón todos los anhelos de futura gloria; sin embargo de que rehuyó el cuerpo, no pudo evitar que le descoyuntara un brazo, que a ser el derecho, pasáralo del todo mal. El dolor le dio nuevo empuje.

Cansados estaban ya nuestros valientes e indeciso se hacía el resultado de la contienda, cuando el salvaje ya desesperanzado de morir o de acabar con un rival odioso, arrojó su macana a luengos pasos, exclamando con desdén: —Arma inútil, impotente para matar a un cristiano.

Cruzose de brazos y con aquella indiferencia ante la muerte, característica de los indios de América y propia de un mártir, dijo:

—Mátame, pues soy tu rival.

—No —contestó el caballero tendiéndole una mano— vive y sé mi amigo, valiente indio.

—Ya moriré —dijo el indio, sin corresponder la afectuosa instancia del joven castellano— ya moriré, aunque la muerte mía es un árbol que florece demasiado tarde —y dirigiéndose a Sotomayor le dijo:

—No soy tu amigo, extranjero; no olvides que me has robado lo que más amó mi corazón.

Y al terminar estas palabras partiose dejando al caballero sorprendido de tan extravagante firmeza.

Habíase refugiado en los bosques gran parte de los indios, huyendo de la dureza del trabajo a que les condenaban los encomenderos; y en las intrincadas espesuras disponían el medio de una insurrección, que estallando por partes, los volviese a su primitivo y feliz estado.

No descuidaban los caciques, instigados por Agueinaba y Guarionex, la manera de extinguir en el abatido ánimo de sus vasallos, la fatal preocupación de que los dominadores eran inmortales; por tanto, acordada, una convocación general de caciques, se verificó ésta en un valle de los dominios de Agueinaba, circundado de altos y lejanos montes, al rayar el alba de un hermoso día.

Presidía la asamblea el valeroso Agueinaba Fuerte de miembros, de presencia venerable y con expresión de firmeza y altivez en su rostro; su aspecto revelaba la inteligencia, aunque inculta, amena y gigante, como las selvas siempre verdes, en que se meció su cuna. Presidía la reunión, como hemos dicho, preferencia que de derecho le tocaba, por ser principal señor de aquella isla.

Estaba sentado en una piedra enorme al pie de un árbol añoso y corpulento. A sus lados los caciques, Guarionex, el más querido, porque más que otro alguno, poseía una grande alma, y le era propio el mérito de hacerse amar; el no menos animoso Broyoan, en cuyos dominios se dio más tarde la batalla de Yagüeca, y que comprendían las inmediaciones del pueblo de Añasco, a que dio nombre uno de los capitanes de la conquista que así se llamaba; Aiamón, que tenía los suyos en las márgenes del Culebrinas, cerca de la villa de Aguada; el intrépido Mabodamaca, derrotado poco después, en la comarca de Aimaco por Salazar y los suyos después de un reñido combate de más de tres horas, en las gargantas de la sierra, sin otra luz que la de las estrellas; Mayagoex, en cuyas posesiones se fundó, en 1760, la que en el día se llama villa de Mayagüez, cuyo estado floreciente la hace desaparecer como uña de las primeras de la isla; el cacique Humacao, que se mantuvo rebelde por muchos años, y Arezibo o Arazibo que tenía su cacicazgo en la parte que hoy ocupa la villa, en la embocadura de aquel caudaloso río. A más de éstos había otros, cuyos nombres no han brillado en la conquista, y que omiten los cronistas de aquella época. —Todos cual príncipes de la primera estirpe, señores de tierras y vasallos, ostentaban en su frente la diadema, y en su pecho el guarim o plancha de oro, emblema del cacicazgo y requisito indispensable para tener asiento y usar de la palabra en aquel soberano concurso.

En el centro, sobre un pedestal de piedra, se elevaba el ídolo de Borinquen. Era de figura humana, si bien bastante imperfecta; adornábanle con profusión las piedras y los metales preciosos. La corona de oro representaba en él la dignidad suprema, el poder; la serpiente enroscada en su cuerpo y ahogada por su amo, la fuerza; la flecha que su diestra esgrimía, el castigo celeste.

El temor del castigo en esta vida era la base de su fe, pues, sin embargo de creer en otra posterior; el incesto, el hurto, el homicidio, la traición a sus caciques, la irreverencia para con el Cemí, y todas aquellas acciones que el candor de sus costumbres repugnaba, eran castigadas por su Dios en esta vida, según los indios con penalidades, dolencias y una muerte cruel.

