1 Pedro 3: La predicación callada de una vida hermosa

Y vosotras lo mismo, esposas: tened respeto a vuestros maridos para que, si el de alguna rechaza creer en el Evangelio, pueda ser ganado para Cristo sin recurrir a las palabras al ver vuestro comportamiento puro y reverente.

Pedro vuelve a los problemas domésticos que el Evangelio producía inevitablemente. Sucedería muchas veces que uno de los cónyuges se convertía y el otro seguía impermeable a la llamada del Evangelio; y era inevitable que esa situación creara dificultades. [private]

Puede parecer extraño que el consejo de Pedro a las esposas sea seis veces más largo que el que dedica a los maridos; pero se comprende, porque la posición de la esposa era mucho más difícil que la del marido. Si un marido se hacía cristiano, podía llevar a su mujer a la iglesia automáticamente y sin problemas. Pero, si una mujer se hacía cristiana y su marido no, estaba dando un paso sin precedentes y que producía los problemas más agudos.

En cualquier esfera de las civilizaciones antiguas, la mujer no tenía derechos. Bajo la ley judía, una mujer era una cosa; propiedad de su marido exactamente lo mismo que las ovejas o las cabras; de ninguna manera podía dejarle, aunque él sí se podía divorciar cuando quisiera. El que una mujer cambiara de religión sin que lo hiciera su marido era inconcebible.

En la civilización griega, el deber de una mujer era «no salir de casa y ser obediente al marido.» Era propio de una buena mujer el ver, oír y preguntar lo menos posible. No tenía ninguna clase de existencia independiente ni de inteligencia que le fueran propias, y el marido se podía divorciar de ella cuando quisiera, con sólo devolver la dote.

Bajo la ley romana, la mujer no tenía derechos. Ante la ley siempre era menor de edad. Cuando vivía con su padre, estaba bajo la patria potestas, la autoridad paterna, que le confería al padre poder hasta de vida o muerte; y cuando se casaba, pasaba a estar en la misma situación con su marido: totalmente sometida y a merced de él. Catón el Censor, un romano típico de la vieja usanza, escribió: « Si pillas a tu mujer en un acto de infidelidad, puedes matarla impunemente sin sentencia judicial.» A las matronas romanas se les prohibía beber vino, y Egnatius mató a la suya de la paliza que le dio cuando la encontró haciéndolo.

Sulpicius Gallus despidió a su mujer por aparecer una vez en la calle sin velo. Antistius Vetus se divorció de la suya porque la vio hablando amigablemente con una liberta en público. Publius Sempronius Sophus se divorció de su mujer porque fue una vez a las competiciones deportivas. La actitud general de las civilizaciones antiguas era que ninguna mujer se podía permitir hacer ninguna decisión por sí misma. ¿En qué consistían, entonces, los problemas de una mujer casada que se hacía cristiana, si su marido permanecía fiel a la religión ancestral? Casi nos es imposible darnos cuenta de cómo sería la vida para una mujer que tuviera el valor de hacerse cristiana.

¿Qué consejo da Pedro en ese caso? Empezaremos por decir lo que no aconseja.

No aconseja que la mujer abandone al marido. Aquí tiene exactamente la misma actitud que Pablo (1 Corintios 7:13-16).

Tanto Pablo como Pedro están seguros de que la esposa cristiana debe seguir con su marido pagano siempre que él no la eche de casa. Pedro no dice que la mujer debe predicar o discutir. No le dice que insista en que no hay diferencia entre esclavos y libres, gentiles y judíos, varones o mujeres, sino que todos. son lo mismo ante el Cristo al Que ha llegado a conocer. Le dice una cosa bien sencilla: que sea una buena esposa. Será mediante la predicación silenciosa de la hermosura de su vida como haga caer las barreras de prejuicio y hostilidad, y gane a su marido para su Señor.

Debe ser sumisa. No se trata aquí de una sumisión pasiva, sino de lo que alguien ha llamado acertadamente «una consciente renuncia al egoísmo.» Es la sumisión que se basa en la muerte al orgullo y el deseo de servir. No es la sumisión del miedo, sino la del perfecto amor.

Debe ser pura. Debe haber en su vida una preciosa castidad y fidelidad basadas en el amor. Debe ser reverente. Debe vivir con la convicción de que todo el mundo es el templo del Dios viviente, y de que toda la vida se vive en la presencia de Cristo.

Los auténticos cosméticos

Que vuestro verdadero encanto no dependa de cosas externas, como los peinados complicados o las joyas o los vestidos lujosos, sino del ornamento interior del corazón, que es la gracia perenne de un carácter amable y apacible, que es lo que Dios aprecia. Porque así era como se ataviaban las santas de antaño que ponían su esperanza en Dios manteniéndose bajo la autoridad de sus maridos. Así era como Sara obedecía a su marido Abraham, al que llamaba su señor; y vosotras habéis llegado a ser sus descendientes si obráis el bien y no sois presa de miedos que roban la calma.

Bengel habla del «trabajo que se dedica al vestido, que consume tanto tiempo.» Eso no es exclusivo de nuestro tiempo. Ya hemos visto que en el mundo antiguo las mujeres no tomaban ninguna parte en la vida social; no se dedicaban a nada, razón por la cual se comentaba a veces que se les tenía que permitir el interés en vestidos y cosméticos. Catón el Censor insistía en la sencillez; Lucio Valerio le contestaba: «¿Por qué tienen los maridos que escatimarles a sus mujeres los adornos y la ropa? Ellas no pueden tener cargos públicos, ni religiosos, ni ganar premios. No se pueden ocupar en nada.

¿Qué van a hacer sino dedicar su tiempo a los ornamentos y los vestidos?» Un interés desmesurado en el propio embellecimiento ya era entonces, como ahora, señal de que la persona no tenía otras cosas más importantes en que ocuparse.

Los antiguos moralistas condenaban no menos que los maestros cristianos el lujo excesivo. Quintiliano, el maestro de la oratoria latina, escribió: « Un vestido de calidad y buen gusto, como nos dice el poeta griego, añade dignidad a la persona que lo lleva; pero un atuendo afeminado y lujoso no adorna el cuerpo de veras, y no hace más que revelar la sordidez de la inteligencia.» El filósofo Epicteto, pensando en la vida mezquina a la que se veían condenadas las mujeres en el mundo antiguo, decía: «En cuanto tienen catorce años, los hombres las llaman «damas». Así que, cuando se dan cuenta de que no valen para nada más que para compartir la cama con los hombres, empiezan a embellecerse y a poner todas sus esperanzas en ello. Por tanto, vale la pena tomarse la molestia de hacerles comprender que lo que las hace verdaderamente respetables es que sean modestas y se hagan respetar.» Epicteto y Pedro están de acuerdo.

Hay por lo menos un pasaje del Antiguo Testamento en el que se hace una lista de las distintas piezas de ornamentos femeninos y se amenaza con el día del juicio en que serán destruidos. Se encuentra en Isaías 3:18-24: «Las redecillas, las lunetas, los collares, los pendientes y los brazaletes, las cofias, los atavíos de las piernas, los partidores del pelo, los pomitos de olor y los zarcillos, los anillos y los joyeles de las narices, las ropas de gala, los mantoncillos, los velos, las bolsas, los espejos, el lino fino, las gasas y los tocados.»

