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En tiempo de don Francisco Manuel de Obando, Teniente de Gobernador por don Luis Colón en esta isla, allá por el año de 1536, hubo una sequía tan prolongada, que fué la desesperación de estancieros y labriegos, Hasta el pasto de los hatos parecía quemado. Y la contrariedad y desaliento de los campesinos llegó a sus últimos limites, al ver que una plaga de hormigas y gusanos se extendía por las sementeras y destruía las plantas por completo. ¡Fatal desgracia! Hasta las casas se vieron invadidas de las terribles hormigas que se subían por todas partes y atacaban a los niños.
Era obispo de la diócesis don Alonso Manso, clérigo de Sevilla y primer inquisidor de las Indias, y un día dijóle el Deán:

— Señor Obispo, creo conveniente reunir el Cabildo eclesiástico y tomar medidas contra las hormigas y gusanos, Recuerde su señoría ilustrísima, que San Saturnino detuvo el año pasado una plaga semejante a ésta.
— Avise usted al Provisor para que mañana tenga lugar la reunión del Cabildo — contestó el Obispo.
En efecto, se convocaron los canónigos, y hasta se invitó al Provincial de los Dominicos, Los Franciscanos todavía no se habían establecido en la Capital. Se tomó el acuerdo de celebrar rogativas para que cesara la peste de insectos.
El Deán propuso que, además de San Saturnino, que ya había ayudado en años anteriores, se sortearan los Santos, a ver a cuál otro le correspondía implorar también en ayuda de los campesinos. Para tal fin se reunieron los dos Cabildos, el eclesiástico y el seglar, y se dispuso que un niño de menor edad sacara la papeleta de una urna.
Reunidos todos en casa del señor Obispo, se pidió ayuda a los Cielos con una ferviente oración y se procedió en seguida a sacar de una urna el papelillo que contenía el nombre del Santo que debía ser electo. Leyó el Notario eclesiástico en alta voz:

— San Patricio.

Todos los concurrentes se miraron. Era un santo casi desconocido. Esperaban el nombre de San José, San Blas, Santa Rita de Casia, Santa Bárbara, que estaban en boga en aquellos tiempos. Especialmente San Blas, que conjuraba las tormentas y Santa Bárbara los rayos.
El señor Provisor tomó la palabra y dijo:

— Queridos hermanos en el Señor, hay que respetar la voluntad del Cielo y hacer las rogativas a San Patricio.

Y anotó el Deán:

— Soy de la opinión del señor Provisor, pero creo conveniente reiterar la suerte.

La mayoría estuvo conforme con esta salida del Deán; sobre todo los que se le había atravesado en la garganta el nombre de San Patricio, Volvió el Notario a echar en la urna el papelillo afortunado, agitó el recipiente y llamó al niño a que sacase otra papeleta. Cumplió el infante su cometido y entregó el nuevo trozo de papel al Notario, quien leyó por segunda vez en voz alta:

— ¡San Patricio!

Convencidos todos de la intervención del Cielo, hicieron sus rogativas a San Patricio, Hubo misa y sermón. Y al terminar las religiosas fiestas, llovió torrencialmente como acontece siempre al final de las grandes sequías, desapareciendo totalmente la plaga de hormigas y gusanos.
Refiere el cronista de la iglesia Catedral, que «se reiteró la suerte tres veces y salió siempre el mismo santo, teniéndolo todos por notorio milagro, por lo que se tomó por abogado del cazabe».
Todavía en 1641 continuaba esta devoción a San Patricio. Pero después se enfriaron los ánimos y se olvidaron de su protector celestial.
¿Por qué se enfriaron los ánimos? No lo dice el cronista. Tal vez el santo falló en plagas sucesivas.
Tal vez necesitaba de la cooperación de San Saturnino. Tal vez se irritó el bienaventurado con la indiferencia y escepticismo de los campesinos. La causa de tan injustificado olvido la desconocemos…
¡Quién sabe, si hubiera seguido el pueblo con devoción y religiosidad celebrando sus rogativas al milagroso San Patricio no tendríamos a estas horas la patria en tantos aprietos, pues, por lo que respecta al casabe, todavía tenemos cosecha…!

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