Alrededor del altar estaban los buhitis, agoreros y sacerdotes a un tiempo; teocracia fuerte, que unida a los caciques, constituían un poder fundado en derecho sobrenatural: pero como los buhitis eran también médicos, es decir, depositarios de la escasa ciencia física de aquel pueblo y como es fácil hacer creer a una sociedad ignorante, que las dolencias y su remedio son voluntad de sus dioses, así como aquello que depende de leyes naturales, como las cosechas, las lluvias y las pestes, o todo lo que es hijo de las pasiones y los intereses como las alianzas y las guerras; he aquí que no dejando el Cemí a las leyes naturales ni a la voluntad del hombre el uso de ninguno de sus atributos; el indio de Borinquen todo lo esperaba o lo temía de su ídolo, y por consiguiente la influencia de los Buhitis, era extrema. No lejos del Cemí, estaba la multitud que presenciaba el acto, y aguardaba con avidez el resultado de tan solemne conferencia que interesante en todas ocasiones, lo era entonces más, en razón de los nuevos y extraordinarios casos que habían acontecido en su país. —En efecto, algo extraño debía parecer a estos salvajes, que habían vivido luengos siglos sin conocer otros hombres que los de su raza, ver caer sobre su tierra una falange poderosa, que como llovida del cielo se encontraba señora de la isla con usos y costumbres enteramente opuestos, con una aureola de semidioses, y de cuya existencia jamás habían tenido ejemplo ni noticia. Acontecimiento de gran tamaño era este, y bien debían impetrar de su dios, una explicación de semejante hecho, y aun esperar con ansia la luz que les iluminase en tanta oscuridad, o el terrible decreto que a eterno sufrimiento les condenara.

No se ocultaba por otra parte, a los Buhitis y Caciques, que su causa tenía otros enemigos, que sin armas materiales, eran más temibles que los fuertes castellanos; la funesta preocupación de la multitud que veía en estos, otros tantos seres inmortales; su conocida superioridad en las armas y espíritu guerrero; y por último, la antigua profecía de su Dios que les condenaba a ser exterminados algún día por una gente extraña y poderosa. —He aquí porque contaban con el influjo supersticioso del Cemí, y con la eficaz sutileza de los agoreros.

Dieron principio las ceremonias religiosas, colocando en el altar algunos haces de leña, y encima, las ofrendas, que se componían de aves recién muertas por los cazadores, y de las primicias de la agricultura; hecho esto, esparcieron en el altar algunas resinas olorosas, y después de derramar el Buhiti varias ditas del más exquisito vino de las palmas, tomó en sus manos dos maderas secas, y frotándolas una contra otra, dio fuego a la leña del altar. —Una densa y perfumada nube se elevó a los cielos, cubriendo al ídolo con un manto misteriosos.

Oyose entonces un ruido semejante al eco del trueno en la cavidad de las montañas.

Un terror supersticioso se apoderó de la multitud.

—El Cemí va a hablar —gritó con fuerte voz el Buhiti que presidía el sacrificio.

Al oír esto, los indios prosternados y trémulos como el cervatillo al escuchar los rugidos del rey de los bosques, aguardaban con ansiedad la palabra de su Dios.

—Silencio, hijos de la tierra —gritó una voz que parecía salir de lo profundo de los abismos.

—El Cemí —prosiguió con profético acento— padre de los dos genios, el del bien y el del mal, ¡¡está sañudo!!

Al cabo de algunos instantes continuó:

—Tiempo ha que el cielo está cubierto de negras nubes, que vinieron por el camino del sol. ¡¡El soplo de Agueinaba las ahuyentará!!

Un silencio profundo sucedió a estas últimas palabras.

«El soplo de Agueinaba, las ahuyentará»: murmuraron todos con fanática convicción…

El Cemí había hablado. Entonces ocupó su asiento Agueinaba, y dijo con inspirado continente:

—Habéis oído, hijos míos, lo que el Cemí os dice; ordena la guerra. Aún tienen las aves plumas para vuestras flechas, y los árboles madera para vuestras macanas. «Tiempo ha que el cielo está cubierto de negras nubes; el soplo de Agueinaba las ahuyentará.»

—¡¡Guerra, guerra!! —exclamó todo el concurso.

El genio de la muerte, repitió con diabólica alegría estas palabras, por boca de los ecos.

