La soberanía norteamericana

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No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

La soberanía norteamericana

Antonio Quiñones Calderón- En apenas 18 días las tropas norteamericanas ocupan toda la Isla y el 12 de agosto se firma en Washington el Protocolo de Paz (Armisticio). El 10 de septiembre se celebra en La Fortaleza la primera reunión de las comisiones de los gobiernos de España y Estados Unidos para atender la entrega formal de la Isla. El 18 de octubre los españoles cesan su soberanía sobre Puerto Rico y comienza la de Estados Unidos, centrada en un régimen militar. El general John R. Brooke se convierte en el primer gobernador militar de la Isla. Esa misma tarde envía éste un cablegrama al presidente McKinley en el que le anuncia: «Las banderas de los Estados Unidos han sido izadas en todos los fuertes y edificios públicos, habiéndose hecho el saludo nacional. La ocupación de la Isla es completa».31 Aunque el Consejo de Secretarios bajo la presidencia de Muñoz Rivera le presenta su renuncia en pleno, Brooke no la acepta, iniciándose un proceso de colaboración entre los ministros puertorriqueños y las autoridades militares. (Sin embargo, sustituido Brooke por el gobernador militar Guy V. Henry, éste último decide disolver el Gabinete en febrero de 1899). El 10 de diciembre de 1898 se firma el Tratado de París que ratifica formalmente el fin de la guerra entre España y Estados Unidos.(El Tratado es ratificado por el Congreso de Estados Unidos el 11 de abril de 1899). En su Artículo 2º, establece el Tratado: «España cede a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones». No hay señalamiento alguno en el Tratado sobre el status político futuro de los puertorriqueños. En un memorial de los delegados norteamericanos que participan en las deliberaciones previas a la firma del Tratado, se dice que en cuanto a los naturales, «su condición y sus derechos civiles se reservan al Congreso, que hará las leyes para gobernar los territorios cedidos», y se puntualiza que ello constituye la afirmación del derecho del poder soberano para dejar al nuevo gobierno el establecimiento de estas importantes relaciones. Se agrega: «Puede seguramente confiarse que el Congreso de una nación que nunca dio leyes para oprimir o mermar los derechos de los residentes en sus dominios, y cuyas leyes aseguran la mayor libertad compatible con la conservación de la propiedad, no saldrá de su bien establecida práctica al ocuparse de los habitantes de estas islas’. El Artículo 9 del Tratado de París expresó que ‘los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos a los Estados Unidos se determinarán por el Congreso’. Y así el Congreso de los Estados Unidos quedó investido de facultades omnímodas para determinar sobre el destino de la Isla, y a tenor de lo provisto en la sección tercera del Artículo 4 de la Constitución de Estados Unidos, que dice: ‘El Congreso queda facultado para disponer del territorio y demás propiedades pertenecientes a los Estados Unidos y hacer respecto de los mismos todos los reglamentos necesarios’».

En atención al cambio de soberanía, hay nuevos realineamientos de partidos políticos. El 14 de octubre de 1898 – aún antes de iniciarse formalmente la soberanía norteamericana en la Isla – hay reunión de prominentes líderes del Partido Autonomista Ortodoxo en la residencia del doctor Barbosa en San Juan. Éstos se reúnen bajo la presidencia de Rossy, quien afirma que por la extinción de la soberanía española es menester la disolución de los partidos de la época y que «la cesión de Puerto Rico a los Estados Unidos señalaba nuevos rumbos y orientaciones en la política local», agregando que «las dos orientaciones eran, una la autonomía con posibles adaptaciones al modelo inglés, y otra la federativa para que Puerto Rico fuera un Estado de la Unión Norteamericana, pasando por el status preparatorio del Territorio». Cuatro días después – justamente el día del cambio de soberanía –, el grupo convoca públicamente a asamblea a los autonomistas ortodoxos, la que tiene lugar el día 30 en San Juan. En ésta se jura lealtad a la Constitución de los Estados Unidos y se aprueba una ponencia de Rossy instando al cese del régimen militar y abogando por la constitución de Puerto Rico en un territorio de Estados Unidos. Consecuencia de esta asamblea es el manifiesto que las más destacadas figuras del autonomismo-ortodoxo aprueban el 25 de marzo de 1899, en el que establecen, entre otros, los siguientes puntos:
«Disueltos los antiguos partidos que luchaban por las libertades de Puerto Rico durante la soberanía española, surge ahora la necesidad de agrupar en torno de un nuevo programa político a los residentes en el país que quieren trabajar por el desenvolvimiento de los intereses locales bajo el amparo de la gloriosa bandera americana.