En el mundo de los griegos y los romanos es interesante coleccionar las referencias a los adornos personales. Había tantas maneras de arreglar el cabello como abejas en Hybca. El pelo se rizaba y teñía, a veces de negro pero más frecuentemente de rubio. Se llevaban pelucas, sobre todo rubias, que se encuentran hasta en las catacumbas cristianas; el pelo del que se fabricaban se importaba de Alemania, y hasta de la India.

Sujetadores de pelo, peinetas, horquillas y peines se hacían de marfil o de boj, y de concha de tortuga; a veces también de oro con joyas engastadas.

La púrpura era el color favorito para la ropa. Una libra (algo menos de medio kilo) de la mejor lana púrpura de Tiro, colada dos veces, costaba 1,000 denarü. (Recuérdese para calcular el equivalente actual que el denario era el sueldo de un día). Un chaquetón tirio de la mejor púrpura costaría más del doble de esa cantidad. Las sedas, perlas, aromas y joyas que se importaron de la India en un año costaron unos 250,000,000 de pesetas. Otras importaciones similares venían de Arabia.

Diamantes, esmeraldas, topacios, ópalo y sardónices eran las piedras preciosas favoritas. Struma Nonius tenía un anillo valorado en unos 5,000,000 de pesetas. Las perlas eran lo que más se apreciaba. Julio César le compró a Servilia una perla que le costó unos 15,000,000 de pesetas. Se hacían pendientes de perla, y Séneca habla de mujeres que llevaban dos o tres fortunas colgando de las orejas. También se usaban incrustadas en zapatillas; Nerón hasta tenía una habitación con las paredes cubiertas de perlas. Plinio vio a Lollia Paulina, la mujer de Calígula, con un vestido tan cubierto de perlas y esmeraldas que había costado unos 100,000,000 de pesetas.

El Evangelio vino a un mundo en el que se combinaban el lujo y la decadencia.

En vista de todo esto, Pedro insiste en las gracias que adornan el corazón, que son las que Dios aprecia. Esas eran las joyas que adornaban a las santas mujeres de antaño. Isaías había llamado a Sara la madre del pueblo fiel a Dios (Isaías 51:2); y si las esposas cristianas se adornaban con las mismas gracias de modestia, humildad y castidad, eran también sus hijas en la familia del pueblo fiel de Dios.

Una mujer cristiana de aquellos tiempos vivía en una sociedad en la que estaría tentada a toda clase de extravagancias insensatas, y por el miedo a los caprichos de su marido pagano; pero había de vivir para el servicio generoso, en bondad y confianza serena. Ese sería el mejor sermón de evangelización que le podría predicar a su marido. Hay pocos pasajes en los que se subraye más claramente el valor de una vida cristianamente hermosa.

Las obligaciones del marido

Por lo que a vosotros respecta, maridos, convivid sensatamente con vuestras mujeres, teniendo presente que son el sexo débil y asignándole el honor que les es debido como coherederas de la gracia de la vida, para que no se bloqueen vuestras oraciones.

Aunque este pasaje es corto, contiene mucho de la quintaesencia de la ética cristiana. Esta ética es lo que podría llamarse una ética recíproca. Nunca coloca toda la responsabilidad en uno de los lados. Si habla de los deberes de los esclavos, también habla de los de los amos. Si trata de las obligaciones de los hijos, también lo hace de las de los padres . Pedro acaba de establecer los deberes de las esposas; ahora establece los de los maridos. El matrimonio se basa en una obligación recíproca. Un matrimonio en el que todos los privilegios estuvieran en una parte y todas las obligaciones en la otra estaría abocado a ser imperfecto y con las mayores probabilidades de fracaso. Ésta era una concepción nueva en el mundo antiguo. Ya hemos notado la absoluta falta de derechos de la mujer y citado la afirmación de Catón de los del marido. Pero no terminamos esa cita, cosa que hacemos ahora: «Si pillas a tu mujer en un acto de infidelidad, puedes matarla impunemente sin sentencia judicial; pero si es ella la que te sorprende a ti, ya se guardaría de poner ni un dedo en el asunto, porque no tiene el menor derecho.» En el código moral romano todas las obligaciones eran para la esposa, y todos los privilegios para el marido.

La ética cristiana nunca concede un privilegio sin la obligación correspondiente.

¿Cuáles eran las obligaciones del marido?

(i) Debe ser comprensivo. Debe ser considerado y sensible a los sentimientos de su mujer. La madre de Somerset Maugham era una mujer hermosa que tenía el mundo a sus pies, pero su padre no tenía ningún atractivo. Alguien le preguntó a ella alguna vez: « ¿Por qué sigues fiel a ese feo tipejo con el que te casaste?» Su respuesta fue: «Porque nunca hace nada que me moleste.» La comprensión y la consideración habían forjado un vínculo inquebrantable. La crueldad más difícil de soportar no es a menudo deliberada, sino el resultado de hacer las cosas sin pensarlas.

(ii) Debe ser caballeroso. Debe tener presente que la mujer es el sexo débil y tratarla con cortesía. En el mundo antiguo, la caballerosidad con las mujeres era casi desconocida. Era, y todavía es, algo muy corriente en Oriente el ver a un hombre montado en el burro mientras la mujer va a pie. Fue el cristianismo el que introdujo la caballerosidad en las relaciones entre hombres y mujeres.

(iii) Debe recordar que la mujer tiene los mismos derechos espirituales. Es coheredera de la gracia de la vida. Las mujeres no participaban en los actos de culto de los griegos y los romanos. Aun en la sinagoga judía no tomaban parte en el culto, y todavía es igual en las sinagogas ortodoxas. Cuando se las-admitía en la sinagoga de alguna manera, estaban segregadas de los hombres y ocultas detrás de una pantalla. Aquí, en el cristianismo surgió el principio revolucionario de que las mujeres tienen iguales derechos espirituales, con lo cual cambió radicalmente la relación entre los sexos.

(iv) A menos que el hombre cumpla con estas obligaciones, hay una barrera que impide que sus oraciones lleguen a Dios. Como dice Bigg: « La imagen de una esposa injuriada se encuentra entre las oraciones del marido y la escucha de Dios.» Aquí hay una gran verdad. Nuestra relación con Dios nunca puede ser como es debido si no lo es nuestra relación con nuestros prójimos. Es cuando estamos de consuno con los demás cuando podemos estarlo con Él.

Las marcas de la vida cristiana

Por último, estad siempre en armonía; simpatizad siempre con los demás y vivid el amor fraternal; sed compasivos y humildes; no paguéis el mal con el mal, ni los insultos con insultos; por el contrario reaccionad siempre con bendiciones; porque es para dar y para heredar bendición para lo que habéis sido llamados.

Que el que quiera amar la vida, y ver días buenos, guarde su lengua del mal y sus labios de hablar astucias; que se aparte bien lejos del mal y haga el bien; que busque la paz y se la proponga siempre; porque los ojos del Señor están sobre los íntegros, y atentos Sus oídos a sus oraciones; pero el Señor Se encara con los que hacen el mal.

Pedro, como si dijéramos, reúne las grandes cualidades de la vida cristiana.