Tú Aimanion —continuó Agueinaba— irás a pedir auxilio a nuestros aliados los caribes.

Tú, Mabodamaca, formarás con presteza un grueso ejército.

Tú, Broyoan, sobre Caparra.

Tú Guarionex, sobre Sotomayor.

Y vosotros todos amados caciques, llamad a vuestros vasallos y reuníos conmigo. «El cielo está cubierto de negras nubes, el soplo de Agueinaba las ahuyentará.»

La multitud olvidando sus terrores, al escuchar de su Cemí, unas palabras que llevaban la esperanza a su yerto corazón, sintió nueva vida en su ser, e impulsada por el decreto sobrenatural que les ordenaba hacer la guerra a los extranjeros, y las palabras fascinadoras del jefe de los caciques, exclamó al oírle: «Agueinaba las ahuyentará», levantando sus brazos, en muestras de confianza y aclamación.

— Antes de proseguir la narración, parece oportuno referir un suceso interesante de la vida de Guarionex, que aunque sin relación directa con esta historia, dará a conocer su carácter guerrero, circunstancia apreciable en un país como el suyo, rodeado de enemigos, y cuya calidad, a falta de otras, bastaría por sí sola a darle grande importancia entre aquellos caciques.

Pocos años antes de la llegada de los españoles a aquel país, heredaba Guarionex la corona de sus padres, y hallábase accidentalmente en las tierras de Mayagoex, celebrando las bodas de una de sus hermanas con este cacique. Las fiestas religiosas; los areytos, el batey, las cacerías en que ayudados de los perros mudos del país, recorrían los bosques, en persecución del ligero jutía y del pequeño corí ocupaban alegremente a los habitantes de la comarca.

Estaba situada la población principal del cacicazgo en la embocadura del río. Componíase de un centenar de chozas, entre las que descollaba alguna que otra vivienda de mayores dimensiones. Estaban construidas, en su mayor parte, de barro y cañas, y cubiertas con el ramaje de las palmas, formando un círculo, en cuyo centro se elevaba el palacio del cacique, de rústica forma, con torres de la propia materia, y que sobresalía de las demás casas como el pino en el bosque. Circundaba la población, a la usanza indígena, un doble muro de troncos verticales rodeados de un foso, que era necesario atravesar por puentes de madera.

Por ambos lados del lugar, se extendía la costa, cuidadosamente cultivada, y en que la arboleda se ostentaba con profusión, mientras que a la parte de tierra, tomaba arranque la cordillera, que partiendo del cerro llamado la Mesa, se interna en el país. Alrededor de la población estaban los jardines, en que las rosas y claveles servían de asiento a la pintada mariposa, cuyos colores resplandecían a la clara luz del día naciente, mientras que por la noche, revoloteaban en derredor los ligeros cucuyos, cual si fuesen aladas estrellas.

En la margen del río, veíase el baño de la cacica, cuyo recinto estaba encubierto por una cerca de verde majagua y altos bambúes, que cual una cortina misteriosa, impedían el paso a miradas indiscretas.

Sería medio día, cuando los moradores de la costa divisaron en el horizonte, como una docena de velas; cual blancos cisnes, se deslizaban velozmente por la superficie del mar. Eran los caribes, que se preparaban al asalto.

Cundió la alarma en el contorno, y se dispusieron a recibirlos.

El cacique Mayagoex estaba ausente, y en su defecto Guarionex, después de enviarle un expreso con tan inesperada nueva; reunió la escolta que había traído de sus estados, y que se componía de más de cien gandules, escogidos entre los más valientes y robustos de sus vasallos. —Arengoles, manifestándoles el peligro en que se hallaban, puesto que los voraces y perpetuos enemigos de Borinquen, violando los pactos, rompían las hostilidades, para lanzarse sobre el país y destruirlo. «Es necesario, añadió, que los vasallos de Guarionex, prueben que las flechas enemigas no les arredran, y que ellos solos, bastan para vencer a sus contrarios cualquiera que sea su número.»

Después de revistar y arengar de este modo a sus soldados, tomó una posición conveniente, no lejos del río tras un pequeño cerro, y aguardó a las piraguas caribes, que estaban ya a un tiro de flecha de la costa.

El crepúsculo iba a terminar, y el silencio reinaba, cuando saltaron en tierra. —Guarionex salió a su encuentro, y fue saludando con una descarga por parte de los invasores. Algunos de sus soldados cayeron en tierra, heridos por las emponzoñadas flechas de los caribes.