Nuestros principios sustanciales comprenden dos categóricas afirmaciones:

Anexión definitiva y sincera de Puerto Rico a los Estados Unidos.
Declaración de Territorio organizado para Puerto Rico, como medio de ser luego un Estado de la Unión Federal.

Tenemos el convencimiento de que a nuestro país no le conviene ser independiente por su corta extensión y por la mala educación política que ha tenido hasta ahora. Tampoco nos ilusionamos con las falsas ventajas de una confederación antillana, pues si bien a las antiguas Antillas españolas les son común el origen, el lenguaje y las costumbres, también lo es que Cuba está por organizarse, Santo Domingo constituye un deplorable atraso político, y Puerto Rico, con su cultura, su civismo y su admirable disposición para el ejercicio de las funciones democráticas, no hallaría en aquel medio compensación ventajosa de gobernarse libremente en el interior y defender en el exterior la garantía de una nación poderosa y bien organizada que le asegure el libre ejercicio de las libertades contemporáneas.

Siendo ahora Territorio y mañana Estado de la Unión Americana, se realizan satisfactoriamente los más perfectos ideales de un pueblo como el puertorriqueño, es decir, el gobierno próspero y efectivo de sus asuntos locales, la intervención eficaz con los demás Estados en los asuntos nacionales, y el influjo positivo de poderosos medios encaminados a un fin civilizador, en los destinos de la Humanidad.

Comprendiendo que ha llegado el supremo instante de intervenir decididamente en la vida insular y en la vida nacional, hemos pensado maduramente y hemos adoptado después, la siguiente Constitución del Partido Republicano Puertorriqueño que sometemos al juicio del país, seguros de que el patriotismo y buen sentido de todos, nos agruparán en torno suyo…

CONSTITUCION

Con fe en el espíritu eficaz, patriótico y genuinamente americano, demostrado por el Honorable Guillermo* McKinley, Presidente de los Estados Unidos, al librar a Puerto Rico del mal gobierno español, prometemos fidelidad a nuestra nueva nacionalidad, sirviéndonos de guía los sanos principios de armonía, unión y buen gobierno, y confiamos en que pronto se arreglen satisfactoriamente todos los asuntos públicos dentro de la Federación.

NOMBRE
1º. El nombre de este partido será Partido Republicano Puertorriqueño.

LA BANDERA AMERICANA
2º. Juramos lealtad a la Bandera de los Estados Unidos y a las ideas americanas, aspirando a que el prestigio de Puerto Rico, como miembro de la Unión federal, se refleje en la grandeza de la Unión, de que deseamos formar parte.

ANEXION
3º. Aceptamos con entusiasmo la anexión territorial de Puerto Rico a los Estados Unidos de la Unión federal.

GOBIERNO
4º. Creemos llegado el momento de que la Isla se gobierne civilmente, para lo cual es apto el pueblo puertorriqueño, pero hay que esperar la acción del Congreso de los EE. UU. Mientras dure el régimen militar, los cargos públicos deben estar desempeñados por hombres aptos, honrados y de sincera lealtad al Gobierno federal, que demuestren celo por el bien del país y de la Nación. Así tiene ocasión el pueblo puertorriqueño de ir mostrando su capacidad para el Gobierno propio, y llegará muy pronto el día en que Puerto Rico ocupe un lugar entre los Estados de la Unión.

SUFRAGIO
5º. Fieles a los principios de la Constitución federal y al régimen de la autonomía local que de aquella se deriva, proclamamos el imperio de la libertad y de los derechos individuales, especialmente el del sufragio universal, para todo ciudadano americano, rico o pobre, nacido o no en el país.

La libre y honrada emisión del voto y la representación del pueblo en el Gobierno republicano, exigen una ley que garantice la verdad del voto y la pureza de las elecciones, única fuente de legítima soberanía.