(i) Al frente de todas coloca la unidad cristiana. Vale la pena recopilar los grandes pasajes del Nuevo Testamento sobre la unidad, a fin de ver cuán grande lugar ocupa en el pensamiento del Nuevo Testamento. La base de todo el tema está en las palabras de Jesús que pidió que Su pueblo fuera una sola cosa, como lo son El y el Padre (Juan 17:21-23). En los fascinantes primeros días de la Iglesia, esta oración se cumplía, porque eran todos «de un corazón y un alma» (Hechos 4:32). Una y otra vez Pablo exhorta a los creyentes a esta unidad y ora por ella. Recuerda a los cristianos de Roma que, aunque eran muchos, eran un solo cuerpo, y los exhorta a que estén unánimes (Romanos 12:4, 16). A1 escribir a los cristianos de Corinto usa la misma ilustración de los creyentes como miembros de un cuerpo a pesar de todas sus cualidades y dones diferentes (1 Corintios 12:12-31). Exhorta a los díscolos corintios que no haya entre ellos divisiones y que se mantengan perfectamente unidos « en una misma mente y un mismo parecer» (1 Corintios 1:10). Les dice que las contiendas y las divisiones son cosas de la carne, señales de que siguen viviendo a un nivel meramente humano, sin la mente de Cristo (1 Corintios 3:3). Por haber participado del un pan, deben ser un cuerpo (1 Corintios 10:17). Les dice que deben ser « de un mismo sentir, y vivir en paz» (2 Corintios 13:11). Las barreras divisorias se han derrumbado en Jesucristo, y judíos y griegos están unidos en un mismo pueblo (Efesios 2:13s). Los cristianos deben mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, recordando que hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos (Efesios 4:3-6). Los filipenses tienen que mantenerse firmes en un mismo espíritu contendiendo unánimes por la fe del Evangelio; completan la felicidad de Pablo teniendo el mismo amor y la misma actitud; exhorta a Evodia y Síntique a que «sean de un mismo sentir en el Señor» (Filipenses 1:27; 2:2; 4:2).

En todo el Nuevo Testamento resuena esta exhortación a la unidad cristiana. Es más que una exhortación; es el anuncio de que nadie puede vivir la vida cristiana a menos que esté en unidad en sus relaciones personales con sus semejantes; y que la iglesia no puede ser verdaderamente cristiana si hay divisiones en ella. Es trágico el ver lo lejos que se encuentran muchos de hacer realidad esta unidad en sus vidas personales, y lo lejos que está la Iglesia de hacerla realidad dentro de sí misma. C. E. B. Cranfield lo expresa tan hermosamente que no podemos por menos de citar todo su comentario, aunque es extenso: «El Nuevo Testamento no trata nunca la unidad en Cristo como si fuera un lujo espiritual altamente deseable pero innecesario, sino como algo esencial a la verdadera naturaleza de la Iglesia. Las divisiones, ya sean desacuerdos entre miembros individuales o la existencia de grupos o partidos y -¡cuánto más!- las denominaciones del presente, constituyen una puesta en duda del mismo Evangelio y una señal de que los que están involucrados son carnales. Cuanto más en serio tomamos el Nuevo Testamento, tanto más urgente y doloroso llega a ser nuestro sentimiento del pecado de las divisiones, y más serios nuestros esfuerzos y oraciones por la paz y la unidad de la Iglesia en la Tierra. Eso no quiere decir que la unanimidad a la que aspiramos tenga que ser una uniformidad mecánica de la clase tan apreciada por los burócratas. Más bien ha de ser una unidad en la que las tensiones poderosas se mantengan unidas por una lealtad a ultranza, y las fuertes antipatías de raza y color, temperamento y gusto, posición social e interés económico, sean superadas en una adoración común y una común obediencia. Tal unidad sólo llegará cuando los cristianos sean suficientemente humildes y osados para aferrarse a la unidad ya dada en Cristo y tomarla más en serio que su propia auto-importancia y pecado, y hacer de estas profundas diferencias de doctrina, que se originan en nuestra imperfecta comprensión del Evangelio y que no osaríamos minimizar, no una excusa para desligarnos o mantenernos aparte del otro, sino más bien un incentivo para una búsqueda más concienzuda de escuchar y obedecer la voz de Cristo en íntimo compañerismo.» Así y aquí habla la voz profética a nuestra condición.

(ii) En segundo lugar Pedro coloca la simpatía –en griego, sentir con-. Aquí también todo el Nuevo Testamento nos recuerda esta obligación. Debemos alegrarnos con los que están alegres y llorar con los que lloran (Romanos 12:15). Cuando sufre un miembro del cuerpo, todos los demás sufren con él; y cuando un miembro recibe honores, todos los otros se congratulan (1 Corintios 12:26), y así debe ser entre los cristianos, que son el Cuerpo de Cristo. Una cosa resulta clara, y es que la simpatía y el egoísmo no pueden coexistir. Mientras el yo sea lo más importante del mundo no puede haber- verdadera simpatía; esta depende de la voluntad de olvidar el yo e identificarse con el dolor y el sufrimiento de otros. La simpatía viene al corazón cuando Cristo reina en él.

(iii) En tercer lugar coloca Pedro el amor fraternal. Este asunto también se remonta a las palabras de Jesús. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros… Así sabrán todos que sois Mis discípulos: si os amáis unos a otros» (Juan 13:34s). Aquí habla el Nuevo Testamento definitiva y directamente de una manera que casi espanta. «Reconocemos que hemos pasado de muerte a vida en que amamos a los hermanos. El que no ama sigue en la muerte. El que aborrece a su hermanos en un. asesino» (1 Juan 3:14s). « Si alguien dice: «Yo amo a Dios», pero aborrece a su hermano, es un mentiroso» (1 Juan 4:20).

Es un hecho que amar a Dios y a nuestros semejantes son inseparables; no pueden existir el uno sin el otro. La prueba más sencilla de la autenticidad del Cristianismo de una persona o iglesia es si las hace amar a sus semejantes o no.

(iv) Pedro coloca en cuarto lugar la compasión. En cierto sentido la piedad corre peligro de ser una virtud del pasado. Las actuales condiciones de vida tienden a dejar roma la sensibilidad de la mente a la piedad. Como dice C. E. B. Cranfield: «Nos acostumbramos a escuchar por la radio la incursión de mil bombarderos mientras desayunábamos. Nos acostumbramos a la idea de que millones de personas se convierten en refugiados.» Podemos leer las cifras de los accidentes de tráfico sin inmutarnos, aunque sabemos que quieren decir cuerpos y corazones destrozados. Es fácil perder el sentimiento de piedad, y aún más fácil darse por satisfecho con la sensiblería de un momento de dolor cómodo que no conduce a hacer nada. La piedad es de la misma esencia de Dios, y la compasión, de la de Jesucristo; una piedad tan grande que Dios envió a Su único Hijo a morir por nosotros, una compasión tan intensa que llevó a Cristo a la Cruz. No puede haber Cristianismo sin compasión.

(v) En quinto lugar coloca Pedro la humildad. La humildad cristiana viene de dos cosas. Viene, en primer lugar, del sentimiento de criaturidad. El cristiano es humilde porque es consciente constantemente de su total dependencia de Dios, y de que por sí no puede hacer absolutamente nada. Viene, en segundo lugar, del hecho de que el cristiano tiene un nuevo nivel de comparación. Puede ser que cuando se compare con sus semejantes no salga perdiendo en la comparación. Pero el nivel de comparación del cristiano es Cristo; y, comparado con Su impecable perfección, siempre está en deuda. Cuando el cristiano recuerda su dependencia de Dios, y mantiene ante sí el dechado de Cristo, no puede por menos de ser humilde.