Feroces gritos de guerra resonaron por todas partes, y la hueste Borineana, tan veloz como el rayo, se lanzó sobre ellos.

La confusión y la muerte reinaban junto a Guarionex, que semejante a un león, tan solo despojos dejaba en su carrera.

Atónitos los caribes con tal ataque, sin poder hacer uso de sus mortíferos arcos, se veían obligados a sostener cuerpo a cuerpo, una lucha, en que si bien la ventaja del número estaba de su parte, tenían que combatir con los fuertes y aguerridos soldados de Guarionex, que peleaban, no tanto por amor de gloria, cuanto por no caer en las garras del enemigo, que condenaban al prisionero a ser víctima de su voracidad.

Encontráronse en medio de los combatientes, los caudillos de ambas partes.

Era Jaureyvo de colosal estatura, y su rostro expresaba la estúpida ferocidad de la hiena. Blandía su arma con tal destreza, y era tan horrible su aspecto, que al verle huían despavoridos sus contrarios.

Viole Guarionex y fuese contra él. Durante algún tiempo dieron y recibieron sendos golpes con igual pujanza. —Pero Guarionex fue desarmado, y entonces uno de los suyos, se lanzó a recibir el terrible golpe que amenazaba a su señor. Cayó muerto a los pies de Jaureyvo; pero el caudillo de Borinquen recobrando su arma, acometió con tal denuedo, que presto sería vengada la muerte de su heroico vasallo. Asombrado el caribe en vista de tanto furor, se retiraba paso a paso mientras que su enemigo le perseguía sin cesar.

La contienda estaba suspensa, y la multitud aguardaba confiada o temerosa, el resultado de este parcial combate.

Llegaron marchando los caciques a la cerca que cubría el baño, ya descrito, y allí Jaureyvo, abriéndose paso con su hercúleo cuerpo, a través de las ramas, que quebraba cual si fuesen menudos hilos, se precipitó en el recinto de la hermosura, no sin que su adversario lo siguiese en breve.

Un grito de sorpresa y de susto hirió sus oídos, y las jóvenes indias que se bañaban, corrieron a refugiarse en la opuesta orilla. Una de ellas permaneció en el río, sin tener fuerzas para huir, parecía una sirena sorprendida en su cantar; náyade gentil, adormecida en brazos de las aguas: era Loarina. —Guarionex la vio, y sintió en su pecho el fuego de la dicha, y en su brazo el poder de la victoria.

No esperaba el cacique tal encuentro, puesto que juzgaba, que las jóvenes estarían al abrigo de los muros; pero ellas habían desechado todos sus temores, al pensar en que Guarionex era invencible.

No fue menor la admiración de Jaureyvo al ver tan rica presa, y sus ojos brillaron con impuro fuego.

Volvieron en sí ambos contrarios, se acometieron, y en breve la macana del Boricano derribó al caribe, y el doliente clamor de los suyos, como un velo fúnebre, cubrió su último instante. Desordenadas las huestes, huían en pos de las piraguas salvadoras.

La noche tendía su velo sobre el campo, y las naves bogaban protegidas por las sombras, cuando anunciaron a Guarionex que en aquellas iba una de las cacicas, robada por los caribes.

Guarionex, con un gesto, indicó a los borincanos su mandato, y lanzose al mar seguido de los suyos.

«Nos conocen», decía esgrimiendo su macana con una mano, mientras que con la otra cortaba las olas, cual si fuese la quilla de un bajel. El instinto del amor le hacía suponer en la joven robada a Loarina, su amada, la mujer por quien diera toda su sangre.

El cacique pensaba en ella, cuando sintió en su cuerpo, el áspero y frío contacto del tiburón, y el doloroso grito de uno de los indios, le hizo estremecer. Un ¡ay! más doloroso y débil que el primero resonó en los oídos de los indios, que al volver los angustiados ojos, vieron a su infeliz compañero, sepultarse en las olas para siempre.

El caudillo había menester toda su influencia para alentar a los indios, que no teniendo su temple de alma, ni una Loarina que les inspirase el necesario ánimo, cuasi lloraban de terror, y esperaban con indecible angustia, el instante fatal, en que el monstruo de los mares, pusiese término cruel a su existencia.

