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La escuela no solo educa a los niños, también inserta en sus mentes valores que la sociedad desea que tengan como adultos y que luego pasen a sus hijos. Los Estados Unidos se apoderaron de Puerto Rico para tener una base desde la cual pudieran bloquear los intereses que las potencias europeas tuviesen sobre el Caribe y Sudamérica. Fue un deseo muy antiguo que hicieron realidad en 1898. Para los líderes estadounidenses, desde el primer día de la invasión Puerto Rico sería territorio americano por siempre. Siendo así las cosas, se tomó la decisión de americanizar a los puertorriqueños. Y americanizar no significaba convencer o influir, sino transformarnos en americanos, cosa que a tal grado no intentaron los imperios europeos con sus colonias africanas y asiáticas.

La escuela jugó el principal papel en esta campaña de sustitución de espíritus, porque pensaban los encargados de la transmutación que sería mucho más fácil influir a los niños que a los adultos. Como dice el refrán, si tienes al niño tendrás al adulto. La campaña duró poco más de treinta años y fue dirigida por siete Comisionados de Educación nombrados por el presidente de los EU, el último de ellos puertorriqueño pero por dentro tan estadounidense (o quizás más) que los seis anteriores. En el ámbito de la educación privada, las mismas metas y los mismos métodos estarían a cargo de la Iglesia Católica y su creciente red de escuelas a cargo de monjas y sacerdotes estadounidenses. Las escuelas públicas americanizarían mayormente a las clases bajas mientras que las escuelas católicas (y las pocas protestantes) se encargarían mayormente de las clases altas. Algunos de los métodos de americanización fueron: la enseñanza en inglés comenzando en la escuela elemental; la exigencia que todos los maestros aprendieran inglés lo antes posible y que lo hablaran con sus estudiantes, colegas y superiores; la dedicación de las escuelas a los grandes héroes estadounidenses; la presencia de banderas americanas en todas las aulas y la decoración de los salones con retratos de sus héroes; la celebración por todo lo alto de las fiestas estadounidenses (el día de Washington, el 4 de julio, el día de la bandera, etc.); y la supresión de los días de fiesta locales (descubrimiento de Puerto Rico, Día de Reyes, etc.).

La campaña de americanización, sin embargo, chocó de frente con el hecho de que todos esos niños tenían padres, la mayoría de los cuales resintieron la imposición de otro idioma y otras costumbres rápidamente y a las malas. Los dirigentes de los partidos políticos liberales, la prensa puertorriqueñista y la Asociación de Maestros batallaron contra la americanización forzosa. La oposición fue tan insistente y efectiva que para comienzos de la década de 1930 era evidente que aquellas intenciones de convertirnos en americanos no iban a funcionar con la celeridad deseada. El proceso tendría que ser gradual, en cámara lenta. Pero la semilla estaba sembrada. Como dijo un estadounidense cuyo nombre ahora desafortunadamente no recuerdo, los puertorriqueños se americanizarán con su propio idioma y costumbres.

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