(vi) Por último, como clímax, Pedro coloca la capacidad de perdonar. Es a recibir el perdón de Dios y a perdonar a sus semejantes a lo que es llamado el cristiano. Lo uno no puede existir sin lo otro; es sólo cuando les perdonamos a otros el mal que nos han hecho cuando Dios nos perdona los pecados que hemos cometido contra Él (Mateo 6:12, 14, 15). Lo característico del cristiano es que perdona a los demás como Dios le ha perdonado a él (Efesios 4:32).

Como tenía por costumbre, Pedro resume este tema citando la Sagrada Escritura; aquí el Salmo 34, que describe a la persona que Dios acepta y a la que Dios rechaza.

La seguridad cristiana en un mundo en peligro

¿Quién será el que os pueda hacer daño si amáis entrañablemente la bondad? Aun en el caso de que tengáis que sufrir por causa de la justicia, ¡felices vosotros! No les tengáis miedo; ni tampoco os inquietéis, sino dadle a Cristo en vuestro corazón el lugar supremo que Le pertenece.

En este pasaje podemos ver hasta qué punto estaba Pedro empapado del Antiguo Testamento; aquí hay dos pasajes fundamentales.

No es tanto que los cite de hecho como que no habría podido escribir esta pasaje a menos que los hubiera tenido presentes en su mente. El primero es una reminiscencia de Isaías 50:9: «He aquí que el Señor Dios me ayudará; ¿quién puede haber que me condene?» Y también, cuando Pedro está hablando de desterrar el miedo, está pensando en Isaías 8:13: «Pero es al Señor de los ejércitos al que debéis considerar santo; a Él es al único Que debéis tener miedo, y tener como el objeto de vuestro temor.»

Hay tres grandes concepciones en este pasaje.

(i) Pedro empieza insistiendo en un amor entrañable a la bondad. Una persona puede tener más de una actitud ante la bondad. Puede ser para ella una carga, o un aburrimiento, o algo que desea vagamente pero cuyo precio no está dispuesta a pagar en términos de esfuerzo. La palabra que hemos traducido por amar entrañablemente es zélótés, que se traduce corrientemente por celota. Los celotas eran patriotas fanáticos que se juramentaban para usar todos los medios a su alcance para liberar al pueblo de Israel del poder extranjero. Estaban dispuestos a jugarse la vida, a sacrificar la tranquilidad y la comodidad, el hogar y a sus seres queridos por un amor apasionado a su país. Lo que Pedro está diciendo es: «Amad la bondad con la intensidad apasionada con que aman a su país los más fanáticos patriotas.» John Seeley decía: « Un corazón no puede ser puro si no es apasionado; ni una virtud segura si no es entusiasta.» Sólo cuando uno se enamora de la bondad pierden su fascinación y su poder sobre él las cosas mundanas.

(ii) Pedro pasa a hablar de la actitud cristiana ante el sufrimiento. Ya se ha hecho notar suficientemente que estamos cercados por dos clases de sufrimiento. Está el sufrimiento al que estamos expuestos a causa de nuestra humanidad. Por ser personas, nos alcanza el sufrimiento físico, la muerte, la preocupación, la angustia de la mente y el cansancio y el dolor del cuerpo. Pero hay también un sufrimiento en el que nos vemos involucrados a causa de nuestro Cristianismo. Puede que sea la impopularidad, la persecución, el sacrificio por los principios y la elección deliberada del camino difícil, la disciplina y la brega necesarias de la vida cristiana. Sin embargo, la vida cristiana tiene una cierta bienaventuranza que la acompaña siempre. ¿Por qué razón?

(iii) La respuesta de Pedro es que el cristiano es una persona para quien Dios y Jesucristo son supremos en su vida; su relación con Dios en Cristo es lo de más valor en su vida. Si el corazón de una persona está anclado en cosas terrenales como las posesiones, la felicidad, el placer, la buena vida… es un ser lastimosamente vulnerable. Porque, tal como son las cosas, puede perderlas en cualquier momento. Tal persona sufre con la máxima facilidad. Por otra parte, el que Le da a Jesucristo el lugar único y exclusivo en su vida que Le pertenece, lo más precioso para él es su relación con Dios, y nada se la puede quitar. Por tanto, está completamente a salvo.

Así que, hasta en el sufrimiento es bendecido el cristiano. Cuando se está sufriendo por Cristo, se Le está mostrando fidelidad y se está participando de Su sufrimiento. Cuando el sufrimiento es parte de la condición humana, no puede privar al cristiano de las cosas más preciosas de la vida. Nadie puede evadir el sufrimiento; pero para el cristiano no puede tocar las cosas que le importan supremamente.

La apología cristiana

Estad siempre listos para presentar vuestra defensa ante cualquiera que os pida cuentas de la esperanza que hay en vuestra vida; pero hacedlo con cortesía y respeto. Que vuestra conciencia no os acuse de nada; para que, cuando os insulten, sean los mismos que os llenan de injurias los que se tengan que avergonzar.

En un mundo hostil y suspicaz era inevitable que se llamara al cristiano a defender la fe que confesaba y la esperanza por la que vivía. Aquí Pedro tiene ciertas cosas que decir acerca de la defensa cristiana.

(i) Debe ser razonable. Es un logos que el cristiano debe dar, y un logos es una afirmación razonable e inteligente de su posición. Un griego culto creía que era la señal de un hombre inteligente el poder dar y recibir un logos acerca de sus acciones y creencias. Como dice Bigg, se esperaba «que fuera capaz de discutir inteligente y templadamente cuestiones de conducta.» Para hacerlo tenemos que saber lo que creemos; tenemos que haberlo pensado a fondo; tenemos que ser capaces de exponerlo inteligente e inteligiblemente. Nuestra fe debe ser un descubrimiento de primera mano y no una historia de segunda mano. Una de las tragedias de la situación moderna es que hay muchos miembros de iglesia que, si se les preguntara lo que creen, no podrían decirlo, y que, si se les preguntara por qué lo creen, estarían igualmente en blanco. El cristiano tiene que pasar la labor mental y espiritual de pensar a fondo su fe para poder decir lo que cree y por qué.

(ii) Debe hacer su defensa con cortesía. Hay muchas personas que exponen sus creencias con una especie de beligerancia arrogante. Su actitud es que el que no esté de acuerdo con ellos, o es tonto o es un canalla, y tratan de hacerles tragar sus creencias a los demás. La defensa del Cristianismo debe presentarse con simpatía y con amor, y con esa sabia tolerancia que se da cuenta de que no se le concede a nadie poseer la verdad total. «Hay tantos caminos para llegar a las estrellas como personas dispuestas a escalarlos.» Se puede introducir a otros en la fe cristiana con amabilidad, pero no a lo bestia.

(iii) Debe hacer su defensa con reverencia. Es decir: cualquier argumento en el que esté implicado el cristiano debe llevarlo a cabo en un tono que Dios se pueda complacer de escuchar. No hay debates tan belicosos como los teológicos; no hay diferencias que causen tanta amargura como las diferencias religiosas. En cualquier presentación del Cristianismo y en cualquier argumento en defensa de la fe cristiana no debe faltar el acento del amor.