Por último, llegaron a las piraguas, que le recibieron con descargas de flechas. —Los sollozos de una mujer resonaron en el corazón del cacique como un aceto amigo. Dirigiéronse los Boricanos a la nave de donde aquellos partían, dieron sobre ella, y no tardaron en tomarla, después de una corta resistencia.

No era Loarina la robada, pero los esfuerzos de Guarionex no fueron vanos, puesto que su hermana, la reciente esposa de Mayagoex, le recibió en sus brazos.

Al llegar a la playa, fueron recibidos con entusiastas aclamaciones, y Mayagoex salió a su encuentro.

Entonces el cacique, entregándole a su esposa, le dijo: —Toma esta perla, que no está bien fuera de su concha.

Mayagoex le dio infinitas gracias, y ambos caudillos se abrazaron.

Después de suplicar alguna indulgencia a los críticos rigorosos, por la digresión última, es oportuno que el lector se traslade por segunda vez, al lugar y época de esta historia, para que anudada nuevamente, pueda, si a bien lo tiene, seguirla hasta su fin.

Pocos días habían transcurrido desde que los indios reunidos, decidieron hacer la guerra a los conquistadores.

Era medianoche, y los habitantes de Sotomayor dormían profundamente, cuando Loarina con angustiado semblante y agitados pasos, penetró en la estancia del joven Sotomayor, y con profunda emoción le dijo:

—Cristiano si amas la vida; huye…

—¡Huir! —respondió el caballero.

—¡Quieren matarte! —¡Matarme! —

Sí, un horrendo motín se apresta. Los asesinos acabarán con tu vida y la de los tuyos: los he oído. —Tiempo es ya de que hacia aquí se dirijan. La muerte está junto a ti.

—Gracias, hermosa india, gracias por tu aviso, pero creo que tu corazón exagera los peligros.

—¡Oh! no lo dudes, Sotomayor, no lo dudes. Acabo de verlos: su saña es horrible. Bien pronto caerán como el rayo sobre la ciudad, y moriréis todos. Su número es inmenso como las hojas de los árboles. ¡Oh! Sotomayor, no seas ingrato, huye… yo te lo ruego… de rodillas.

—Levántate, Loarina hermosa; no sabes cuán grato sentimiento me inspira tu interés por mí, y que si mi corazón pudiese olvidar al ángel que idolatra, creo que sería tuyo desde este momento; pero ya ves que tu aviso es cuasi inútil, porque un caballero castellano no sabe huir.

—¡Ah! ¡ingrato! ¿Y qué será de Loarina si tú mueres? Sí, soy pérfida, soy infiel a los míos, porque te adoro, cristiano, y quiero tu existencia, que es para mí la luz del día.

Mil voces de alarma sucedieron a las últimas palabras de Loarina, y el caballero ciñó la espada, caló el sombrero y se lanzó a la calle.

¡Qué espectáculo se ofreció a sus ojos! Entregada a las llamas la población, ardían sus techos de paja cual si fueran de yesca, y mil lenguas de fuego, oscilaban a impulso de la nocturna brisa. Densas nubes de humo enrojecido se perdían en el firmamento, mientras que las copas de los erguidos árboles, desafiaban al incendio, y dominando estos cráteres ardientes, parecían otros tantos volcanes coronados por la verde primavera.

Las campanas, el tumulto, el crujir de las maderas, el estrépito de los techos al caer, y la confusa gritería de los invasores, era una gran parte, a aumentar la confusión de los sorprendidos ánimos.

Este caía anegado en su propia sangre, aquel defendía con valor sus últimos momentos; uno pasaba de los brazos del sueño, a los de la muerte; y otro huyendo de las llamas, pálido y consternado, tropezaba en su carrera con el arma homicida.

En una de las calles peleaba Sotomayor heroicamente; pero las flechas enemigas habían penetrado en su pecho, y en breve llegaría el postrer instante de su vida. Su rostro estaba cubierto de sudor y sangre…

—Dejadme a Sotomayor —gritaba Guarionex acometiendo al desdichado joven.— ¡Te he cumplido mi palabra! —añadía con sonrisa feroz.

Los esfuerzos del caballero eran impotentes contra tantos enemigos, su brazo se abatía, y la sangre que corría de sus heridas, agotaba no poco sus fuerzas. La espada cayó de su mano, y el grito de una mujer, detuvo el brazo de Guarionex. Era la enamorada cacica, que cual un ángel, trataba de proteger al caballero con sus alas amorosas.