LIBERTAD
6º. La eficacia del gobierno propio descansa en la voluntad del pueblo y en la libertad de todos los hombres. Por consiguiente, proclamamos la libertad de pensamiento y de conciencia, de palabra y de la prensa, como medios necesarios para la educación del pueblo; y al insistir en la completa libertad religiosa, somos opuestos a la unión entre la Iglesia y el Estado». …

El manifiesto entra luego en consideraciones como las siguientes: inmigración (se opone a la introducción en la Isla de obreros extranjeros); educación (fundar escuelas públicas neutrales y enseñar el inglés en éstas, «para ir colocando al país en más favorables condiciones de ser pronto un nuevo Estado de la Federación)»; contribuciones (aprobar una nueva ley que, «desenvolviendo los principios americanos, se adapte a las necesidades del país»); comercio (el comercio debe ser libre, concediendo a la Isla los mismos derechos y privilegios que a los demás estados o territorios); moneda (canje inmediato de la moneda del país por la moneda norteamericana, sobre la base de oro, de modo que tenga igual valor cada peso de papel moneda emitido por el gobierno, «pero es necesario que antes o al mismo tiempo se decrete el libre comercio entre Puerto Rico y los Estados Unidos»; agricultura («los productos de la tierra deben rebajarse cuanto antes para alivio de los agricultores, quienes no pueden en las presentes circunstancias atender a sus diarios compromisos»), y justicia (establecimiento del sistema de justicia norteamericano, «que garantiza a cada ciudadano el imperio de la justicia mediante un juicio libre, recto, completo y rápido según las leyes del país)». Firman: Rossy, Barbosa, Sánchez Morales, Juan Ramón Ramos, Francisco del Valle, Degetau, Guillermety, Cruz Castro, Fernando Núñez, Gabriel Ferrer Hernández, Pedro del Valle, Roberto H. Todd, Bartolomé Llovet, Ramón Falcón, José Gordils, Jaime Sifre, José Francisco Díaz, Salomón Dones, Salvador G. Ros, Gerónimo Agrait, Vicente Guillot, José Carbonell, Manuel Fernández Nater, Enrique Hernández, Francisco Candela, José María Candela, Luis Venegas, Arturo Vega Morales, Manuel del Valle Atiles, Raimundo Palacios Salazar y Manuel Nussa Chiqués. El manifiesto es leído durante una asamblea de los autonomistas ortodoxos efectuada durante los días del 1ro. al 4 de julio de 1899 en el Teatro Municipal de la Capital, en la que se aprueba y queda fundado oficialmente el Partido Republicano Puertorriqueño. El doctor Gabriel Ferrer Hernández es elegido presidente del directorio de la nueva colectividad, pero el doctor Barbosa – a quien no le interesa la presidencia de la colectividad – se convierte en su figura más carismática.

Mientras tanto, Muñoz Rivera, a su regreso en septiembre de 1899 de un viaje a Estados Unidos, pronuncia un discurso en el que destaca su admiración por la Nación norteamericana. Dice:

«Vengo de un país cuya pujanza es el asombro del mundo.

He podido estudiarle en sus actividades para el trabajo y en sus instituciones para el gobierno. Y le admiro profundamente, lo mismo en sus campiñas fecundas y en sus ciudades industriales, que en sus leyes, redactadas y cumplidas con el espíritu de una verdadera democracia. En la América del Norte el único poder, la única fuerza, reside en el sufragio. Y esta soberanía popular no es una palabra inútil y vacía, es un hecho real, positivo, incontrastable, que informa todos los actos de la administración y se refleja en todas las manifestaciones de la vida…

El partido liberal desea y pide que Puerto Rico se transforme en un espécimen de California o de Nebraska, con las propias iniciativas, con las propias leyes, con las propias prácticas; iguales en el deber y en el derecho; iguales en las ventajas; iguales, si hay sacrificios, en los sacrificios. La desigualdad es para nosotros la inferioridad. Y la rechazamos con altivez tan franca y tan resuelta como la altivez que pondrían Nueva York y Pennsylvania al rechazar las durezas y los abusos del cesarismo…».