(iv) El único argumento convincente es el de la vida cristiana. Actúe cada uno de tal manera que tenga limpia la conciencia. Oponga a las críticas una vida que no esté expuesta a ellas. Tal conducta hará callar la calumnia y desarmará la crítica. «Un santo -como ha dicho alguien- es alguien cuya vida le hace más fácil a los demás creer en Dios.»

La obra salvífica de Cristo

Más vale sufrir por hacer el bien, si es esa la voluntad de Dios, que por hacer el mal. Cristo también murió una vez por todas y por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Padeció la muerte en la carne, pero resucitó ala vida en el Espíritu, en el Que también fue a predicar a los espíritus que estaban en prisión, los que habían sido desobedientes en un tiempo, cuando la paciencia de Dios estaba esperando en los días de Noé mientras se construía el arca; en la que unos pocos -es decir, ocho personas- alcanzaron la salvación por medio del agua. Y es el agua lo que ahora os salva a los que representaban simbólicamente Noé y su compañía; quiero decir el agua del Bautismo, que no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de mantener una buena conciencia mediante la Resurrección de Jesucristo, Que está a la diestra de Dios, porque fue al Cielo después que se Le sometieron los ángeles, las autoridades y los poderes.

Así que, de la misma manera que Cristo sufrió en Su naturaleza humana, vosotros también debéis estar pertrechados con la misma convicción de que el que ha sufrido en su propia carne ha terminado para siempre con el pecado, y en consecuencia su propósito es vivir lo que le quede de vida en la carne, no ya para obedecer alas pasiones humanas, sino a la voluntad de Dios. Porque ya es bastante que hayáis vivido como los paganos en el pasado, una vida de desmadre, lujuria, borracheras, juergas, jaranas e idolatría abominable. A la gente les extraña que ya no corráis a reuniros con ellos en la misma inundación de vicio, y se burlan de vosotros por no hacerlo. Pero ellos tendrán que dar cuenta al Que está dispuesto para juzgar a los que sigan vivos y a los que ya hayan muerto. Porque para esto se les ha predicado el Evangelio hasta a los muertos: para que, aunque ya han sido juzgados en la naturaleza humana, puedan vivir en el Espíritu con la vida de Dios. Este no es sólo uno de los pasajes más difíciles de la Primera de Pedro, sino de todo el Nuevo Testamento; y además es también la base de uno de los artículos más difíciles del Credo: «Descendió a los infiernos.» Por tanto, es mejor leerlo todo seguido en un principio, y pasar luego a estudiarlo en varias secciones.

El ejemplo de la obra de Cristo

Más vale sufrir por hacer el bien, si es esa la voluntad de Dios, que por hacer el mal. Cristo también murió una vez por todas y por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Aunque este pasaje es uno de los más difíciles del Nuevo Testamento, empieza con algo que todos podemos comprender. Lo que Pedro presenta es que, aun cuando el cristiano se vea obligado a sufrir injustamente por su fe, no está haciendo más que recorrer el camino que anduvo su Señor y Salvador. El cristiano que sufre debe siempre recordar que tiene un Señor que sufre.

En el reducido espacio de estos dos versículos Pedro incluye las cosas más profundas que se pueden decir acerca de la obra de Cristo.

(i) Establece que la obra de Cristo fue única y no se puede repetir. Cristo murió una vez por todas por los pecados. El Nuevo Testamento dice esto a menudo. Cuando Cristo murió, murió una vez por todas (Romanos 6:10). Los sacrificios del templo tenían que repetirse diariamente, pero Cristo hizo el perfecto Sacrificio una vez por todas cuando Se ofreció a Sí mismo (Hebreos 7:27). Cristo fue ofrecido una vez por todas para llevar el pecado de muchos (Hebreos 9:28). Somos santificados por medio de la ofrenda del cuerpo de Cristo una vez por todas (Hebreos 10:10). El Nuevo Testamento está totalmente seguro de que algo sucedió en la cruz que no ha de suceder nunca más, y que allí el pecado fue derrotado definitivamente. Dios trató en la cruz con el pecado humano de manera adecuada para todos los pecados, para todos los hombres, para todos los tiempos.

(ii) Establece que el Sacrificio fue por el pecado. Cristo murió una vez por todas por los pecados. Esto, de nuevo, se dice frecuentemente en el Nuevo Testamento. Cristo murió por nuestros pecados conforme a las escrituras(] Corintios 15:3). Cristo Se dio a Sí mismo por nuestros pecados (Gálatas 1:4). El ministerio del sumo sacerdote, y Cristo es el perfecto Sumo Sacerdote, es ofrecer sacrificio por los pecados (Hebreos 5:1,3). Él es la expiación por nuestros pecados (1 Juan 2:2). En griego, por los pecados es o hyper o peri hamartión. Resulta que en la traducción griega del Antiguo Testamento la frase regular para una ofrenda por el pecado es peri hamartías (Hamartías es el singular de hamartión), como, por ejemplo, en Levítico 5:7 y 6:30. Es decir: Pedro afirma que la muerte de Cristo es el Sacrificio que expía el pecado de la humanidad. Podría decirse que el pecado es lo que interrumpe la relación que debería existir entre Dios y la humanidad. La finalidad del sacrificio es restaurar la relación perdida. La muerte de Cristo en la Cruz, comoquiera que la expliquemos, basta para restaurar la relación perdida entre Dios y la humanidad. Puede que nunca lleguemos a estar totalmente de acuerdo con todas las teorías acerca de lo que sucedió realmente en la Cruz; porque, desde luego, como dice Charles Wesley en uno de sus himnos: «¡Todo es un misterio!» Pero en una cosa podemos estar todos de acuerdo: Gracias a lo que sucedió allí podemos entrar en una nueva relación con Dios.

(iii) Afirma que el Sacrificio fue vicario. Cristo murió una vez por todas por los pecados, el Justo por los injustos. Que el Justo hubiera de sufrir por los injustos es algo extraordinario. A primera vista parece una injusticia. Como dice Edwin H. Robinson: «Solamente un perdón sin razón puede compensar un pecado sin excusa.» El sufrimiento de Cristo fue por nosotros; y el misterio consiste en que el Que no merecía sufrir soportó el sufrimiento por nosotros que merecíamos sufrir. Él Se sacrificó a Sí mismo para restablecer nuestra perdida relación con Dios.

(iv) Establece que la obra de Cristo fue para llevarnos a Dios. Cristo murió una vez por todas por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. La palabra para para llevarnos es proságuein. Tiene dos trasfondos vívidos.

(a) Tiene un trasfondo judío. Se usaba en el Antiguo Testamento de llevar a Dios a los que habían de ser sacerdotes. Era la norma divina: « llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de la reunión» (Éxodo 29:4). La lección es: Como lo entendían los judíos, solamente los sacerdotes tenían el derecho de acceder a Dios. En el templo, los laicos podían llegar hasta cierto punto; podían pasar por el atrio de los Gentiles, el de las Mujeres y el de los Israelitas, pero allí se tenían que parar. No podían entrar en el atrio de los Sacerdotes, a la presencia más íntima de Dios; y de los sacerdotes, sólo el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo. Pero Jesucristo nos lleva a Dios; abre el acceso a la más íntima Presencia para todos.