Había caído en brazos del cacique, y sus ojos suplicantes se habían cerrado: estaba desmayada. Los de Guarionex expresaban, el amor, la desesperación…

Entonces el arma rencorosa y cruel de otro cacique, derribó al caballero: su semblante mostraba el último reflejo de una luz que va a apagarse, la hermosa y débil agonía del heroísmo.

Guarionex era generoso, y apartó la vista de un enemigo, que ya no era temible; arrojó su macana, y tomando en brazos a la débil Loarina, se alejó rápidamente.

El humo del incendio le ocultó con su tesoro.

Abatida estaba en verdad la joven Loarina, desde que los brazos del cacique la arrancaron del lugar de la contienda.

Habíala llevado a una gruta, situada en la ladera de una verde colina. —Daban sombra a su entrada los mameyes y guayabos; la matizada piña con su penacho verde, esparcía sus olores en torno de sí, al paso que, brotando de una peña un raudal de agua pura, corría por el verde césped, e iba a rendir tributo al vecino río, que despeñándose no lejos de allí, formaba una cascada, cuyo estruendo continuo, despertaba la melancolía y los dulces pensamientos.

Sentada la cacica a la puerta de la gruta, no respondía una sola palabra, a las respetuosas que le dirigía Taboa, el fiel vasallo de Guarionex. Dos días habían transcurrido, sin que sus labios hubiesen gustado apenas el alimento que solícitas manos la ofrecían; ni sus ojos se habían cerrado a aquel tranquilo y encantado sueño, que hacía su delicia en otro tiempo.

En actitud pensativa, la indecisión que reinaba en su espíritu, a causa de ignorar la suerte del hombre a quien amaba más que a su mísera existencia, la reducía al triste estado de anhelar la muerte como un bien inapreciable.

Guarionex, el cacique fatal que la adoraba, no volvía.

—Había muerto, o tal vez las faenas de la guerra, le impedían consagrarse a las varias y privadas sensaciones, de un amor puro y desgraciado. —Quizás un sentimiento generoso, le prohibía turbar con su presencia, un dolor sagrado aunque odioso para él, o más bien, los celos, le ponían en el caso de evitar toda revelación por su parte, respecto del sangriento fin del caballero, cuya circunstancia, le obligaría a presenciar con la hiel en el alma, el silencioso correr de lágrimas, vertidas al recuerdo de un rival afortunado.

Pero el cacique se ofrece a nuestra vista, y toda conjetura es vana. —Su andar lento y vacilante, revela la timidez, la indecisión.

—No quería verte, cruel —dijo el enamorado con angustiosa voz, acercándose a ella; pero mi corazón me arrastra y no puedo más. Cuando Loarina está triste y llora, Guarionex quiere estar a su lado, triste y llorando también.

—¿Por qué me trajiste aquí? —dijo la india.

—Para que seas mía —respondió el cacique.

Hubo un momento de silencio, al cabo del cual preguntó Loarina con voz débil.

¿Vive Sotomayor?

El cacique no respondió.

—Ingrata —murmuró enseguida retorciéndose los brazos.

Luego prosiguió: no me preguntes por mi rival, por que es matarme; pregúntame si te amo, cruel. —Sí, te responderé, más que a mí mismo. ¿Y cómo no amarte? ¿Hay algún día sin sol, o Loarina no es hermosa?

—Basta, basta, Guarionex. Amo a Sotomayor y mi vida es suya: ¿por qué me arrancaste de su lado? Quiero morir o vivir con él, ¿lo oyes? —Pues bien, muere con él, pérfida, síguele al sepulcro porque ya no existe —dijo el indio con el acento de la amargura.

—¡Ha muerto! —dijo Loarina, con la postración del estupor. De repente dio a correr por la llanura; con su cabello suelto y agitado por el viento, con su mirada fija, y el temblor convulsivo de sus miembros, semejaba la imagen del delirio, acosada por la hueste de los dolores humanos.

Guarionex corrió tras ella, y ya iba su amada a lanzarse al torrente, cuando el cacique asiéndola del cabello con mano fuerte, la detuvo a los bordes del abismo; parecía el último esfuerzo de la virtud, arrancando al crimen una víctima.

La noche empezaba a esparcir sus sombras, y los montes, los valles y los ríos se cubrían con su velo tenebroso. —Eran los últimos momentos de un día, que al pasar a la nada, llevaba envuelto un acontecimiento interesante para Borinquen. La jornada de Yagüeca, acababa de decidir su porvenir.

