Los Pirotécnicos del Pepino

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Los Pirotécnicos del Pepino

San Sebastián tiene el honor de ser el pueblo que conserva los únicos pirotécnicos activos que quedan en Puerto Rico. Hijos de los discípulos del maestro pirotécnico Fidel Alberty, son los únicos en Puerto Rico que preparan mediante la combinación de diferentes elementos químicos, todavía con técnicas artesanales, los fuegos artificiales que embellecen los cielos de nuestras fiestas.

Doña Elba Iris Mejías Ibarrondo, viuda de don Faustino Cortés, quizás la única mujer pirotécnica en el sentido de conocer y hacer todo el proceso y de estar al frente de la fábrica, Orlando Cortés Mejías, hijo de don Faustino y doña Elba, dueño de Cortés Intemational Fireworks y los hermanos Torres: Payo, Pilín e Ismael, de «Torres Brothers Fireworks».

En las entrevistas realizadas para este artículo nos llamó la atención el grado de admiración, probablemente de veneración, que estas personas sienten por la figura de don Fidel Alberty, a quienes llaman el Maestro. Y nos sorprende más, cuando ninguno de ellos les conoció personalmente, sólo a través de las enseñanzas de quienes fueron sus discípulos, que heredaron sus fórmulas y continuaron con la «tradición» estableciendo sus propias fábricas o talleres.

Don Fidel Alberty

Fue un genial artífice de la pólvora, reconocido en toda la isla como el mejor pirotécnico del país. Aunque murió joven, dejó en sus discípulos el conocimiento y el amor a este arte que a su vez ellos transmitieron a sus hijos.

Persona culta, autodidacta, gran lector, cultivaba las relaciones humanas y atraía muy buenas amistades. Participaba de las tertulias de don Manolo y el Dr. Muñiz. Gran trabajador y devoto de su familia, estuvo casado con la señora María Confesora Ruiz con quien procreó una familia de 10 hijos.

Quedó huérfano y a los 18 años se hizo cargo de su familia. Ayudó a sus hermanos a hacerse profesionales: Estevanía, farmacéutica, Eusebio, maestro, Julia, maestra y a sus sobrinos Moncho y Víctor.

Era muy solicitado en toda la isla y ganaba «buena plata». Fue uno de los primeros en poseer un automóvil. Según nuestra fuente, Fidel aprendió el arte de su padre, Fennín, quien a su vez lo aprendió de unos españoles que vinieron a la isla.

Por lo peligroso del proceso, Fidel no permitía a sus hijos acercarse al taller o fábrica, que estaba ubicada al final de la calle Miramar –donde estuvo ubicada La Fonda del Mariachi. Su esposa te ayudaba a confeccionar los cartuchos y era quien se encargaba de tomar las órdenes.
La inteligencia y creatividad de Fidel queda constatada en sus «libretas» de fórmulas, donde pudimos observar que ya tenía los «morteros» de hoy día. Testigos de aquella época nos hablan de las formas artísticas de sus cuadros con lienzos al óleo de un joven pintor de nombre César Méndez y de los diferentes aparatos que constantemente inventaba para mejorar la pirotecnia.

Sus discípulos más allegados fueron Faustino Cortés, Ramón Augusto Torres, Chencho Rivera y Guillermo «Guillo» Rivera. A ellos les enseñaba diferentes fórmulas y todos los aspectos de este arte. Al morir, dejó encargado a Faustino de la fábrica, la que más tarde su viuda le vendió.

Faustino Cortés

Nació el 19 de diciembre de 1917. Toda su vida se dedicó al arte de la pirotecnia. Continuando con la tradición de Fidel Alberty, por más de 60 años, hizo de este negocio su medio de subsistencia que le permitió «echar pa›lante» 24 hijos. Según su familia, fue la mano derecha de Fidel, y una vez la viuda del maestro decidió salir del negocio, fue Faustino quien se quedó con las fórmulas y clientela. Años más tarde mudó la fábrica para el Paralelo 38, donde permanece hasta el momento. Murió a los 72 años, no sin antes enseñarle los secretos de este arte y «el amor a la pólvora» a su esposa Elba y su hijo Orlando.

Ramón Augusto Torres

Nació el 30 de septiembre de 1910. Fue uno de los primeros discípulos del Fidel y de los primeros en establecer su propio negocio. En 1944 se casó con doña Tranquilina González con quien procreó cuatro hijos: Angel «Payo», Ismael, César Augusto «Pilín» y Rafael «Fey», Su esposa fue su principal ayudante, en una época en que los «pulpos» de otros pueblos monopolizaron la venta de los materiales esenciales para el trabajo. A pesar de esta limitación, la pirotecnia fue su medio de vida y sostén para la familia. A su muerte, doña Tranquilina asume las riendas del negocio y le imparte nuevo dinamismo. En el 72, cuando Augusto murió, doña Tranquilina asumió las riendas: «Augusto no supo aprovechar al máximo el negocio. Solo nos dejó la casa de Tablastilla y yo, sin escuela lo administré y lo eché pa›lante. Con la ayuda de mis hijos el negocio prosperó, le hice casa a mis hijos, les compré carro». Nos relató con la satisfacción de la mujer que ve el fruto de sus esfuerzos. En 1986 se retira y son sus hijos quienes dirigen la fábrica.