(b) Tiene un trasfondo griego. En el Nuevo Testamento se usa tres veces el nombre correspondiente prosagógué. Proságuein quiere decir introducir; prosagógué quiere decir el derecho de acceso, el resultado de introducir. Por medio de Cristo tenemos acceso a la gracia (Romanos 5:2). Por medio de Él tenemos acceso a Dios el Padre (Efesios 2:18). Por medio de Él tenemos seguridad y acceso y confianza para venir a Dios (Efesios 3:12). En griego esto tenía un sentido especializado. En el salón de los reyes, había un oficial llamado el prosagógueus, el introductor, el que permite el acceso, cuya función era decidir quién podía ser admitido a la presencia del rey y quién no. Como si dijéramos, tenía la llave de acceso. Es Jesucristo, en virtud de su obra, Quien nos permite acceder a Dios.

(v) Cuando pasemos estos dos versículos y nos adentremos en el pasaje, podremos añadir dos grandes verdades más a lo que Pedro nos dice acerca de la obra de Cristo. En 3:19 dice que Jesús predicó a los espíritus en prisión; y en 4:6 dice que el Evangelio fue predicado a los que ya estaban muertos. Como pasaremos a ver, lo más probable es que esto quiera decir que entre Su muerte y Su Resurrección Jesús predicó el Evangelio en la morada de los muertos; es decir, a los que no habían tenido oportunidad de oírlo en vida. Aquí hay un pensamiento tremendo. Quiere decir que la obra de Cristo es infinita en su aplicación. Quiere decir que ninguna persona que haya vivido nunca está fuera de la Gracia de Dios.

(vi) Pedro ve la obra de Cristo en términos de un triunfo completo. Dice que después de Su Resurrección Jesús entró en el cielo y está a la diestra de Dios, y que los ángeles, las autoridades y los poderes se Le han sometido (3:22). Lo que quiere decir que no hay nada ni en la Tierra ni en el Cielo fuera del imperio de Cristo. Para todas las personas trajo una nueva relación con Dios; en Su muerte aun llevó la Buena Noticia a los muertos; en Su Resurrección conquistó la muerte; hasta los poderes angélicos y demoníacos Le están sujetos; y comparte el mismo poder y trono de Dios. Cristo, el Que sufrió, ha llegado a ser Cristo, el Que venció; Cristo el Crucificado ha llegado a ser Cristo el Coronado.

«Descendió a los infiernos»

Padeció la muerte en la carne, pero resucitó a la vida en el Espíritu, en el Que también fue a predicar a los espíritus que estaban en prisión, los que habían sido desobedientes en un tiempo, cuando la paciencia de Dios estaba esperando en los días de Noé mientras se construía el arca… Porque para esto se les ha predicado el Evangelio hasta a los muertos: para que, aunque ya han sido juzgados en la naturaleza humana, puedan vivir en el Espíritu con la vida de Dios.

Ya hemos dicho que nos encontramos de cara aquí con uno de los pasajes más difíciles, no sólo de la Primera de Pedro, sino de todo el Nuevo Testamento; y si hemos de captar su significado, debemos seguir el consejo del mismo Pedro y ceñirnos bien los lomos del entendimiento para estudiarlo.

Este pasaje está alojado en el Credo en la frase «descendió a los infiernos.» En primer lugar debemos advertir que esta frase es muy confusa. La idea del Nuevo Testamento no es que Jesús descendió al infierno, sino que descendió al hades. Hechos 2:27, como todas las traducciones modernas muestran correctamente, debe traducirse, no: « No dejarás mi alma en el infierno,» como decía la antigua versión Reina-Valera, sino: « No dejarás mi alma en el Hades,» como corrigió la revisión de 1960. La diferencia es ésta: el infierno es el lugar de castigo de los malvados; el hades era el lugar donde estaban todos los muertos. Los judíos tenían una concepción muy sombría de la vida más allá de la tumba. No pensaban en términos de Cielo e infierno, sino del mundo de las sombras en el que los espíritus de los seres humanos que ya habían muerto se movían como fantasmas grises en una penumbra perdurable y donde no había ni fuerza ni alegría. Tal era el hades al que los espíritus de todas las personas iban después de la muerte. Isaías escribe: «Porque el Seol no Te exaltará, ni Te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperaran Tu verdad» (Isaías 38:18). El salmista escribió: «Porque en la muerte no hay memoria de Ti; en el Seol, ¿quién Te alabará? (Salmo 6:5). «¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará Tu verdad?» (Salmo 30:9). « ¿Manifestarás Tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Será contada en el sepulcro Tu misericordia, o Tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas Tus maravillas y Tu justicia en la tierra del olvido?» (Salmo 88:10-12). «No alabarán los muertos al Señor, ni cuantos descienden al silencio» (Salmo 115:17) «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría» (Eclesiastés 9:10). La concepción judía del mundo más allá de la muerte era este mundo gris de sombras y de olvido, en el que las personas estaban separadas de la vida y de la luz y de Dios.

Conforme fue pasando el tiempo surgió la idea de etapas y divisiones en esa tierra de las sombras. Para algunos, duraría para. siempre; para otros, era una especie de prisión en la que se estaría hasta que el juicio final de la ira de Dios los desintegrara (Isaías 24: 21 s; 2 Pedro 2:4; Apocalipsis 20:1-7). Así que debe recordarse en primer lugar que todo este tema se refiere, no al infierno, tal como entendemos esta palabra, sino que Cristo fue a los muertos que estaban en su mundo tenebroso.

Esta doctrina del descenso a los infiernos, como la llamaremos desde ahora, se base en dos frases del presente pasaje. Dice que Jesús fue y predicó a los espíritus que estaban en prisión (3:19); y habla de que el Evangelio les fue predicado a los muertos (4:6). En relación con esta doctrina siempre ha habido actitudes divergentes entre los pensadores.

(i) Hay algunos que querrían eliminarla totalmente. Es la actitud de la eliminación. Algunos quieren eliminarla totalmente y proponen hacerlo de dos maneras.

(a) Pedro dice que en el Espíritu, Cristo predicó a los espíritus en prisión, que habían sido desobedientes en el tiempo en que la paciencia de Dios estaba esperando en los días de Noé, cuando se estaba construyendo el arca. Se sugiere que lo que esto quiere decir es que fue en tiempos del mismo Noé cuando Cristo hizo esta predicación; que en el Espíritu, largas edades antes de ésta, hizo su llamada a los malvados de tiempos de Noé. Esto quitaría de en medio totalmente la idea del descenso al hades. Muchos grandes investigadores han aceptado este punto de vista; pero no creemos que es el que sugieren naturalmente las palabras de Pedro.

