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Cayetano Coll y Toste -A dos leguas de la Capital existía una aldea llamada El Roble, y en 1714, en tiempos del gobernador D. Juan de Ribera, se levantó en ella una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar, y se obtuvo la declaratoria del Pueblo, con el nombre de Río Piedras.
La población no prosperaba por falta de comunicaciones y en 1820 estaba el caserío empobrecido y el templo en ruinas, celebrando el culto católico en un ranchón. Hecho cargo del gobierno de la Isla el general D. Miguel de la Torre se propuso darle vida a Río Piedras. Al puente de Martín Peña, que había construido el gobernador Meléndez en 1817, le dio mayor anchura y solidez, bajo la dirección técnica del teniente coronel D. Diego Pizarro, y del lodazar que existía al otro lado del puente, largo de una legua, hizo un camino sólido, que casi era una calzada, pues a uno y otro lado lo que había era agua cenagosa y manglares.
Dispuso que la Casa de Convalecencia, que se construyó con fondos del Regimiento Fixo para restablecer la salud en ella, los individuos de dicho Cuerpo, que enfermaban en los castillos de la ciudad, se construyera y hermoseara para lugar de recreo de los Gobernadores y su familia.
Corría el año de 1824 y el ayudante de Ingenieros D. Juan María de Iturrondo, que estaba encargado de lo «trabajos de reparación en la Casa de la Convalecencia y hacer un Parque, había dispuesto echar por tierra un gran robledal para construir las glorietas, jardines y parterres. Los días eran muy calurosos e Iturrondo que dirigía personalmente los trabajos, con dos brigadas de presos del Correccional, se ponía a la sombra de
un breñal donde la maraña del boscaje sostenía la humedad del lugar y en el cual el joven vizcaíno ayudante de Ingenieros, se defendía de los rayos del sol, quemantes e irresistibles en aquel mes de Septiembre.
Muchas veces Iturrondo entre aquellos peñascales echaba su sueño de siesta, después de fumarse un buen tabaco.
Un día se levantó de aquel sitio desesperado y gritando. Acudieron a su Socorro algunos trabajadores y le quitaron del cuello, del cual estaba aún prendida, una negra y peluda araña, llamada en el país guabá, denominación que conserva aún este arácnido del lenguaje indo-antillano.
Iturrondo no hacía más que gritar por el intenso dolor que sentía en el cuello. Marchó a escape un mensajero a la Capital a buscar al físico del Hospital Militar, y éste estaba en una cacería de patos y yaguazas en las lagunas de Vega Baja. Entonces dijo un capataz, natural del pueblo de Río Piedras, que allí existía una india vieja, que sabía curar muy bien las picaduras del guabá. Se fue en su demanda inmediatamente porque vivía a la salida del pueblo en un pobre bohío.
Llegó la indígena curandera: era una tarasca de más de 80 años, con la cara llena de pliegues, desdentada y una nariz de cotorra, color de bronce viejo y con un pañuelo de madrás envuelto en la cabeza y un camisón de saraza de colores. Se sentó junto al enfermo y examinó detenidamente el cuello de Iturrondo.
Había dos puntos negros y la piel se hinchaba por momentos. Mamagoya, que así se llamaba la india, arrugó la cara, más de lo que la tenía, estiró hacia fuera los labios, y gritó:
—Tráiganme, en seguida, una botella de ron; pero ligerito que esto está malo, muy malo!
Afortunadamnte lo que pedía estaba a la mano. Un capataz le alargó su cantimplora. Tomó un buche la tía Mamagoya y se enjuagó la boca con el jugo alcohólico de la caña. Derramó en su mano derecha una buena cantidad de ron y empezó a frotar la picadura. Iturrondo berreaba como un desesperado. De pronto se bajó Mamagoya y aplicó sus labios a la herida y empezó a chupar haciendo la succión.
Cuando tuvo la boca llena de sangre escupió y enjuagóse de nuevo con otro buche del licor. Por tres veces hizo la misma operación.
Luego pidió un tabaco lo prendió y mientras ardía el puro y creaba ceniza estuvo con el dedo pulgar de la mano derecha haciendo cruces sobre los dos puntos negros del cuello de Iturrondo. Cuando tenía como medio centímetro de ceniza su tabaco lo aplicó de golpe sobre la picadura del guabá. El paciente pegó un grito tremendo y Mamagoya se echó a reir, exclamando:
—Ya está su merced salvado, niño. Y Dios lo guarde!
Se enjuagó de nuevo la boca la galena indígena con el ron y pidió una taza de café prieto caliente. Se lo tomó: y dispuso, que el enfermo en 24 horas no tomara alimento alguno y quedara a dieta de agua de coco, para que orinase cualquier cantidad del veneno del guabá que hubiera podido penetrar en la sangre.
Al marcharse la curandera le dijo el capataz de la cantinplora:
—Mamagoya, ¿porqué hacía usted cruces sobre la picadura del guabá?
—Hijo, pa espantar al diablo que es pariente de la araña pelúa, y podía venir en su auxilio.
El guabá lo conservó Iturrondo en alcohol dentro de un frasco de boca ancha y se lo llevó para España cuando se marchó.
Enterado el gobernador D. Miguel de la Torre de lo ocurrido regaló a la vieja Mamagoya cinco onzas españolas por haber salvado al empleado del Gobierno de una muerte segura, y dispuso que le recompusiera y cobijaran de nuevo su pobre rancho que tenía a la salida del pueblo a la sombra de un alto roble.

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