Guillo el pirotécnico

Mucha gente me habló de Guillo y de Chencho, su padre. Fueron los primeros discípulos de Fidel. Tenían una fábrica cerca de donde está B & B. Como pirotécnico, también era muy solicitado por toda la isla. Estuvo rodeado de accidentes, demandas y persecución. Guillermo perdió un brazo machacando pólvora y llegó a perder propiedades por demandas relacionadas con su trabajo. En cierta ocasión, nos relata doña Tranquilina, lo arrestaron porque dijo que «sabía hacer bombas».

Mi abuelo – dice Ramón Rivera, empleado de custodia de la escuela Patria Latorre – era el más que vendía. Ganaba buenos chavos, era un negrito orgulloso, siempre con su gabán blanco y sombrero. Los accidentes le costaron mucho dinero. Tuvo 17 o 18 hijos, reconocidos y sin reconocer, pero ninguno de ellos siguió la pirotecnia. Murió sobre los 80 años.

Los pirotecnicos de hoy

Elba Mejías vda. de Cortés

«Yo admiro a esa señora. La manera como ella trabaja el negocio. Es la que sigue la pirotecnia tradicional con los cohetes de varilla.» Así se expresa Payo, el presidente de Tower Brothers, al referirse a la viuda de don Faustino Cortés.

Y no es para menos. Doña Elba es toda una experta en este arte que aprendió de su esposo, desde hace 30 años. Mujer luchadora, de gran dinamismo y sentido de responsabilidad, asumió las riendas del negocio desde 1986, en que su esposo enfermó. Con la ayuda de sus hijos Orlando y Ricardo pudo continuar el trabajo y hasta el día de hoy se mantiene activa.

«Pero creo que este año me retiro. Las cosas no están buenas yo siempre tenía muchos pueblos. Mis cotizaciones eran buenas y cogía los fuegos artificiales. Una vez se metieron fuegos americanos eso fue opacando los fuegos de varilla, la competencia es mayor. Estos fuegos americanos los compran hechos, en su gran mayoría. Los que yo hago son con mis manos, los materiales son de afuera pero las composiciones las hago yo. Otra cosa que nos ha perjudicado, son la entrada de petardos y «cherry bombs». A nosotros nos han clasificado dentro de la ley de explosivos y nos han hecho daño, pues incluyeron los cohetes como explosivos. Si vendo cohetes tengo que ir yo a tirarlos o enviar a uno de mis empleados.

La ley antes era más flexible. Los cohetes era una tradición, eran usados en los rosarios de reyes, en bautismos, fiestas de familia hasta en bodas. Antes de la ley se hacían unos «estantes» y la gente los disparaba ellos mismos.»

«El negocio está malo, voy a dejarlo, es difícil y triste – nos comenta con lágrimas en los ojos – pero tengo que sobrevivir. Las pólizas de seguros son tan altas que no voy a poder continuar.

Cortés International Fireworks

Orlando Cortés es el único de la 24 hijos de Faustino que continuó con la tradición. «De mis hermanos, el único que le gustó este arte es a mí. Ellos trabajan, pero no con amor. Llegó un momento que yo lo hacía todo, todo el año. Cuando mi papá tenía salud, trabajábamos de 7 a 7. Mi papá era mi maestro, era mi Dios. Sueño con él, y en los sueños él me dedica el amor que el trabajo no le dejaba expresar».

De esta manera, captamos el gran amor que siente Orlando por su trabajo, sin duda, proyecta en ella idolatría por su progenitor. Cuando su papá enfermó, fue Orlando quien junto a su madre continuó operando la fábrica, hasta hace 5 años que se independizó, y creó su propia fábrica. «Yo conozco y trabajo todo el proceso de la pirotecnia, pero al independizarme, me he ido modernizando. Además de todo lo que me enseñó mi papá, aprendí con mi tío David Cortés.

Orlando Cortés Mejías

Mi papá tenía buenas relaciones con Domingo Giorgi, pirotécnico de Ponce, para los años 40 y 50, y se intercambiaban químicos y fórmulas. Cada maestro tenía su libro de fórmulas y mi mamá posee el libro de Giorgi. Antes había más libertad para el aprendizaje pues un discípulo podía hacer sus propias fórmulas. Actualmente la mayoría del material se trae de afuera.»