(b) Si miramos la traducción de Moffatt nos encontramos con algo totalmente diferente. Traduce: « En la carne Él (Cristo) recibió la muerte, pero vino a la vida en el Espíritu. Fue en el Espíritu como Enoc también fue a predicar a los espíritus prisioneros que habían desobedecido en el tiempo cuando la paciencia de Dios se contuvo durante la construcción del arca en los días de Noé.» ¿Cómo llega Moffatt a esta traducción? El nombre de Enoc no aparece en ningún manuscrito griego. Pero al considerar el texto de cualquier autor griego, los investigadores a veces usan un proceso que se llama enmendar. Creen que se ha introducido alguna incorrección en el texto tal como lo encontramos, que algún escriba tal vez se equivocó al copiarlo; y por tanto ellos sugieren que habría que cambiar o añadir alguna palabra. Rendel Harris sugirió en este pasaje que faltaba la palabra Enoc en las copias de Primera de Pedro y debería restaurarse. (Aunque esto es meternos en el griego, puede que algunos lectores tengan interés en saber cómo llegó Rendel Harris a esta famosa enmienda. En la línea superior transcribimos en cursiva el griego del pasaje, y ponemos debajo la traducción literal al español: thanatótheis men sarki zóopoiétheis habiendo sido matado en la carne habiendo sido levantado a la vida de pneumati en hó kai tois en fylaké pneumasi en el Espíritu en el cual también a los en prisión espíritus poreutheis ekéryxen habiendo ido predicó. (Men y de son lo que se llama partículas; no se traducen, meramente marcan el contraste entre sarki y pneumati). La sugerencia de Rendel Harris fue que se había omitido la palabra Enój entre kai y tois. Su explicación era que, como la copia de los manuscritos se solía hacer al dictado, los escribas estaban expuestos a perderse palabras que fueran en sucesión si sonaban de una manera parecida. En este pasaje en hó kai y Enój sonaban casi igual, y Rendel Harris pensó que era muy probable que Enój se omitiera equivocadamente por esa razón).

¿Qué razones hay para suponer que se mencionaba a Enoc en este pasaje? Siempre había sido una figura fascinante y misteriosa. « Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios» (Génesis 5:24). Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento surgieron muchas leyendas sobre Enoc, y se escribieron libros famosos e importantes en su nombre. Una de las leyendas era que Enoc, aunque era un hombre, actuó como « enviado de Dios» a los ángeles que pecaron al venir a la Tierra y seducir lascivamente a las mujeres mortales (Génesis 6:2). En el Libro de Enoc se dice que fue enviado desde el Cielo a esos ángeles para anunciarles su condenación (Enoc 12:1) y que proclamó que para los hombres, a causa de su pecado, nunca habría paz ni perdón (Enoc 12 y 13).

Así que, según la leyenda judía, Enoc fue al hades a predicar condenación a los ángeles caídos; y Rendel Harris pensó que este pasaje se refería, no a Jesús, sino a Enoc; y Moffatt estaba lo suficientemente de acuerdo con él como para introducir a Enoc en su traducción. Es una sugerencia sumamente interesante e ingeniosa, pero no cabe duda que hay que rechazarla. No la sostiene ninguna evidencia; y no es natural introducir a Enoc, porque de lo que se trata es de la obra de Cristo.

Ya hemos visto que el intento de aplicar la eliminación a este pasaje no tiene un resultado satisfactorio.

(ii) La segunda actitud es la de la limitación. Esta actitud -que, por cierto, es la que adoptan algunos grandes intérpretes del Nuevo Testamento- cree de veras que Pedro está diciendo que Jesús fue al hades y predicó; pero no a todos los habitantes del hades ni mucho menos. Los diferentes intérpretes limitan aquella predicación de diferentes maneras.

(a) Se mantiene que Jesús predicó en el hades solamente a los espíritus de las personas que fueron desobedientes en los días de Noé. Los que mantienen este punto de vista llegan a menudo a discutir que, puesto que esos pecadores fueron tan desobedientes que Dios acabó por mandar el diluvio y destruirlos (Génesis 6:12s), podemos creer que nadie está totalmente fuera de la misericordia de Dios. Eran los peores de todos los pecadores; y, sin embargo, se les dio una nueva oportunidad para arrepentirse; por tanto, las peores personas siguen teniendo una oportunidad en Cristo.

(b) Se mantiene que Jesús predicó a los ángeles caídos; pero les predicó, no la Salvación, sino la terrible condenación final. Ya hemos mencionado a esos ángeles. Su historia se nos relata en Génesis 6:1-8. Fueron tentados por la belleza de las mujeres mortales; vinieron a la Tierra, las sedujeron y les engendraron hijos; y a causa de su acción, se infiere, la maldad humana llegó al colmo, y sus pensamientos eran siempre malos. 2 Pedro 2:4 habla de estos ángeles pecadores que están presos en el infierno esperando el juicio. De hecho, fue a ellos a los que predicó Enoc; y algunos piensan que lo que quiere decir este pasaje no es que Cristo predicó la misericordia y una segunda oportunidad, sino que, en señal de Su triunfo definitivo, predicó la terrible condenación de aquellos ángeles que habían pecado.

(c) Se mantiene que Cristo predicó solamente a los que habían sido íntegros, y que los condujo del hades al Paraíso de Dios.

Ya hemos visto que los judíos creían que todos los muertos iban al hades, la sombría tierra del olvido. Se mantiene que antes de Cristo era esa la situación; pero Él le abrió las puertas del Paraíso a la humanidad; y, al hacerlo, fue al hades y les dio la buena noticia a todos los justos de todas las generaciones pasadas y los sacó de allí y Se los llevó a Dios. Este es un cuadro maravilloso. Los que mantienen este punto de vista suelen pasar a decir que, gracias a Cristo, ya no hay que pasar tiempo en las sombras del hades, y está abierto el camino al Paraíso tan pronto como se sale de este mundo.

(iii) Algunos aceptan que lo que Pedro está diciendo es que Jesucristo, entre Su muerte y Resurrección, fue al mundo de los muertos y predicó allí el Evangelio. Pedro dice que Jesucristo fue matado en la carne pero levantado a la vida en el Espíritu, y que fue en el Espíritu como también predicó. El sentido es que Jesús vivió en un cuerpo humano y estuvo bajo todas las limitaciones de tiempo y espacio en los días de Su carne; y murió con el cuerpo destrozado y sangrando en la Cruz. Pero cuando resucitó, surgió con un cuerpo espiritual, en el que estaba libre de las debilidades necesarias de la humanidad y liberado de las necesarias limitaciones de tiempo y espacio. Fue en esta condición espiritual de perfecta libertad como realizó la predicación a los muertos.

Como se suele formular esta doctrina, se usan categorías que están anticuadas. Se habla de descender al hades, y la misma palabra descender sugiere un universo de tres pisos en el que el Cielo está localizado por encima de la atmósfera y el hades debajo de la tierra. Pero, dejando a un lado las categorías físicas de esta doctrina, podemos encontrar en ella verdades que son eternamente válidas y preciosas, tres en particular.

(a) Si Cristo descendió al hades, entonces Su muerte no fue una ficción. No se puede explicar en términos de un desmayo en la Cruz ni nada parecido. Jesús realmente experimentó la muerte y resucitó. Mirándola sencillamente, la doctrina del descenso al hades subraya la total identificación de Cristo con nuestra condición humana, hasta la muerte.

(b) Si Cristo descendió al hades, esto quiere decir que Su triunfo es universal. Esta, de hecho, es una verdad inseparable del Nuevo Testamento. Era el sueño de Pablo que al nombre de Jesús se doblaría toda rodilla, de las cosas del Cielo, y de las de la Tierra y de las de debajo de la tierra (Filipenses 2:10). En el Apocalipsis el himno de alabanza viene de todas las criaturas que están en el Cielo, y en la Tierra y debajo de la tierra (Apocalipsis 5:13). El Que ascendió al Cielo es el Que antes había descendido a las partes más bajas de la tierra (Efesios 4:9s). La total sumisión del universo a Cristo está entretejida en todo el pensamiento del Nuevo Testamento.

