Santa Rosa de Lima

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Cayetano Coll y Toste– A mediados del siglo XVI empezó la decadencia y ruina de la incipiente colonia portorriqueña, desaparecido ya el brazo rojo, que se explotaba inicuamente en pingüe servidumbre con la máscara hipócrita de la encomienda, para doctrinarle en la religión de Cristo.

Decaída la explotación de los placeres auríferos por la carestía del brazo negro, cuyo precio por cada pieza había subido desmedidamente, fuera del alcance de la escuálida bolsa del poblador, los campos de la isla se despoblaban y las gentes emigraban para el continente sudamericano.

Llegó un barco al puerto de San Germán en compra de caballos para el conquistador Pizarro, y una multitud de campesinos aprovechó la oportunidad para largarse en busca de fortuna a otros países. La ansiedad de emigrar cristalizó en el desesperante grito: ¡Dios me lleve al Perú!.

Sabedor el gobernador Francisco Manuel de Lando del estado de ánimo de los vecinos, especialmente los del oeste de la isla, mandó pregonar con tamboril y pífano por todas partes: «que quedaba prohibido el emigrar: que la persona que lo intentara sería castigada severamente: que para los rebeldes habría azotes: que para los instigadores se les cortarían los pies: y si la sedición tomaba cuerpo, levantaría la horca».

A pesar de tales amenazas, la gente sangermeña consiguió un barco y se dispusieron unos cuantos pobladores a marcharse para el continente, pero el Gobernador con veinte de a caballo los alcanzó. Hicieron los fugitivos resistencia. «A unos se les azotó y a otros se les cortaron los píes, y tres sujetos fueron asaeteados.» Tal, en carta de 2 de julio de 1534 lo refiere Lando al Emperador Carlos V.

El gobierno central no aprobó tan violenta medida: la empobrecida isla siguió despoblándose, a lo cual vinieron a agregarse en 1537 tres huracanes sucesivos para mayor desgracia.

Vivía en San Germán para esa remota fecha un modesto y virtuoso labrador, llamado Gaspar Flores, y tenía en aquella ciudad constituido su honrado hogar.

Destruida la urbe por tercera vez por los corsarios franceses, determinóse el pacífico poblador a abandonar su país tan desgraciado, donde no le era posible desenvolverse y vivir en paz.

Con tal resolución aprovechó una nave, que de recalada forzosa, huyendo de un mal tiempo, había arribado a la ensenada del Viejo Germán, y con otras familias ajustaron pasaje y se embarcaron para el Perú.

Iba en la compañía de Gaspar Flores su virtuosa esposa y una niña de corta edad llamada Rosita. La travesía fué feliz, sin contratiempo alguno, porque la infantica, que tendría unos siete años, subía todas las mañanas sobre cubierta a rogar al la Virgen Madre de Dios, les diera un buen tiempo; y enseñaba con su fe angelical a todos los pasajeros, un pulido relicario que llevaba al cuello con la milagrosa imagen de la Virgen del Carmelo. Todo el pasaje la acariciaba y todos besaban devotamente el maravilloso amuleto. Rosita se reía, y charlaba con todos, dejándolos encantados.

Llegados a Lima fueron a vivir los sangermeños Flores, su mujer y su hijita a un pobre corralón, que tenía una modesta choza, que le cedió un peruano por una corta suma de dinero.

Rosa María se dedicó allí a cultivar un jardincito de violetas, clavellinas y lirios y plantó en él su matita de rosa, que había llevado de la ciudad de las Lomas, y con la cual había compartido a bordo su ración de agua.

Al año estaba el espléndido rosal todo florecido, siendo la admiración de todo el vecindario, que no conocía aquella flor de tanta fragancia.

Rosita hizo su primer búcaro de aquellas aromosas flores y lo ofrendó a la Virgen del Carmen. Todo el templo se llenó de tan grato perfume. El rosal dió rosas para todos los templos de Lima, y con ellas se adornaron los altares de la Reina de los Ángeles. Las limeñas estaban encantadas.
Y he aquí cómo, por designios del Altísimo, la infantica Rosa María Flores, con los vaivenes del tiempo, y el querer de las gentes, se llamó en el continente Santa Rosa de Lima, que por derechos humanos y de la insular Boriquén debió llamarse Santa Rosa de San Germán.

Decretos impenetrables de la Divinidad… o, como dice Omar Kayyam en el Rubaiyat, caprichos del señor que juega con las piezas de ajedrez de la pobre humanidad.

Cuando se canonizó la Beata Rosa de Santa María Flores, el Papa envió el retrato de la Santa a la Catedral de Puerto Rico, y entre sus archivos debe encontrarse.

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Publicación autorizada por el Administrador del Portal. Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco. Creador de la tirilla Filito publicada durante quince años en el diario Nuevo Día y diarios de países de habla hispana en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Autor de doce libros entre los que se destacan Filito at Large, Filito el Libro, Diccionario Real de la Lengua, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV y Bendiciones Cristianas Vols I-II.

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