Los Liberales netos, auténticos y completos

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A principios de junio de 1937 un centenar de liberales se congrega junto a Muñoz en Barranquitas. Aquí, se cataloga de ilegal y antirreglamentaria la expulsión y se acuerda mantener al «Partido Liberal neto, auténtico y completo», con la demanda de independencia en su programa. La respuesta del liderato del partido no se hace esperar: al día siguiente declara formalmente vacante el cargo de Muñoz en la junta central, así como los de sus seguidores. Ahora quien responde es Muñoz: el 27 de junio, previa convocatoria, reúne en asamblea en el teatro Oliver de Arecibo una enorme multitud de liberales. Los asistentes son declarados delegados y reciben a la entrada del teatro «una insignia blanca en la cual aparece una estrella roja y en letras del mismo color lo siguiente: Partido Liberal Puertorriqueño (Neto, Auténtico, Completo). Delegado asamblea 1937. Teatro Oliver, Arecibo». Entre las resoluciones que aprueba la asamblea figuran las siguientes:

  1. hacer suya la resolución convocando a la asamblea y declarar válida la convocatoria en todas su partes;
  2. censurar y declarar nulas las declaraciones de Barceló a los efectos de que el proyecto de independencia Cartwright es «inoportuno e impertinente»;
  3. declarar nulas y sin ningún valor todas las demás actuaciones de Barceló, «desvirtuadoras del programa y de los ideales del Partido Liberal Puertorriqueño»;
  4. declarar vacantes todos los puestos en la junta central del Partido Liberal y proceder a la elección de nuevos miembros, y
  5. autorizar a la nueva junta central a dar los pasos necesarios para que el «Partido Liberal Puertorriqueño neto, auténtico y completo aquí representado, pueda concurrir a las próximas elecciones con amplios poderes y privilegios».

Al ofrecer su discurso a la asamblea, Muñoz Marín proclama que los liberales netos, auténticos y completos son completos «en no traicionar. Completos en vencer al adversario y no entregarnos a ellos. Completos en nuestra inquebrantable determinación de que habrá justicia social e independencia para todos», y postula que por ser completos «en el ideal, puesto que estamos completos en la hombría y en la honradez no es extraño que estemos completos también en el número de 250,000 liberales que somos…». Asegurando que en Arecibo está reunido el verdadero Partido Liberal, exige como suyas sus insignias y derechos. «Se nos van a negar y vamos a pelear por ellas», dice, y agrega: «Niéguense o no, somos la semilla de la independencia de Puerto Rico. De aquí va a surgir el árbol de la libertad. ¿Qué queréis hacer? ¿Una protesta más? El Partido Liberal está sin cabeza desde Naranjales. Le queremos poner cabeza».

Bajo la presidencia de Muñoz queda compuesta la nueva junta central liberal en la que hay figuras como Francisco Susoni (padre e hijo), Rodolfo Ramírez Pabón, Ramos Antonini, Samuel R. Quiñones, Luis Negrón López, Felisa Rincón, Jesús T. Piñero, Santiago R. Palmer, Víctor Gutiérrez Franqui, Ernesto Juan Fonfrías, Germán Rieckehoff, Julio Enrique Monagas, Vicente Géigel Polanco, María Libertad Gómez, Cruz Ortiz Stella, Yldefonso Solá Morales, Jenaro Gautier, Manuel A. García Méndez, Antonio Fernós Isern, Pedro Baigés Gómez, Francisco L. Anselmi y Rafael Matos Bernier.

Barceló impugna la validez de los trabajos de la asamblea y en carta a J. Camprubí, director del periódico La Prensa de Nueva York, le asegura que nadie ha cogido en serio en Puerto Rico «la pretendida presidencia del señor Muñoz Marín y su pretendido Partido Liberal que él llama ‘neto, auténtico y completo’. Esto puede comprobarse con una simple ojeada a la prensa puertorriqueña imparcial o política, sin incluir, por supuesto, el periódico La Democracia, órgano personal del señor Muñoz Marín».

La colisión ideológica y generacional es inevitable en el liberalismo. Prueba contundente surge a finales de diciembre de 1937 en ocasión de la visita a Puerto Rico de una comisión del Senado federal que llega para estudiar la situación local. Los presidentes de la Unión Republicana (Martínez Nadal), y del Partido Liberal (Barceló), suscriben conjuntamente un memorial a los senadores norteamericanos solicitando el gobernador electivo y la designación de todo el Gabinete y de los jueces del Tribunal Supremo por este funcionario, además de la celebración de un plebiscito para que el pueblo escoja entre la estadidad y la independencia. El Partido Socialista, aunque favorece las dichas reformas a la ley Jones, no firma el manifiesto ya que el presidente interino de la colectividad, Bolívar Pagán, reclama que en la declaración se incluya el deseo del pueblo de Puerto Rico de mejorar su relación con Estados Unidos con miras a la futura conversión de la Isla en un Estado de la Unión. Muñoz objeta el memorial y afirma que la acción de Martínez Nadal y Barceló está dirigida a la posible formación de una nueva Alianza Puertorriqueña. Los liberales netos, auténticos y completos aprueban una resolución en la que apoyan la celebración de un plebiscito entre estadidad e independencia, pero declaran que toda reforma, antes de que el pueblo exprese su voluntad sobre status, «sería prolongar el régimen colonial y prejuzgaría desfavorablemente las aspiraciones del país, y demoraría como por veinte años más la solución final».82 Simultáneamente, aprueban una moción de Samuel R. Quiñones demandando del liderato liberal adepto a Barceló las insignias y los derechos del partido. El 5 de julio de 1938 Muñoz dirige una comunicación a Barceló en un último intento por salvar las diferencias entre los dos bandos liberales. La carta, sin embargo, contiene un ultimátum a Barceló en caso de que éste se negase a convocar la asamblea que se exige para lograr la avenencia. Tanto la carta de Muñoz como la contundente respuesta de Barceló constituyen un cruce epistolar histórico, pero muy especialmente la respuesta. Vale reproducir ambos documentos para la historia. Escribe Muñoz:

«5 de julio de 1938
Sr. don Antonio R. Barceló
San Juan
Puerto Rico

Estimado compatriota:

Por mandato del Comité Ejecutivo, autorizado para ello por la Junta Central del neto y auténtico Partido Liberal, y obedeciendo la orden democrática de la asamblea soberana de los comités que lucharon las elecciones y que fueron electos por el pueblo, celebrada en Arecibo a 27 de junio de 1937, me dirijo a usted una vez más, y por última vez, invitándole a la unión cordial de todo el liberalismo a base de justicia para todos y respeto a los ideales democráticamente postulados por el partido.

El Comité Ejecutivo me instruye igualmente que si usted se negare a la unión, con justicia, que proponemos, recabe de usted, a nombre del pueblo Liberal, el traspaso a sus legítimos dueños del nombre, las insignias y los derechos del Partido Liberal.
Es la voluntad del Comité Ejecutivo que si usted rehusase la unión justiciera que proponemos, e igualmente rehusase entregar sus derechos, nombre e insignia al pueblo Liberal, se proceda inmediatamente a una consulta directa al pueblo Liberal sobre la necesidad de hacer una nueva inscripción de este partido tantas veces privado de sus derechos por actuaciones desligadas de la voluntad de su electorado y ajenas a las prácticas de la democracia.

Le incluyo copia de la resolución aprobada unánimemente por el Comité Ejecutivo sobre el asunto de esta carta. Usted observará que el Comité Ejecutivo aguardará su contestación durante ocho días.

Antes de terminar, quiero hacer un último llamamiento a su conciencia, urgiéndole encarecidamente, en nombre de la fraternidad liberal, para que decida, en esta última hora, a favor de la primera alternativa – la unión justa y digna de todo el liberalismo.

Atentamente,

Luis Muñoz Marín
Presidente del Neto y Auténtico
Partido Liberal».83

«De un hombre ensoberbecido a un hombre estupefacto».

La respuesta de Barceló, que no tiene desperdicio, es enviada dos días más tarde a Muñoz. El aguerrido líder liberal considera la comunicación de Muñoz a su persona como «la epístola de un hombre ensoberbecido a un hombre estupefacto». Escribe Barceló:

«Mi joven compatriota:

Acuso recibo de su carta de julio 5, que usted firma poniendo al calce sonoros títulos que no comprendo y a los cuales se propone renunciar en plazo breve, según se advierte del texto mismo de su escrito de referencia.

Como está usted de paso por sus títulos y no alberga con respecto a ellos intenciones de permanencia, no perderé tiempo en el examen y análisis de los mismos e iré inmediatamente al fondo de su carta que, por lo que veo, se gasta arrogancias e imperiosidades de improrrogable ‘ultimátum’.

En nombre de un Comité Ejecutivo – tal vez el mismo que en días recientes corrió desasosegado, según decir de la Prensa diaria, de Arecibo a Mayagüez y de Mayagüez a San Juan, en busca y captura de su elusivo Presidente –, usted me invita, señor Muñoz Marín, a que coadyuve a la ‘unión cordial de todo el liberalismo’, y me exige, en caso de una negativa de mi parte, que traspase a usted ‘el nombre, las insignias y los derechos del Partido Liberal Puertorriqueño’.

Su invitación para que yo coadyuve a la unión del liberalismo no tiene razón de ser. Sobre este punto no quiero extenderme ahora y lo dejo para ser tratado más adelante. En lo que a su exigencia de traspaso respecta, le diré con franqueza, mi joven compatriota, que la petición que ella encarna es la más ambiciosa que jamás haya sido formulada por persona alguna bajo el sol calcinante de esta tierra borincana. Sin duda de ningún genero debe estar acostumbrado usted a que se lo den todo con sólo pedirlo, y de ahí su formidable optimismo en pedir.