(c) Si Cristo descendió al hades y predicó allí, no hay rincón del universo al que no haya llegado el Mensaje de Gracia. En este pasaje tenemos la solución de uno de los interrogantes inquietantes que suscita la fe cristiana: ¿Qué les sucederá a los que vivieron antes de Jesucristo y a aquellos a los que nunca alcanzó el Evangelio? No puede haber salvación sin arrepentimiento; pero, ¿cómo pueden arrepentirse los que nunca se han visto confrontados con el amor y la santidad de Dios? Si no hay otro nombre por el que la humanidad pueda salvarse, ¿qué les sucederá a los que nunca lo han oído? Esta es la verdad a la que se aferraba Justino Mártir hace mucho tiempo: « El Señor, el santo Dios de Israel, se acordó de Sus muertos, los que estaban durmiendo dentro de la tierra, y descendió a ellos para proclamarles la Buena Nueva de Salvación.» La doctrina del descenso al hades conserva la preciosa verdad de que ninguna persona que haya vivido nunca ha quedado excluida al ofrecimiento de la Salvación de Dios.

Muchos, al repetir el Credo, han encontrado la frase « Descendió a los infiernos» o sin sentido o alucinante, y han llegado a la conclusión tácitamente de dejarla de lado y olvidarla. Podría ser que debiéramos pensar en ello como un cuadro pintado en términos poéticos más bien que como una doctrina expresada en términos teológicos. Pero contiene estas tres grandes verdades: Que Jesucristo no sólo probó la muerte y apuró su copa hasta las heces, sino que el triunfo de Cristo es universal y no hay rincón del universo que no haya alcanzado la Gracia de Dios.

El bautismo del cristiano

Cristo también murió una vez por todas y por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Padeció la muerte en la carne, pero resucitó a la vida en el Espíritu, en el Que también fue a predicar a los espíritus que estaban en prisión, los que habían sido desobedientes en un tiempo, cuando la paciencia de Dios estaba esperando en los días de Noé mientras se construía el arca; en la que unos pocos -es decir, ocho personas- alcanzaron la salvación por medio del agua. Y es el agua lo que ahora os salva a los que representaban simbólicamente Noé y su compañía; quiero decir el agua del Bautismo, que no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de mantener una buena conciencia mediante la Resurrección de Jesucristo, Que está a la diestra de Dios, porque fue al Cielo después que se Le sometieron los ángeles, las autoridades y los poderes.

Pedro ha estado hablando acerca de los malvados que fueron desobedientes y corruptos en los días de Noé, que fueron finalmente destruidos. Pero en la destrucción por el diluvio, ocho personas -Noé y su mujer, sus hijos Sem, Cam y Jafet y sus mujeres- salieron sanos y salvos del arca. Inmediatamente, la idea de salir sanos y salvos del agua hace volver el pensamiento de Pedro al Bautismo cristiano, que es también quedar a salvo por medio del agua. Lo que Pedro dice literalmente es que el Bautismo es el antitipo de Noé y su gente en el arca.

Esta palabra nos introduce en una manera especial de considerar el Antiguo Testamento. Hay dos palabras íntimamente relacionadas. Está el typos, tipo, que quiere decir un sello, y está el antitypos, antitipo, que quiere decir la impresión del sello. Está claro que entre el sello y su impresión existe la más íntima correspondencia posible. Así es que hay personas y acontecimientos y costumbres en el Antiguo Testamento que son tipos, y que se corresponden con sus antitipos en el Nuevo Testamento. El acontecimiento o la persona del Antiguo Testamento son como el sello; el acontecimiento o persona del Nuevo Testamento son como la impresión; los dos se corresponden. Podríamos expresarlo diciendo que el acontecimiento del Antiguo Testamento representa y anuncia simbólicamente el acontecimiento del Nuevo Testamento. La ciencia de descubrir tipos y antitipos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento está muy desarrollada. Pero, para tomar ejemplos muy sencillos y obvios, el cordero pascual y el chivo expiatorio que llevaban los pecados del pueblo, son tipos de Jesús; y el ministerio del sumo sacerdote al hacer sacrificio por los pecados del pueblo es un tipo de Su obra salvífica. Aquí Pedro ve el quedar sanos y salvos por medio de las aguas de Noé y su familia como un tipo del Bautismo.

En este pasaje Pedro tiene tres grandes cosas que decir acerca del Bautismo. Hay que tener presente que en esta etapa de la historia de la Iglesia se trataba del bautismo de adultos, de personas que habían llegado al Cristianismo del paganismo y que estaban asumiendo una nueva clase de vida.

(i) El Bautismo no es meramente una limpieza física; es una limpieza espiritual de todo el corazón y alma y vida. Sus efectos deben estar en la misma alma de la persona y en la totalidad de su vida.

(ii) Pedro llama al Bautismo el compromiso de una buena conciencia para con Dios (versículo 21). La palabra que usa Pedro para compromiso es eperótéma. En cualquier contrato había una pregunta y una respuesta que hacían que el contrato fuera en firme. La pregunta era: « ¿Aceptas los términos de este contrato y te comprometes a cumplirlos?» Y la respuesta, ante testigos era: «Sí.» Sin esa pregunta y respuesta el contrato no era válido. El término técnico para esa pregunta y respuesta era eperótéma en griego, stipulatio en latín.

Pedro está diciendo en realidad que en el bautismo Dios le preguntaba a la persona que llegaba al Cristianismo directamente del paganismo: «¿Aceptas los términos de Mi servicio? ¿Aceptas sus privilegios y promesas, y asumes sus responsabilidades y demandas?» Y en el acto del bautismo, el candidato respondía: « Sí.»

Solemos usar la palabra sacramento. La palabra sacramento procede del latín sacramentum, que era el juramento de fidelidad del soldado al entrar en el ejército. Aquí tenemos básicamente el mismo cuadro. No podemos aplicar muy bien esta pregunta y respuesta en el caso del bautismo infantil, a menos que sea a los padres; pero, como hemos dicho, el bautismo en la Iglesia original era de hombres y mujeres adultos que venían a la Iglesia espontáneamente del paganismo. El paralelo moderno es la entrada en la iglesia con plena membresía. Cuando lo hacemos Dios nos pregunta: «¿Aceptas las condiciones de Mi servicio, con todos sus privilegios y responsabilidades, con todas sus promesas y demandas?» Y respondemos: « Sí.» Estaría bien que todos entendiéramos claramente lo que estamos haciendo cuando asumimos la membresía de la iglesia.

(iii) Toda la idea y la eficacia del bautismo depende de la Resurrección de Jesucristo. Es la Gracia del Señor Resucitado lo que nos limpia; Es al Señor Resucitado y Vivo al que nos comprometemos; es al Señor Resucitado y Vivo al que pedimos fuerzas para cumplir la promesa que Le hacemos. Una vez más, cuando se trata del bautismo infantil, debemos tomar estas grandes concepciones y aplicarlas al momento en que se entra en la plena membresía de la iglesia.

[/private][/private][/private][/private]
Categorías: Nuevo Testamento y Primera de Pedro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *