Reorganización del nacionalismo

Mientras tanto, el pequeño Partido Nacionalista comienza a principios de 1930 una dramática reorganización en sus cuadros directivos y en sus tácticas electorales. Albizu, que acaba de regresar de un recorrido por varios países latinoamericanos en una cruzada por la independencia de Puerto Rico, se convierte en la figura central de la asamblea nacionalista de mayo de este año. De hecho, asume la presidencia del partido tras la renuncia de Ayuso Valdivieso, precisamente por no estar de acuerdo con las tácticas que anticipa Albizu. Natural de Ponce, Albizu se gradúa de abogado en la Universidad de Harvard en 1917 e ingresa al Ejército de Estados Unidos, del que se licencia en 1919. Primeramente condena la organización del Partido Nacionalista, ingresando en la Unión en 1923. Al año siguiente respalda a la Alianza, por la que intenta, sin éxito, ser candidato a senador. Luego de su periplo por países de América Latina es que ingresa al Partido Nacionalista. Al asumir la presidencia del nacionalismo puertorriqueño y ser llamado a pronunciar el discurso de aceptación, Albizu reniega del valor de las urnas electorales y llama a un compromiso de hacienda y vida de los nacionalistas en su lucha por la independencia de la Isla. Dice:

«Vamos a realizar una obra intensa de nacionalismo depurado con una orientación y un programa de acción definidos. Nuestro partido no entrará en componendas con los otros partidos; en ningún momento toleraremos transacciones inmediatas que menoscaben la pureza del ideal. Esta Directiva no tendrá prejuicios contra ningún nacionalista siempre que este nacionalista cumpla con los deberes que le impone su partido.

Esta Directiva hará todo lo que esté a su alcance para llevar a cabo una labor efectiva y combativa. Es imposible, compañeros, que continúe este coloniaje vergonzoso sin actuar de manera terminante. No podemos tolerar por un minuto más la situación imperante del país. No hay que temer a esta directiva por ningún sentido. Seremos implacables desde luego, con los que quieran mutilar la integridad o la pureza de nuestro partido. Llevaremos a cabo una intensa campaña ideológica para demostrar al país las falacias que contienen los programas políticos de los otros partidos.

Voy a exigir una promesa a los patriotas de sangre y hueso, de valor y de ánimo que han permanecido en esta asamblea hasta estas altas horas de la noche. Una filosofía optimista debe informar todas nuestras acciones. Llueve sobre nuestro pueblo una doctrina pesimista que lo desmoraliza y acobarda y que debemos atajar en todos los momentos. Hay que levantar el espíritu público de Puerto Rico y decirle que puede llegar a ser lo que quiera y conquistar su independencia si así lo desea su voluntad. Estamos en plena bancarrota cívica y es menester que llevemos una impulsión moral a nuestro pueblo para que vuelva a creer en su destino y en sus posibilidades. Nuestra patria está en plena guerra sin defenderse; sólo un resurgimiento de la moral colectiva puede salvarla.

Nunca he creído en los números. Tenemos que traer aquí a los hermanos consagrados al ideal nacionalista. Tenemos que decir a nuestra patria la verdad y la enorme desgracia que gravita sobre su vida. Voy a invocar el nombre de nuestros grandes patricios que murieron por la libertad de esta tierra para que nos iluminen en nuestra misión.

Ahora, compañeros, os voy a exigir un juramento de Honor. Juremos aquí solemnemente que defenderemos el ideal Nacionalista y que sacrificaremos nuestra hacienda y nuestra vida si fuera preciso por la independencia de nuestra patria».

La tónica del discurso albizuísta se reproduce en el programa y la declaración de principios que aprueba la asamblea de 1930. En ambos documentos se establece:

«El Partido Nacionalista solemnemente declara:

Que es indispensable la suspensión inmediata del coloniaje norteamericano, y se compromete a celebrar la convención constituyente que establezca en Puerto Rico el gobierno de una república libre, soberana e independiente, tan pronto reciba el sufragio de las mayorías…

Tratará sin piedad a los nativos o extranjeros que, por buenas o malas artes, pretendan afianzar el régimen colonial, en cualquier forma que se presente al país.

Acabará con la ilusión de convertir a nuestra patria en una provincia norteamericana (Estado, sic), porque eso representa la supresión voluntaria e ignominiosa de nuestra personalidad internacional.

Abolirá por todos los medios a su alcance el sistema obligatorio de enseñanza en la lengua del invasor, que desorienta y embrutece a nuestra juventud, en grave perjuicio de nuestra personalidad cultural»…

A partir de la asamblea, el liderato nacionalista inicia una enérgica campaña proselitista centrada en el punzante discurso de su máximo líder, que aboga por el más combativo nacionalismo y atrae enormes multitudes alrededor de su tribuna, obviamente más por curiosidad por un lenguaje nunca antes escuchado en el debate político, y por admiración hacia el verbo elocuente de Albizu, que por adhesión al ideal nacionalista.

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Antonio Quiñones Calderón, destacado redactor de los desaparecidos diarios El Mundo, y El Imparcial, Secretario de Prensa del gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré y de Carlos Romero Barceló, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y sub director de El Mundo. Tiene publicados varios libros de historia política entre los que se destaca Historia Política de Puerto Rico, libro del que se toman estos artículos y que no debe faltar en la biblioteca de todo buen puertorriqueño.
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