Desesperado Guarionex, había peleado como un héroe: jamás flecha alguna fue más certera; jamás su brazo combatió con más denuedo. Diezmados los suyos por los golpes enemigos, huían despavoridos, o eran víctimas del acero castellano. Necio fuera su empeño al oponer sus débiles flechas y macanas, al acerado peto, y al brazo poderoso y ejercitado de los vencedores de Boabdil. El indio de Borinquen tenía valor, pero en la impotencia de su estado, podía ser una víctima no un héroe.

La noche era oscura, y sólo de vez en cuando el relámpago iluminaba la tierra con su brillo siniestro, mientras que el lejano trueno retumbaba sordamente.

Guarionex, herido y fatigado, caminaba al acaso, trepaba cerros, cruzaba ríos, ya caía para volverse a levantar, ya corría cual si huyese de sí propio; en todas partes veía su pesar. —Los campos que le vieron nacer, y en que se habían deslizado las alegres tardes de su infancia, el rumor de la corriente bulliciosa, los árboles que le alimentaron con su fruto, los pajarillos en que probaba la destreza de su arco, la cabaña en que moraron sus abuelos: todo le prestaba su voz triste y tormentosa. «Oh graciosos bosquecillos, ya no seréis el asilo misterioso del amor, ni el recreo de nuestros hijos: y vosotras cumbres elevadas, en adelante no presenciaréis el culto de nuestro Cemí. ¡La raza de Agueinaba acabó para siempre! Así decía con voz triste el afligido cacique; así llegó a sentarse bajo la seiba que decoraba la puerta de su cabaña, permaneciendo allí algún tiempo entregado a su aflicción. —En tanto se anubla más y más el cielo, oscureciendo cuasi del todo la comarca; el relámpago y el trueno, que redobla sus furores, se disputan el dominio del espacio; los vientos rujen como una manada de leones y la lluvia no viene a calmar su bravura: es la tempestad de un día caluroso de la zona tórrida. Al ver el dolorido cacique aquella furia de la naturaleza tan en consonancia con el estado de su alma exclamó:

Ruge tempestad, sí, ruge,
tu relámpago siniestro
ilumine de mi vida el instante postrimero.
De tu trueno el bronco ruido
cual la voz de mis lamentos,
entre las nubes se pierde
que la luz cubren del cielo.
¡Oh! ¡si algunos de tus rayos
viniese hacia mí benéfico
a controvertir en cenizas
la existencia que aborrezco!

Después de una breve pausa, levantose y comenzó a alejarse lentamente; detúvose luego y continuó con tristísimo acento su lastimosa endecha;

Risueños, felices prados,
donde cual güino ligero
trisqué alegre, placentero
en mi festiva niñez,
no formaré con tus flores
el ramillete querido
para ofrecerlo rendido
a la ingrata que adoré.
Selvas que durante el día
me brindasteis sombra amiga,
y en que, alivio mi fatiga
en la noche siempre halló;
ya en vuestro dulce misterio
no guardará mi alma ardiente
la queja tierna y doliente
que un triste amor le arrancó

Adiós, oh seiba querida
que coronas mi mansión;
oh cabaña de mis padres,
Guarionex te dice adiós,
y al dejarte para siempre
muerto lleva el corazón;
adiós Borinquen preciosa,
dulce, tierra de mi amor…
¡sepúltala, oh mar inmenso!
Adiós, Borinquen, adiós.

Al llegar a la próxima ladera, lanzó una última mirada a los objetos de su tierna despedida que quedaban ya envueltos en las tinieblas de la tempestad. Algunos momentos después en la cumbre de gigantesca montaña se dejó ver rodeada de precipicios a la luz de un relámpago su contristada figura, en sus labios brillaba la amarga sonrisa.

— Volvió a lucir el relámpago y ay no estaba allí; tan solo iluminó el abismo.

El día estaba sereno. La montaña, que acabamos de mencionar era gigantesca y coronada de rocas, que ocultaban su ceño bajo la verde enredadera, al paso que un arroyo, procedente de las colinas orientales, venía con majestuoso descenso, a ceñirla como una diadema de plata, para caer en el cercano valle, y perderse entre las aguas de un pequeño lago, que servía de espejo al cielo, y de baño a la diosa de la noche. Por la parte del oeste un profundo abismo, en cuyo fondo se veían arbustos, malezas, piedras y juncos, que entrelazadas, formaban un lecho de plano irregular; y finalmente, por la parte del norte, traspuestos el valle y el lago, terminaban el cuadro infinidad de montes, cuyas crestas a manera de escalones, se perdían en lotananza besando las nubes.

