La cuesta de Josefina

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No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

La cuesta de Josefina

Yolanda Rivera Matías Josefina era una muchacha sencilla que había crecido bañada por las aguas del malecón de Guánica (Puerto Rico). Su tez morena y sus negros rizos tenían cautivados a todos los hombres del pueblo. Pero Josefina, que había sido criada con la severidad de su abuelo, nunca había aceptado los piropos de cualquiera que quedara prendado de su belleza taína. Era una muchacha dulce, gozaba del cariño de los chiquillos del barrio que al verla pasar corrían a sus brazos para lo cual Josefina siempre tenía un cargamento de besos en pago.

Guánica era para entonces, un pueblo con pocos habitantes, la mayoría pescadores que pasaban las horas tirando sus redes mar adentro o disfrutando de algún trago en el malecón. La serenidad de las aguas del malecón atraían a Josefina cada tarde. Solo alguna risa proveniente del bar, rompía momentáneamente aquel paradisiaco retrato. Recostada en el barandal, Josefina fue interrumpida por Dionisio, el hijo de uno de los importantes industriales de la región. Este sabiendo su facilidad para enamorar mujeres, se acercó al oído de Josefina y le dijo con franqueza: “Tu belleza es el único tesoro que me falta”. Josefina se sintió ofendida por la actitud machista de Dionisio y se alejó sin mirarlo. Esta acción incendió el deseo carnal del hombre, que se propuso en ese momento conquistar el amor de Josefina a cualquier precio.

Los meses pasaban y Josefina, no cedía ante ningún avance de Dionisio. El cegado por el capricho de poseerla no desistía. Sin embargo, Josefina ya había abierto su corazón a un humilde pescador llamado Saulo. El joven había conquistado a Josefina sin mayor esfuerzo, quizás porque el olor a salitre que curtía su piel le recordaba a Josefina la belleza del mar.

Dionisio no tardó en enterarse de los amoríos de Josefina y al llegar a su conocimiento la noticia de que Josefina se casaría con Saulo, sintió que su corazón se llenaba de odio hacia ella. Transformado su capricho en el más negro desdén, recurrió a un brujo negro de la región para que evitara el casamiento. El brujo le dio la solución más sencilla: “Esta noche, cuando la luna llena se levante sobre tu cabeza llevarás al camino de la iglesia a tu caballo más querido y allí le susurrarás al oído: Llévate para siempre a Josefina”, luego, harás un corte en la oreja a la cual susurraste. Antes de que la luna aparezca la siguiente noche deberás enviar a un peón a venderle el caballo a Saulo a un precio razonable”.

Así ocurrió esa noche y el caballo fue puesto en manos del ingenuo Saulo al siguiente día. Pensó el enamorado que aquel brioso caballo sería un hermoso obsequio para su futura esposa. No tardó mucho en entregarle a Josefina el caballo blanco ataviado con flores de azahar, como un regalo de bodas. Ella totalmente sorprendida por aquel hermoso obsequio le prometió a Saulo llegar al siguiente día a la iglesia montada en el caballo blanco.

Llegado el día de la boda, Josefina se vistió con un sencillo vestido blanco que le había obsequiado su abuelo. Puso en su larga cabellera negra una flor de jazmín y unas botas gastadas para poder montar sobre su caballo. De inmediato, emprendió su marcha hacia la iglesia del pueblo, era el día más feliz de toda su existencia. Las personas del pueblo aplaudían al ver pasar a la novia más enamorada del mundo. A pesar de tanta felicidad, Dionisio la miraba con odio desde la entrada de su casa. Llegada al camino de la iglesia, fue entonces cuando él susurró para sus adentros “Llévate para siempre a Josefina”.

Accionado como por un disparo letal, el caballo se levantó violentamente sobre sus patas traseras y lanzó a Josefina sobre el pavimento. Su craneo golpeó el suelo salpicando de rojo la flor de azahar que adornaba su cabeza. La luz en los ojos negros de Josefina, se extinguió para siempre: había muerto.

El pueblo entero lloró a la hermosa novia que nunca llegó al altar. Se dice que Dionisio, arrepentido por lo que había pasado, ese día se ahorcó en la rama de un flamboyán. Todos pensaron que Dionisio se había quitado la vida invadido por la tristeza del rechazo de Josefina…

Relato creado por: Yolanda Rivera Matías

“La carretera que va de Guanica a Lajas, el tramo de la PR 116 que pasa justo de la cantera ha sido bautizada como la cuesta de Josefina, y es que cuenta la leyenda que a principios del siglo 19 cuando apenas la transportación era más en caballos, una tarde una joven iba vestida con su traje de novias montada en su caballo rumbo al altar de la iglesia rumbo a Ensenada. El caballo relincha y ésta cae abruptamente de espaldas con su vestido de novia impactando el suelo muriendo al instante. Desde ese instante fue bautizada la zona como la Cuesta de Josefina y es que en dicho trayecto las anécdotas son desde que oyen a altas horas de la noche un caballo relinchar poco usual en ese sector que los haya a esas horas, o hasta el desplazarse de celajes de una mujer vestida de blanco”.

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Lionel Valentin Calderon

Publicación autorizada por el Administrador; Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Filito, Filito at Large, Diccionario de la Lengua Mechada, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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