Orlando posee la inteligencia, la malicia y la pasión que se necesita para ser pirotécnico. Este joven pepiniano construye fuegos artificiales iguales a los «americanos», es decir. sabe de cohetes de varilla y produce los llamados morteros. Aunque su escolaridad no es muy alta, su educación e inteligencia superan los años de escuela.

Orlando no pierde la oportunidad de nutrirse de los conocimientos de sus mayores. Tuto, el hermano de Guillo Rivera me dio una idea para perfeccionar los morteros. Otra persona importante para mí fue don Pepe Yulfo, uno de los mejores pirotécnicos de todo Puerto Rico porque fabricaba de todo. El quería dejar a una persona que aprendiera todo lo que él sabía, ese iba a ser yo. Pero murió en un accidente y no pude aprenderlo todo.»

En la actualidad Orlando importa directamente de China. A pesar de esto, conserva el elemento tradicional pues continúa presentando los cuadros. «Si no los compran yo los regalo. La gente prefiere los fuegos de afuera. Nosotros los proveemos a un precio menor que las grandes compañías. El gobierno no nos respalda, en eventos de importancia nacional y prefiere a los otros, aunque les cueste más.»

Orlando es sumamente optimista. «En cinco años he llegado al primer lugar, no importa los tropiezos. Yo tengo un varoncito y quiero que mi hijo ame esto como yo. Lo estimulo poquito a poco, como hacía el viejo conmigo.»

Hermanos Torres (Tower Brothers Fireworks)

El pasado año la fábrica de Ramón Augusto Torres cumplió cincuenta años de establecida. En el transcurso de esos cincuenta años, primero con el padre, luego doña Tranquilina y ahora los hijos, Payo como líder, han llevado con paso firme el taller familiar a ser una de la las compañías locales más solicitadas de la isla.

En el hogar materno nos encontramos con Payo e Ismael y con algunos de los nietos y nietas de don Augusto.

Payo tiene pólvora en la sangre. Nos habla con fervor de su trabajo, con idolatría de Fidel, al que sólo conoció a través de su padre, y nos muestra, con orgullo o como si fuera la mejor herencia que pudiera tener el «libro sagrado», las libretas, amarillas ya, del maestro Fidel y de su padre.

«Eso que dicen ahora fuegos americanos o morteros (sin varilla) eso ya lo sabía Fidel. Míralo, está aquí. Y yo siento que Fidel está conmigo, que me guía en mi trabajo, yo le hablo y le pido ayuda porque él fue el maestro de todos. El día que muera, si mi hijo o sobrino no siguen la tradición, la libreta la entierran conmigo». Entendemos que ya la libreta es digna de ser una pieza de museo, en la sala dedicada a la pirotecnia pepiniana.

Tuvimos que cambiar para poder competir y sobrevivir. La gente le tenía miedo a la varilla. Empecé partiendo los morteros americanos para verlos por dentro. Fui a una convención de pirotécnicos en Pennsylvania y grabé todo lo que había allí. No puedo hacer todo lo que ellos hacen porque no tengo todo el equipo. El gobierno no nos ayuda. a los americanos les facilitan todo».

Según Angel, el pirotécnico puertorriqueño ha sido muy perseguido. Así le pasó a su padre, por sus creencias políticas. El hecho de trabajar con pólvora y explosivos, conjugado con la situación política del país (la época de la Revuelta Nacionalista, más tarde lo de Maravilla y organizaciones clandestinas, repercutieron en el grado de presión y restricciones impuestas por el gobierno a este sector artesanal.

El problema que tenemos es que existen unas compañías grandes que controlan los grandes eventos y no nos permiten a nosotros competir. No porque nuestros productos sea¡ inferiores, nosotros traemos la misma calidad que ellos y podemos cotizar mejor, pues nuestro gastos son menores. A mi m me dejaron explotar mis cohetes cuando el Quinto Centenario, a pesar del contrato que tenía. El gobierno quiere fábrica americanas y eliminarnos a nosotros. Cada vez nos exigen más y nos requieren pólizas por espectáculos con primas sumamente altas».

No empece a tantos obstáculos, la familia Torres, está unida, entusiasmada, satisfecha de lo que han logrado y consciente de su aportación a la tradición cultural de la pirotecnia puertorriqueña.

En nuestro pueblo, capital de la pirotecnia puertorriqueña, todavía no se ha rendido el debido reconocimiento a esto ilustres pepinianos, los pioneros, los discípulos, los únicos pirotécnicos puertorriqueños que quedan en nuestro país.

Aquí, en estas páginas, consignamos nuestra admiración y respeto a estas familias a estas mujeres, a estos hijos, que contra viento y marea han apechado hacia la superación y el progreso. Y pedimos, a aquellos que pueden, que extiendas sus «buenos oficios» para evitar que la única mujer pirotécnica que queda en el país, cierre su taller, fuente de recuerdos sentires e ingresos.

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