En las cumbres del alto monte de que acabamos de hablar, había un peñasco enorme, suspendido sobre el abismo, que pronto a precipitarse, guardaba su actitud amenazadora, quizá desde la creación; semejante a la roca suspendida en la puerta del infierno, para servir de tortura y continuo susto, a aquel desdichado rey de la antigüedad. Junto a ella estaba el cadáver del cacique, cubierto de sangre; contemplábanle silenciosos y consternados algunos indios, resto de su poder perdido.

Agobiado por la angustia, destrozado en su caída lanzó su alma a otro mundo, arrullada por el trueno. Junto a él, había una fosa recién abierta, y en ella, algunas frutas y viandas destinadas a su alimento durante el viaje, según la creencia de estas gentes. Sobre ellas colocaron algunas ramas, formando un verde y mullido lecho, para que la muerte pudiese reclinarse blandamente, y dormir tranquila con ese sueño eterno y sin zozobras.

Hecho esto, cubrieron con el manto el cadáver del cacique, y tomándole en brazos, se preparaban a enterrarle. —En su rostro estaba pintado aún el pesar, ¡como si más poderoso que su vida, hubiera de sobrevivirle!

¡Infeliz Guarionex! Todos los de su raza, bajaron al sepulcro acompañados por la más amada de sus esposas: ¿quién se prestaría a enterrarse viva con un cacique destronado?

A sepultarle iban sus doloridos vasallos, cuando les detuvo la llegada de Loarina, acompañada del fiel Taboa.

—Deteneos —dijo aquella.— ¡Vosotros, fieles vasallos del último de vuestros caciques, obedeced los mandatos de aquella a quien tanto amó! Vengo a cumplir con nuestra antigua costumbre. —No fui su esposa pero fui su amada. Esta vida que me agobia, a él la debo. Durante sus días fui el sol que los alumbró. Las mujeres de su casa le han abandonado, y yo debo ocupar su puesto. Solicito el honor de ser enterrada con el más valiente, con el más joven y generoso de los caciques. —Y tú Guarionex, no creas que hago sacrificio alguno; la vida que me salvaste de nada me sirve. —La tuya fue triste, como un día nebuloso; el amor que debía endulzarla, la amargó. —Al pie del sepulcro te ofrezco un corazón infiel; no era digno de ti, pero tú lo anhelabas, y yo te lo entrego. —Dijo y los sollozos ahogaron su voz.

De rodillas, y abrazando a Guarionex le bañaba con su llanto; hijo de un tardío amor no daba la vida, al que hubiera muerto por verlo derramar.

Loarina, en la primavera de sus días, bella como un astro, estrechaba contra su seno palpitante, el cadáver del hombre que lozano en otro tiempo y marchito ahora, parecía una burla del destino. Poseía al fin aquel amor que anhelaba con vehemencia, y tanta dicha, no era bastante a reanimar su corazón helado. —¡Cuán indiferente es el sepulcro!

Abrazados los dos amantes, bajaron a la tumba; ¡Loarina era el alma de la muerte! Taboa se despidió de sus señores, y la tierra los cubrió para siempre.

El sol que salía, presenció el himeneo, y los pajarillos lo celebraron con sus cantos armoniosos.

Algunos años después nació al pie de la roca una palma que respetó siempre el huracán.

—Al ponerse el sol cada día, al tender la noche su velo, se oyenalgunas palabras, que parecen salir de su elevado tronco; estas palabras pertenecen a un idioma desconocido. —Lasvoces que las pronuncian, revelan la alternativa de un diálogo en que se percibe la ternura yla tristeza; parecen hijas del dolor de un hombre, y del amor de una mujer.

Si durante la noche, el viento brama, el relámpago brilla, retumba el trueno, la lluvia cae a torrentes, se oyen de vez en cuando, los acentos de un hombre, que llora su país natal.

Aquel árbol no da fruto: renuévase de continuo: gallardéase al suave empuje de las brisas, dominando el contorno; en sus ramas se mece la paloma, y la cotorra indiferente, precursora de la lluvia, despliega al sol sus pintadas alas. Aquel árbol se llama la «Palma del cacique».

Alejandro Tapia y Rovira

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