De haber sido dirigida su carta a Antonio R. Barceló en su carácter de Presidente del Partido Liberal, o de haberla dirigido usted al partido mismo, un elemental espíritu de disciplina me hubiera compelido a someterla a la deliberación de mis compañeros de la Junta Central; y, de ese modo, la disyuntiva que dicho escrito plantea hubiera recibido respuesta formal y adecuada al supremo organismo de la colectividad política a la cual pertenezco con orgullo. Pero tal como viene su carta, dirigida escuetamente a la persona de este humilde servidor suyo y firmada por un titulado Presidente de un llamado Partido Liberal neto, auténtico, completo y con no sé qué otra configuración de ese estado de ánimo que los psicólogos denominan ‘complejo de inferioridad’, ella pierde por entero el valor político que usted pretende impartirle y pasará a la historia – si es que la historia se ocupa de simplezas – como la epístola de un hombre ensoberbecido a un hombre estupefacto.

Volviendo al tópico de la unión del liberalismo, repito que la invitación que usted me hace no tiene razón de ser, y añado que es innecesaria. El pueblo liberal está hoy, y ha estado siempre, compacto e indisolublemente unido. Nada de carácter fundamental ha ocurrido en el seno de nuestra colectividad que justifique un estado de desunión. Cierto es que los últimos meses que precedieron a las elecciones de 1936, y por algún tiempo después, el liberalismo afrontó una honda crisis, sufrió la existencia de partidos dentro del partido y vivió días de intensa perturbación. De esa crisis y esa perturbación, originadas y fomentadas por usted, el partido se ha ido reponiendo gradualmente y hoy marcha al porvenir por los caminos serenos de una restaurada normalidad. Muchos de los hombres de significación que usted soliviantó contra nosotros, con prédicas falsas y falaces argumentos, ocupan de nuevo el puesto de acción y de combate que siempre ocuparon con honor. Otros, los menos, detenidos aún por consideraciones del amor propio que comprometieron al seguirle a usted en pueriles aventuras se mantienen alejados de nosotros, llena el alma de desorientación y perplejos ante el ídolo derruido, en cuyo barro efímero creyeron advertir en otro tiempo reflejos de prepotente personalidad. Del fondo de mi ser surge un movimiento de simpatía y de disculpa hacia esos hombres. Yo, como ellos, me equivoqué también, y fui el primero en equivocarme. También fui el primero en contemplar la desconcertante realidad. La luz que a mí vino, la quiero para ellos. El partido les necesita y les espera. Nada les impide a esos antiguos y gloriosos capitanes confundirse nuevamente con nosotros en un abrazo fraternal. En el hogar liberal su prestigio está intacto; sus armas, entrelazadas con las nuestras, aguardan futuras batallas cívicas en la panoplia común. Tengo fe absoluta en el patriotismo de esos hombres y en su inquebrantable consecuencia liberal.
En cuanto a usted, señor Muñoz Marín, quedo enterado por su carta de que se propone fundar un partido nuevo. Usted trató de destruir uno que no fue hecho por usted y que resultó indestructible, y justo es que, ahora, por primera vez, se empeñe en una obra de creación. Éxito le deseo. Ser director de un partido envuelve una seria responsabilidad. No es juego de niños. Déle a ese partido nuevo, cuyo germen late en su giróvaga imaginación, lealtad inquebrantable, devoción a toda prueba, sacrificios sin tasa, perseverancia intensa, labor sin descanso, respeto profundo a las decisiones de sus asambleas y demás cuerpos deliberantes, ejemplo supremo de disciplina y de intachable conducta pública y privada. No lo desbarate un día para ver lo que tiene por dentro. No lo someta a fórmulas cabalísticas y a martingalas de taumaturgo cuando la ansiada hora del triunfo electoral se acerque. No destruya la fe y la moral de sus soldados en el momento decisivo del combate. No los entregue inermes al adversario, apresados, a última hora, en la red de la malla de un absurdo e inesperado ‘retraimiento’. No lo someta nunca a la fantástica prueba de los cupones que usted puso en práctica recientemente. Edifíquese, por el contrario, en el ejemplo de su padre Luis Muñoz Rivera, jamás comprendido por usted. Sea un hombre nuevo para un partido nuevo. Y si el lauro del triunfo vuelve a engalanar su sien, yo seré el primero en alegrarme, tal vez desde el fondo de una tumba olvidada y fría, y acá en el mundo, o en las regiones de ultratumba, mis labios fervorosos de liberal antiguo, de liberal moderno, de viejo federal y de viejo unionista, musitarán en un rezo: ‘En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén’.

Atentamente suyo,

Antonio R. Barceló».

Sobre la demoledora respuesta de Barceló, dice Muñoz muchos años más tarde que ésta «la escribió José Enrique Gelpí, su secretario, un excelente escritor». Declara su admiración literaria por algunas de sus frases – «ciertamente aquella que calificaba mi carta como ‘la epístola de un hombre ensoberbecido a un hombre estupefacto’. La estupefacción de don Antonio R. Barceló me era enteramente comprensible, lo mismo que su juicio sobre mi soberbia, ya que muy pocos en Puerto Rico habían atisbado la potencialidad de una profunda revolución política en la masa del pueblo».

El cruce epistolar decididamente sella la suerte del Partido Liberal.

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Antonio Quiñones Calderón

Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.

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