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Benjamín Negrón Rodríguez– Cuentan los vecinos del barrio Maricao de Vega Alta, que hace muchos años aparecía en aquel barrio, en una finca adentrada en la montaña y paso obligado de muchos viajeros, un farol que volaba por los aires.
Según los vecinos, en una casa ya en ruinas vivió un avaro y malhumorado hombre que nunca se casó, pero a fuerza de trabajo logró levantar un pequeño capital. Los codiciosos vecinos no veían la hora en que muriera aquel viejo tacaño para hacerse de aquel dinero que sudores le había costado. Como parte de su caudal, este señor tenía un farol que alumbraba el trabajo mañanero y sus noches de vigilia en la chomba o persiguiendo los gusanos que osaban en meterse en su tala de tabaco. Hombre y farol llegaron a identificarse tanto, que pronto era fácil reconocer donde estaba el anciano por la luz de su farol.
Como la vida es corta y la soledad mala compañía, nuestro héroe murió un día. Luego de la vigilia y enterramiento de cadáver, los vecinos decidieron buscar el dinero, que según ellos, tenía escondido el difunto. Buscaron en su viejo baúl, en las tablas flojas del piso y en todos los lugares que, humanamente, creían que estaría aquel tesoro. No pudieron hallarlo. Para sorpresa de ellos, también desapareció el farol junto con el dinero. Algunos sospechaban que otro de los vecinos lo había tomado para sí, pero la verdad era que nunca aparecía el dichoso farol.
Un día, uno de los vecinos decidió ir a buscar el tesoro del avariento anciano en la tala de tabaco. Pensaba, extrañamente, que había sido enterrado por el anciano en una noche de vigilia ante el temor de ser robado y a la cercanía de su muerte. El vecino decidió, valientemente, dirigirse a la tala y alumbrándose con un mechón, llegó hasta una de las matas, arrancándola y escarbando con afán. El mechón se le viró y se le apagó mientras escarbaba buscando el tesoro.
Una luz mortecina alumbró el hoyo que hacía, mientras un farol se levantaba en el aire. Dijo: “gracias” y miró a ver quién venía en su ayuda. De pronto el farol le golpeó la cabeza y aterrado, corrió en la oscuridad de un lado a otro de la tala. A dondequiera que se movía, el farol lo seguía. Temeroso, corrió todo lo que pudo y escapó milagrosamente del lugar.
Contó a sus más íntimos su extraña aventura, quienes le aseguraban que aquel farol era del viejo avaro que venía a proteger su tesoro. Otros decían que el farol indicaba el lugar exacto donde estaba enterrado aquel bolso lleno de monedas de oro. La avaricia, unida al arrojo, llevó a más de un vecino a visitar el lugar y todos recibían la misma bienvenida.
En las noches oscuras del barrio Maricao, todavía hay quién dice que se ve correr, en lo profundo del lugar donde quedan los zocos de la casa del avaro, una luz que se mueve de lado a lado. Es un farol que nos invita a buscar aquel tesoro. ¿Me acompañas a buscarlo?
Foto: Scoop.it

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