Un nuevo discurso de campaña

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No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es ser incesantemente niños. No dejar saber lo que sucede en nuestro tiempo es ser intensamente irresponsables con las futuras generaciones. Un espí­ritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección de nuestro pasado, de la afirmación del presente y la esperanza del futuro. Esto es parte de ello…

De cara a la elección general de 1940 los partidos de la Coalición y de la Unificación presentan sus programas de gobierno, que más bien son refritos de sus anteriores, pero el grueso de la campaña lo centran en su compromiso político de status y en sus fuertes enconos, entre unos y otros y en conjunto contra el nuevo Partido Popular. Principalmente, sin embargo, pesan sobre el electorado las rencillas personales y las rivalidades internas entre los hasta hace pocos amigos comunes de la Coalición y la Unificación. Ellos mismos contribuyen a la sensación de desasosiego que reina en sus propias filas, al consumir más energía en sus acusaciones y contra-acusaciones que a sus programas de gobierno. El Partido Popular Democrático, sin embargo, se lanza en una campaña en la que convierte los estentóreos mítines hasta entonces en boga, en foros educativos, en conversaciones con pequeños grupos, en el contacto directo de sus principales líderes con el mayor número de puertorriqueños, en el uso de un lenguaje sencillo y directo centrado en el desarrollo de un diálogo en el que se escucha más que lo que se dice. La campaña popular además se basa principalmente en una comunicación con el jíbaro en sus casas y chozas. De hecho, Muñoz visita en esta jornada de menos de 27 meses un total de 600 de los 786 barrios de la Isla. Otra innovación de la campaña popular es asegurarse que la abrumadora mayoría de los puertorriqueños tenga a mano y conozca el programa del partido, insistiendo a través de altavoces en que quienes no sepan leer pidan a quienes sepan que se lo lean. En materia de status, la campaña gira en torno al compromiso de que éste no está en issue en la elección. Así lo plantea formalmente el primer programa popular, al señalar:

«…Se concibe que hay dos maneras de que Puerto Rico sea uno de los pueblos libres de América: formando parte como estado del pueblo libre de Estados Unidos, o constituyéndose como uno de los pueblos libres de América y entrando en la confederación que habrá de ser una realidad inevitable del futuro. ¿Cómo puede Puerto Rico desarrollar con mayor amplitud la economía y la justicia de su propio pueblo y ocupar un puesto de mayor honor en el liderato por la confederación de toda América? ¿Siendo uno de los estados que forman parte de uno de los pueblos libres que la historia inevitablemente habrá de confederar, o siendo en sí un pueblo libre en la gran marcha hacia la confederación de todos los pueblos libres de América?

Afirmamos que nuestro destino es más eficaz en esta última misión, y que de ese modo Puerto Rico podría ser más útil a la justicia de su propio pueblo. Sostenemos que nuestro destino es más útil al pueblo amigo de Estados Unidos y a los pueblos amigos de toda América en esta última misión.

El Partido Popular Democrático declara, sin embargo, que ninguna solución de orden político en cuanto al status final de Puerto Rico debe ser tomada sin someterse a la consulta previa del pueblo puertorriqueño en votación especialmente designada para el caso.

Al declarar que el status político no está en controversia en estas elecciones, el Partido Popular Democrático quiere decir que tiene un compromiso solemne con el pueblo de no interpretar los votos emitidos a favor del Partido Popular Democrático como votos a favor de status político alguno».

El nuevo partido pone énfasis en la solución de los problemas sociales, económicos y educativos de la Isla.

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Antonio Quiñones Calderón

Antonio Quiñones Calderón, fue un destacado redactor de los desaparecidos diarios El Imparcial y El Mundo, también en un momento crucial de su trayectoria: la década del 60. En 1968, aceptó cumplir las funciones de Secretario de Prensa del entonces, recién electo gobernador de Puerto Rico, Luis A. Ferré. En el desempeño de esta posición, primero con Ferré y luego en los dos períodos de Carlos Romero Barceló, fue testigo excepcional de las transformaciones de la prensa puertorriqueña. Durante la decada de 1980, fue asistente de la dirección de El Nuevo Día y poco después sub director de El Mundo. Tiene publicados también varios libros de historia política.

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