El 1ro. de octubre siguiente, tiene lugar en San Juan una asamblea del Partido Liberal, cuyo propósito es refundar su movimiento en una nueva colectividad. La asamblea escucha un manifiesto que, entre otros, destaca la confirmación de las esperanzas de los antiguos liberales, que buscan «un nombre que responda a las prácticas y a las tradiciones de la federación en que anhelan ocupar el puesto que pertenece a la importancia de Puerto Rico. Y quieren llamarlo PARTIDO FEDERAL, porque continúan pensando en su ideal autonomista; y porque no existe sobre el planeta autonomía tan amplia y tan indestructible como la que supieron crear, cuando escribieron sus códigos, los patriarcas de la América del Norte para sus Estados y para sus Territorios. Y no necesitan cambiar su programa, sino ratificarlo, ampliándolo y extendiéndolo hasta el límite de las franquicias políticas y económicas, que disfrutan nuestros hermanos del continente. De ahí que proclamen el dogma de la identidad y que se apresten a defenderlo con entusiasmos varoniles… Los Estados Unidos carecen de nombre como nación; ni siquiera se llaman nación; se llaman ESTADOS UNIDOS. Por eso el pueblo, si pide amparo a su Dios, le dice: ‘Oh Lord, bless these United States’. La América del Norte es un Estado de Estados y una República de Repúblicas. Uno de estos Estados, una de estas Repúblicas debe ser Puerto Rico en el porvenir. Y a que lo sea cuanto antes dirigirá sus empeños el Partido Federal…».

Entre otros, firman el manifiesto: Muñoz Rivera, Antonio R. Barceló, Salvador Carbonell, Manuel Camuñas, Díaz Navarro, Luis de Celis, José de Elzaburu, Laurentino Estrella, Agustín Guevara, Juan Hernández López, José Janer Soler, Luis Muñoz Morales, José Muñoz Rivera, Félix Matos Bernier, Santiago Oppenheimer, Manuel Pérez Avilés, Santiago R. Palmer, Luis Rodríguez Cabrero, José Cobián Rivera y José H. Amadeo. La asamblea aprueba el nuevo programa del Partido Federal, en el que se establece que los hombres que forman el Partido Liberal Puertorriqueño creen que no debe retardarse su organización como fuerza política, con un nombre que sintetice sus ideas y con un programa que las defina y las concrete, y acuerdan llamarse Partido Federal. Asimismo declaran los federales que aceptan y aplauden la anexión, considerando que Puerto Rico «será un pueblo próspero y feliz a la sombra de la bandera americana y al amparo de las instituciones federales». Los propósitos del Partido Federal se resumen así: «influjo directo y eficaz en el desarrollo de los intereses locales por una administración inteligente y honrada; tendencia firme y resuelta a la absoluta identidad con los Estados Unidos, en sus leyes y en sus prácticas de gobierno». El partido postula «que Puerto Rico sea, desde luego, un Territorio de la Unión, con todos los derechos de un ESTADO, excepto el de enviar Senadores y Representantes al Congreso, en el cual tendrá como los demás Territorios, un Delegado con voz y sin voto», y aspira a «que Puerto Rico sea, en el porvenir, un ESTADO sin restricción alguna, como los demás de la Federación…».

Entra entonces el programa en demandas como las siguientes: autonomía de los municipios; protección de los derechos individuales y una mayor amplitud del sufragio, «sin oponerse a las limitaciones que estimen procedentes los Estados Unidos; pero haciendo constar que desea el voto para todos los ciudadanos residentes en la isla»; establecer la libertad de comercio entre Puerto Rico y el resto de la Unión; decretar las mayores franquicias para la banca puertorriqueña; establecimiento de una universidad; identidad de los métodos entre las escuelas puertorriqueñas y las norteamericanas, «llegando a cumplir este propósito por una gradual y científica adaptación»; independencia judicial; afirmación de la fe del partido en la tradición y el carácter del pueblo norteamericano, «y en él confía, tanto como en el esfuerzo del pueblo insular, para hacer de Puerto Rico un emporio de riqueza y de cultura, sobre el cual flote para siempre el pabellón de los Estados Unidos». Muñoz Rivera es proclamado presidente del nuevo partido. Observará el lector, por la lectura del inciso 4 del programa Federal, la similitud entre este concepto de asociación de Puerto Rico con Estados Unidos, formulado por Muñoz Rivera, y el que medio siglo después formula su hijo, aunque también se observará que el hijo no llega a la aspiración expresada en el último inciso. Pero no nos adelantemos.

Un tercer partido político surge el 22 octubre de 1899: el Partido Obrero Socialista bajo la presidencia de Santiago Iglesias Pantín. Éste, un joven de apenas 26 años de edad y carpintero de oficio, llega en 1896 a Puerto Rico portando un mensaje de profundo sentido de justicia para los trabajadores. Viene desde Galicia (España) a hacer una enorme contribución para la organización de los trabajadores puertorriqueños, cuyos derechos son claramente pisoteados durante el largo régimen español. Para mayo de 1897 Iglesias hace desde su periódico Ensayo Obrero el primer llamado a la organización de un partido obrero y socialista como brazo político del movimiento sindical. En julio de 1899 publica en El Porvenir Social la convocatoria a una asamblea para organizar esa colectividad. Se efectúa la asamblea con la asistencia de una gran multitud de trabajadores e Iglesias es designado presidente y Ramón Romero Rosa, secretario. Se establece que los afiliados del nuevo partido tienen que acreditar que pertenecen a algún gremio de la Federación de los Trabajadores de Puerto Rico, creada por el líder sindical. Las demandas del partido incluyen principalmente, «lograr el reconocimiento de las organizaciones y líderes obreros, a establecer las relaciones para la contratación colectiva entre patronos y obreros, conseguir más cortas jornadas de trabajo, obtener más altos salarios y jornales, establecer mejores condiciones de trabajo y de vida para los trabajadores, y asegurar los derechos y las garantías para que los trabajadores y todo el pueblo ejercitaran las prerrogativas del sufragio electoral y disfrutaran de los demás fueros inherentes a una sociedad civilizada y democrática… En cuanto al nuevo régimen norteamericano, al igual que el Partido Republicano Puertorriqueño y el Partido Federal, el Partido Obrero Socialista aceptaba la anexión y abogaba por la unión permanente del pueblo puertorriqueño con Estados Unidos». «La aparición de Santiago Iglesias fue luz en la tiniebla social de la época», escribe Bolívar Pagán en su valioso libro sobre los partidos políticos puertorriqueños. Para explicar el sentimiento pro-americano de Iglesias y su partido, Pagán narra las persecuciones de que éste y su movimiento son víctimas desde que el líder obrero llega a la Isla bajo el régimen español, y presenta el siguiente ejemplo:

«El 12 de mayo de 1898, cuando la escuadra del Almirante Sampson bombardeó a San Juan en los preludios de la Guerra Hispano-Americana, Santiago Iglesias estaba preso en la cárcel de Puerta de Tierra, en San Juan, por alegado delito de opinión. Una bala de cañón penetró en un calabozo, y cayó sobre el catre donde momentos antes reposaba Santiago Iglesias. De allí el preso Iglesias y otros fueron trasladados al Presidio en la Marina de San Juan. En la confusión creada por el bombardeo, Iglesias logró salir del presidio, y después de infinidad de peripecias, fue acogido con protección por las fuerzas del general norteamericano Scott que ocupaba el pueblo de Carolina. El comandante de las tropas norteamericanas, expresó simpatías por las ideas de justicia obrera y social que predicaba Iglesias, y solicitó de éste le acompañara a otras localidades en el curso de la ocupación de aquella parte de la Isla. Santiago Iglesias, que se sentía libre de persecuciones, se dirigía entusiasta al pueblo en frases de bienvenida al nuevo régimen de esperanzas de libertad y justicia para el pueblo de Puerto Rico. Ello explica, en parte en su origen, las pronunciadas orientaciones pro-americanas, que… Santiago Iglesias imprimió al movimiento obrero y al Partido Socialista».

Se observará que los primeros tres partidos políticos puertorriqueños creados bajo el régimen militar norteamericano – el Republicano, el Federal y el Obrero Socialista – abogan por la unión del pueblo de Puerto Rico con el de los Estados Unidos. El Republicano aboga claramente por la estadidad; el Obrero Socialista por la unión permanente hacia la eventual estadidad y el Federal por la constitución de la Isla en Territorio de la Unión hasta convertirse en un Estado sin restricción alguna.

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Antonio Quiñones Calderón

Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.

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